En Arte Moderno se expone la "comedia humana" de Seguí

Espectáculos

(10/04/2001) Uno de los destacados artistas argentinos de nuestra época es Antonio Seguí, quien presenta una muestra de su obra gráfica en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Seguí ha elaborado una lúcida comédie humaine de los tiempos contemporáneos, una saga del hombre de hoy, extraviado en el laberinto de su multitudinaria soledad.

Esa comedia y ese hombre son hondamente argentinos, pero por serlo son, con nuestra perspectiva, absolutamente universales. Porque Seguí no es un costumbrista folklórico invadido por la nostalgia y la añoranza, sino un agudo activista de la memoria y un testigo en ejercicio permanente.

«Todo mi trabajo -ha dicho- es de algún modo la reconstrucción histórica de mi infancia.» Pero, además: « Debe existir una armonía entre el trabajo personal y la visión que se tiene del contexto social en que uno vive, contexto que se quiere cambiar en cierta medida». La infancia de Seguí (1934) transcurrió en Córdoba. En su adolescencia, visitó Europa (1951-53), con viajes a Túnez, Argelia y Marruecos. Atraído ya por la pintura, fue alumno libre en la Academia de San Fernando, en Madrid, y en la Ecole des Beaux-Arts, en París, donde se afincó para siempre, en 1963. Allí desarrollará su obra pictórica y gráfica, que considera iguales en importancia.

Sus telas y grabados han de circular por galerías del mundo entero y de integrar las colecciones de museos de todas las latitudes. Algunos de los temas que nos aproximan a su obra son la tristeza, el amor, la distancia, el contraste y, sobre todo, la visión (imaginaria, evocativa, o hipnótica). Como eje semántico nodular en toda su obra, la tristeza es en
Seguí sinónimo de soledad.

Inmensas piezas vacías o personajes solitarios la revelan, a veces, transformada en melancolía. Esto se vincula con una cierta concepción arquitectónica, presente en toda su obra, de interiores geométricos y cuadrangulares, regularmente vacíos, o bien de exteriores opacos en su contenido, aunque coloridos en su textura.

Los cubos en que
Seguí encierra a sus personajes son un paradigma de tristezas arquitecturales, un montaje escénico teatral, inundado de una melancolía difícilmente indiferente al receptor. Pero la soledad, absoluta o relativa, de sus paisajes campestres, sus miradores de lejanías, sus parques, sus jardines, sus habitaciones remotas ceden paso a la reunión, a lo gregario; la muchedumbre sustituye al individuo, el movimiento a la quietud, en obras pobladas de hombres, casas, árboles, animales, autos, aviones, objetos.

«
Cuando una exposición trasciende los muros y persiste insistentemente en el recuerdo conjugándose con la realidad, es para mí señal de que las imágenes han sido suficientemente fuertes y personales como para grabarse en la retina y el subconsciente, apareciendo, coincidiendo u oponiéndose a la realidad, teniendo la capacidad de poner de manifiesto la absurda ironía que siempre se oculta en ella», señaló el crítico Samuel Paz en el prólogo a una muestra de Seguí.

Lo figurativo de la obra constituye otro elemento que viene a subrayar esta sensación de angustia existencial: es una figuración nueva, un realismo de los interiores psíquicos (o cúbicos). «Mi única pretensión -ha dicho Seguí- es la de hacer cuadros. No cuento historias: eso se lo dejo al espectador. Por lo tanto, la lectura de mis obras no es ni clara ni ambigua.»

No lo es, ciertamente. Pero si bien no cuenta historias, las historias hablan por su intermedio. Son historias fugaces, de individuos fugaces, en actitudes fugaces. La temática amorosa se explicita en sus aguafuertes, donde llega a escribir la palabra amor en la corbata de uno de sus protagonistas.

El auto «Amore», de 1965, las diferentes situaciones de la serie «Té para dos» (1980-81) son algunas de sus representaciones. «Las vacaciones» o «Los recuerdos de la playa» muestran la imagen de una forma de acercarse a la felicidad que nos impone el principio del placer, al vencer ilusoriamente las frustraciones de la vida real. Las distancias de los hombres solos o en compañía, respecto de las paredes de una habitación, de las personas entre sí, de los objetos entre sí, de los ciegos en los parques, son también características en algunas de sus obras.

Esta presencia de las distancias en
Seguí es inmediatamente percibida por el espectador y ejerce un efecto nuevo, casi inédito. Los contrastes o contradicciones a menudo no son percibidos como tales. Es el caso de la luz y la sombra, de la sombra y los objetos, del paisaje frente a lo interior, del antropomorfismo frente al paisaje, de lo interno subjetivo a lo externo de las tramas urbanas, de la visión a la guerra.

Como en la compleja gama sonora de la música contemporánea, inspirada en el Haiku, los silencios valen por los sonidos, y éstos por los silencios. Pero la ubicación y la modulación de cada sonido les da su carácter.

Armonía

La obra de Seguí, como en un recorrido de notas y silencios, sugiere la armonía del contraste. Su universo de la mirada es esa complejidad donde cada término se opone armónicamente a los demás y los define. En muchos de sus personajes reitera sus imágenes: es la repetición de sí mismo en un recorrido que trasciende las generaciones y muestra su interior a través de ventanas mágicas.

Lo más íntimo de su «humanismo» está de manifiesto en sus hombrecillos nostálgicos, asombrados, enmudecidos, en la mirada perversa de los personajes que observan a sus pares, o en la arquitectura en la que se apoyan. «
Nunca hice un cuadro en el que no estuviera presente un hombre. Y si no estaba el hombre, estaban las trazas que ese hombre dejó. Es casi imposible para mí separarme de la figura humana, porque encarna la presencia del hombre, y esta presencia justifica lo que hago: es mi credo», ha dicho Seguí.

Habitante de París, donde ha realizado casi toda su obra; sensible a las sucesivas tendencias internacionales, aun cuando su arte es enteramente suyo,
Seguí afianza cada día su mensaje de raíz argentina y proyección universal.

Dejá tu comentario