Madrid (EFE) - La escritora española Ana María Matute no entiende «la fascinación» que muchos sienten por el célebre Café Gijón, de Madrid, un lugar «muy provinciano y mezquino», lleno «de envidias y de resentimientos», que ella frecuentó en la posguerra. Así lo cuenta en el libro «Ronda del Gijón. Una época de la historia de España», en el que su autor, el escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez, reúne los testimonios de varios de los que frecuentaron las famosas tertulias del café.
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El café Gijón, que funciona desde 1888 en su emplazamiento de la calle Recoletos, a pocos metros de la plaza de la Cibeles, y que no falta en ninguna guía turística de España, ha sido durante décadas el lugar de reunión y de tertulia de médicos, arquitectos, profesores, escultores, pintores, gente del cine y del teatro, abogados y jueces.
Entre sus primeros clientes el Gijón recuerda a personajes como el premio Nobel de Medicina 1906, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), o los escritores Benito Pérez Galdós (1843-1920) o Ramón María del Valle Inclán (1866-1936). El testimonio de Matute es especialmente amargo, porque en los años cincuenta ella vivió «tantas cosas horribles» que le tapan «las buenas».
Buena parte de esas «cosas horribles» las protagonizó su primer marido, Ramón Eugenio de Goicoechea, «El Malo», con quien se casó en 1952 y de quien tardó once años en poder separarse. De esa unión nació su hijo Juan Pablo, «única alegría».
«El Malo», como ella lo llama, era «la quintaesencia del Gijón», en el que abundaba el escritor «charlatán, pintoresco e inútil. Era listo, más listo que el hambre. Hasta su muerte, 'El Malo' vivió siempre de los demás», afirma la autora de «Olvidado rey Gudú», que en aquellos años era «soñadora, ridícula, tonta. Joven, en una palabra». En el centro de aquella « mediocridad» que reinaba en la posguerra, estaba el Gijón. «Y se lo creían, era para morirse de risa. Creían que el Gijón era el centro del mundo», dice Matute en el libro de Marcos Ordóñez.
«Estaba tan lleno aquello de mangantes, de lázaros, vagos, sinvergüenzas de todo tipo, gente sin el menor interés», que Matute no entiende la atracción que suscitaba el café. Ella iba «a rastras» porque «El Malo» se empeñaba en que fuera.
El Gijón le pareció siempre «una cosa muy pequeña, muy provinciana, y en el fondo muy mezquina. Un pequeño mundo muy casposo, lleno de envidias, de resentimientos. Como un casino de pueblo, con muchos viejos». Y con «aquellos horribles escritores fascistas», entre los que incluye a García Serrano, Sánchez-Mazas o Eugenio Montes.
Ana María Matute es oriunda de Barcelona, y allí había conocido a los escritores Luis y José Agustín Goytisolo, a Carlos Barral, a Jaime Gil de Biedma. La capital catalana le parecía «más abierta» que Madrid, que «siempre se ha mirado mucho el ombligo».
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