19 de febrero 2004 - 00:00

Emociona drama de inmigrantes

Sara y Emma Bolger
Sara y Emma Bolger
«Tierra de sueños» (In America, Irlanda-EE.UU., 2003, habl. en inglés). Dir.:
J. Sheridan. Guión: J., N. y K. Sheridan. Int.: P. Considine, S. Morton, D. Hounsau, S. y E. Bolger, C. Cronin.


V uelve Jim Sheridan a tratar su habitual tema de la resistencia en el seno de la familia, pero, quizás atento al gusto del mercado, luce menos duro que de costumbre. Es decir, no hace algo dramático a secas como «Mi pie izquierdo» y «En el nombre del padre» (y ni hablar de «The field», con Richard Harris), sino más bien una especie de cuento agridulce con trasfondo dramático, vagamente inspirado en su propia experiencia.

Se sufre, pero mucho menos, y además se sabe que todo va a terminar bien. Igual, para el público tipo americano al cual fue inicialmente dirigida es una película muy realista, porque los de Hollywood, al personaje del padre que arrastra a la familia en su pretensión de triunfar como actor, y apenas se da maña para cargar un aire acondicionado de segunda mano, al final de la película lo hubieran hecho triunfar en Broadway. Como mínimo. Y la familia se hubiera mudado a la parte linda de Manhattan. Acá están, y seguirán estando, en la parte fea. Pero contentos.

Esta no es tanto una historia de decepciones, sino de aceptaciones y adaptaciones, contada desde el recuerdo cariñoso de una mujer que evoca su infancia llena de descubrimientos inocentes y de pequeñas aventuras en la gran selva urbana, donde, por suerte, hasta los seres mas desagradables pueden volverse amistosos, y hastagenerosos. Una historia de inmigrantes en un conventillo de irlandeses (la familia protagonista), latinos varios, un haitiano con sida, etc., amén de chorros, drogadictos, travestis, y neuróticos varios, pero todos buena gente.

Estas notas de color también alejan a la película del falso realismo hollywoodense, donde todos los morochos sucios son malos. Detalle interesante, que enriquece y envuelve a otro más importante. Porque el asunto principal es otro, y tiene que ver con los peligros de uno mismo. Para el caso, el modo en que la familia, sobre todo el protagonista, procesa la muerte de uno de sus integrantes, y encara una nueva etapa en medio de confusiones e inseguridades, hasta poder disfrutar finalmente las propuestas que la vida misma ofrece, del modo más común y más admirable a la vez.

El asunto es grave, pero disfruta el tratamientocariñoso de quien está recordando la mirada inocente de su infancia, inocencia que es como un escudo, y también como un arma para salir adelante. Hay muchos clichéss en todo esto, es cierto, y muchos detalles poco verosímiles, pero también hay ciertas verdades estimulantes, como en todo buen cuento. Además, la emoción que el autor transmite parece auténtica, y la que el público siente en su butaca, es de veras auténtica.

Y encima las pequeñas de la familia, que de algún modo conducen el relato, las nenas
Sarah y Emma Bolger, son encantadoras (¿acaso serían así de lindas Naomi y Kirsten Sheridan, las hijas del autor, en esta historia que dice ser de inspiración semibiográfica?).

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