29 de enero 2003 - 00:00

Escribir da prestigio pero en muy pocos casos dinero

Samuel Beckett
Samuel Beckett
A pesar de sus éxitos literarios, Emilio Salgari vivió en la ruina, rodeado de privaciones y miserias. Oscar Wilde murió en un estado de necesidad extremo. Samuel Beckett falleció en un geriátrico, solo y pobre. Honoré de Balzac, que se arruinó varias veces, tenía una casa en París que sólo conocían sus íntimos, mientras que su domicilio oficial era constantemente vigilado por sus acreedores. El poeta Paul Verlaine, que murió prácticamente en la indigencia, vivió una larga temporada en el almacén de una taberna, casi a cielo abierto, mantenido por una prostituta. Otros grandes nombres de la literatura universal acabaron pobres o pasaron por grandes penalidades económicas.

«Hasta que la literatura consiguió hacerse un mercado, a finales del siglo XVIII o principios del XIX, los escritores, sin excepción, pertenecían a la aristocracia, eran clérigos o vivían del mecenazgo»,
señala el argentino Blas Matamoro, escritor y crítico literario. «Incluso para los autores teatrales era difícil vivir de los ingresos de sus obras. Molière, por ejemplo, vivía en realidad de un taller de tapicería de su propiedad.

Shakespeare, además de ser actor, tenía una compañía de teatro. Y se sabe que Cervantes, cuya biografía sigue teniendo grandes lagunas, pasó también por serias dificultades económicas».

Todavía durante mucho tiempo los recursos seguros siguieron estando en el teatro, en los folletones que publicaban por entregas en los diarios, y en el periodismo. Stendhal, que logró mantenerse gracias a su puesto de contable en el Ejército, se quejó amargamente durante toda su vida de haber vendido únicamente diecisiete ejemplares de una de sus obras capitales, «Del amor», publicada en el año 1822.

•Oficios

En muchos casos, escritores de reconocido prestigio debían compaginar los libros con los más diversos oficios: Dashiell Hammett trabajó como investigador privado, William Faulkner como plantador de algodón, Hesse en una librería, Gustave Flaubert vivió de sus rentas y propiedades...

En España, también pasaron apuros Benito Pérez Galdós, más debido a su vida lujosa que a su falta de ingresos -es el mismo caso que Francis Scott Fitzgerald, amante de todo tipo de derroches-, o Ramón del Valle-Inclán, quien sólo a última hora consiguió una posición desahogada con la edición de sus obras completas; de hecho, cuando perdió el brazo tuvo que pagarle uno artificial la Asociación de la Prensa, por carecer él de recur-sos.

Incluso
Pío Baroja, que fue probablemente el que más di-nero ganó de su generación, primero como médico y después en la panadería de su familia, declaró en los años treinta a un periodista que hasta entonces la literatura no le había producido más de quince mil pesetas. Pasó sus últimos días en su casa de Ruiz de Alarcón, donde él mismo recibía, casi a oscuras, con una manta sobre las piernas y here-dando la ropa de su sobrino Julio Caro.

«Hay casos también de escritores»,
comenta Blas Matamoro, «que cultivan una cierta imagen austera. Emil Cioran, por ejemplo, vivía en un estado de extrema penuria, en un sexto piso sin ascensor, en un pequeño cuarto casi sin libros y apenas sin ropa. Leía en la biblioteca pública, iba a conciertos gratuitos, y comía bien sólo de vez en cuando, en la fiesta de alguna embajada en la que se colaba».

Sí consiguieron vivir, y holgadamente, de la literatura
José Zorrilla, con algún vaivén económico, y Vicente Blasco Ibáñez. A mediados de los años cincuenta, coincidiendo con la publicación del que sería el gran éxito de José María Gironella, «Los cipreses creen en Dios», el ambiente editorial en España comienza a cambiar con la aparición de las editoriales Taurus y Guadarrama, en Madrid, y la colección Biblioteca Breve, de Seix Barral, en Barcelona, que permiten la profesionalización de un grupo de escritores que comienzan a trabajar como asesores, lectores o traductores.

«Aun así, creo que en esta época el único escritor que consiguió convertir la literatura en negocio fue
Camilo José Cela», afirma José Carlos Mainer, escritor y profesor en la Universidad de Zaragoza. «Coinciden la publicación de su novela «La Catira», que le supuso unos importantes ingresos, la compra de su casa en Mallorca, y una serie de éxitos alrededor de los cuales se crea una imagen pública que adquiere un grado de respetabilidad cuando entra en la Academia. Cela fue el primer escritor en España que tuvo secretario, y el primero que no sólo vivió de la pluma sino que consiguió profesionalizar y dignificar el hecho literario». En esos años, José Hierro hizo crítica; Juan García Hortelano es funcionario; Juan Benet, ingeniero; José Angel Valente, traductor en la Unesco; José Manuel Caballero Bonald ejerce como profesor, primero, y después trabaja en una editorial.

«La literatura, en general, es una actividad propia de la clase media, o media alta», afirma Bernardino Hernando, escritor y periodista. «Algo que tiene que ver con profesores, funcionarios, abogados, profesionales que no viven de los libros, sencillamente porque no lo necesitan. Hay algún caso de literatura proletaria, podríamos decir, como
Marsé, o Eladio Cabañero, un poeta que era albañil y que por esos años editó algún libro, pero son casos excepcionales».

Volvieron a repetirse situaciones económicas difíciles con el regreso de los exiliados en los años setenta.
José Bergamín vivió de forma bastante austera en un pequeño apartamento sin ascensor, cerca de la plaza de Oriente, en Madrid, sin recursos ni ingresos fijos, y fue especialmente doloroso el caso de Rosa Chacel, a quien el Ministerio de Cultura concedió una ayuda económica a mediados de los años ochenta, mucho después de que regresara de la Argentina. También el poeta Gabriel Celaya, que vivió sus últimos años con grandes estrecheces, protagonizó una agria polémica en la que se quejaba de lo exiguo de los derechos de autor.

«Hoy sí se puede vivir de escribir, pero son pocos los que lo consiguen, pero se puede»
, afirma Bernardino Hernando, «porque la literatura tiene hoy muchos arrabales: editoriales, periódicos, conferencias, cursos, premios... Eso es lo que realmente ha cambiado. Vivir de los libros es otra historia. De vender libros viven realmente muy pocos escritores». Y aun, de hecho, a veces, aun vendiendo, los libros sólo dan para malvivir.

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