«En el dormitorio» («In the bedroom», EE.UU., 2001, habl. en inglés). Dir.: T. Field. Guión: R. Festinger y T. Field sobre relato de A. Dubus. Int.: T. Wilkinson, S. Spacek, N. Stahl, M. Tomei, C. Weston.
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E n la heterogénea lista de aspirantes al Oscar 2002 figura esta película de sutileza y profundidad inesperadas cuyo director -el debutante Todd Field-, no está nominado en su categoría; paradoja habitual en Hollywood, por otra parte. Al menos, sí lo está en el rubro mejor guión adaptado, lo que de algún modo le hace justicia a él y al escritor en el que se basa: el chejoviano André Dubus (1936-1999), y su libro de cuentos «Asesinatos».
Casi toda la película es una pieza de cámara inscripta en la mejor tradición de la dramaturgia norteamericana clásica sobre vínculos familiares. El relato arranca en el apacible verano de un pueblo costero (Maine), donde un muchacho a punto de ingresar a la universidad tiene un romance con una treintañera recientemente separada y con dos hijos (Marisa Tomei), que alarma especialmente a la madre de él ( Sissy Spacek). Es que a la diferencia de edades y al peligro de que el chico elija quedarse a pescar langostas se suma el riesgo de un ex marido violento que aún ronda a Tomei.
En esta primera parte, Field muestra «sólo» vivir a los personajes, dejando que las actuaciones, exquisitas, y los detalles mínimos vayan revelando lo que su guión no dice porque no hay ninguna necesidad. Sissy Spacek y Tom Wilkinson conforman la pareja de buenas personas, socialmente agradables y sensatas que criaron al hijo único con aspiraciones diferentes; lo que incluye proyección de frustraciones personales que se notan más en el padre que en la madre, por afinidad de sexo pero, fundamentalmente, porque a ella es más difícil adivinarle los sentimientos.
Otros detalles, siempre sutiles, no dejan olvidar que la historia se desarrolla en un pueblo chico (de Nueva Inglaterra, para más datos) con todo lo que eso implica en la conducta y las creencias íntimas de sus habitantes, aun de los que no nacieron ahí (Spacek). Todo sin dejar de ser gente inconfundiblemente norteamericana.
Aunque su cámara sigue, con la debida parsimonia, la bucólica cotidianeidad de la familia, amigos y vecinos, Field se las ingenia para que todo el tiempo la película transmita esa tensión que precede a cualquier tragedia. Y lo mejor es que después de que ésta ha sucedido, todo parece seguir igual. Gente como ésa, acostumbrada a enmascarar sus emociones, no cambia de un día para otro, ni aun cuando es golpeada con la violencia brutal de lo contingente. Pero, como ya se venía palpitando, ahí nada es como parece desde afuera, vale decir que lo trascendente se macera adentro, como para plasmarse en actos dignos de Shakespeare.
Audacia
El admirable entretejido de pistas apenas perceptibles (retazos de diálogo, la toma fugaz de la patente de un auto, silencios, miradas) explica y justifica el impactante salto de género que se opera en las últimas escenas. Hay que ser audaz verdaderamente para pasar de los registros interiores bergmanianos al thriller más escalofriante y después volver a lo anterior para cerrar. Aunque ya nadie sea el mismo, naturalmente. El dilema moral que se desprende de los hechos queda a juicio de cada espectador. Sissy Spacek y Tom Wilkinson están nominados para el Oscar como actores protagónicos por este trabajo de finura incomparable. Marisa Tomei también, como actriz de reparto. No es que esté mal, pero Celia Weston (una vieja amiga de la pareja) se lo hubiera merecido, solamente por una escena que comparte con Spacek y por poco la supera.
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