Es insensata y poco sutil, pero hace reír

Espectáculos

«Ricos, casados e infieles» («Town & Country», EE.UU., 1999/ 2001, habl. en inglés). Dir.: P. Chelsom. Int.: W. Beatty, D. Keaton, G. Hawn, A. MacDowell, N. Kinski, Ch. Heston, G. Shandling.

Aunque no se note en la pantalla, filmar esta película insumió más de tres años. En ese lapso, hubo desavenencias entre sus estrellas, el guión pasó por muchas manos y algún que otro ejecutivo perdió el empleo porque el presupuesto inicial se duplicó (de 44 a 80 millones de dólares según las fuentes más serias, aunque se llegó a decir que rozó los 120). Tales avatares llevaron a algunos analistas a compararla con el «Titanic» de James Cameron, claro que los resultados posteriores fueron muy diferentes en la taquilla y sobre todo en la crítica norteamericana, que en general, la demolió. No es para tanto; digámoslo rápidamente: el film no es lo que se dice sutil, pero hace reír bastante.

Homenaje

Es verdad que -si es que existió-, poco y nada ha quedado de la intención de rendir tributo a las comedias del Hollywood de los '40, que supuestamente tenía el argumento original de Michael Laughlin (revisado entre otros por el guionista de «El graduado», Buck Hardy) ni, mucho menos, se espere poder «reflexionar» sobre crisis de ningún tipo. Más bien, piénsese en una especie de sitcom (esas comedias televisivas estadounidenses de media hora) con elenco estelar de oficio probado.

La trama es sencilla. El matrimonio perfecto conformado por un relajadísimo
Warren Beatty y una Diane Keaton idéntica a sí misma (con el vestuario de siempre) celebran sus bodas de plata invitando a París a sus mejores amigos. Se trata de la pareja conformada por una Goldie Hawn idéntica a sí misma pero siempre graciosa y el eficaz Gary Shandling. Poco después, Hawn sigue a Shandling y lo descubre con una pelirroja engañosa (¿comprende lector?), con el consiguiente revuelo general y un efecto particular: Beatty se hace preguntas mínimas sobre sus propios 25 años de fidelidad y se arroja decididamente al adulterio con la cellista Nasstassia Kinski. Mientras Beatty consuela a Hawn, quien vendría a ser una asignatura pendiente desde su adolescencia, Keaton descubre el affaire con Kinski, etcétera. En este etcétera está la gracia de la película.

Entre los reproches que se le han hecho al director
Peter Chelsom es que, a falta de un guión «terminado», dejó improvisar demasiado a sus actores. Lo curioso es que muchos de los mejores gags parecen improvisaciones. Para empezar, nadie puede haber descripto en serio el modo de vida de estos ricos y exitosos a los que jamás se ve trabajar (he ahí un punto en común con aquellas viejas comedias que se pretendió homenajear), conviven con el impresentable novio chicano de la mucama y el novio ¡probablemente islámico! de la hija menor.

Por ahí también andan enredándolo todo
Andie MacDowell con su glamour sin freno y hasta Charlton Heston parodiándose a sí mismo con un rifle. En una vista panorámica de Nueva York también se ven las Torres Gemelas como jamás volverán a verse. Todo hace sospechar que Hollywood tampoco volverá a permitirse películas «sin sentido» como ésta.

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