«La orilla que se abisma» ( Argentina, 2008, habl. en español. Guión y dir.: G. Fontán. Documental.
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En este film breve, singular e intenso, Gustavo Fontán («El árbol») convoca al poeta Juanele Ortiz, de cuya apacible muerte se cumplirán, el 2 de septiembre, ya treinta años. No se trata de un documental biográfico, ni siquiera muestra exactamente los lugares de su vida, aunque ha sido filmado en Puerto Ruiz, Pueblo Brugo, y otros sitios caros a su memoria. Se trata de un ensayo poético.
Sin palabras, Fontán se acerca al mundo de ese autor casi eglógico a través de imágenes calmas, como el reflejo de los árboles hamacándose en el agua, la niña que empuja una bicicleta casi más grande que ella, los animales simples, la resolana, las nubes, los ríos, el caminito entre los pastos crecidos, y el canto de los pájaros, las chicharras, los grillos.
Por ahí, en fragmentos de un registro que hizo en 1977 el santafesino Juan José Gorasurreta, «La intemperie sin fin», aparece el propio Juanele, en blanco y negro malherido por el tiempo, con una de sus gatas, uno de sus perros, su mate de bombilla larga, y su extrema flacura, sentado al solcito en el sillón de sus últimos años. En otro momento se ve también su sombra, o quizá sea una figura de computación muy bien elaborada. ¿Es acaso mi sombra esa sombra?, diría el poeta, en una de sus eternas divagaciones. Podría señalarse, quizá, que faltan los finos tallos y el resplandor seco sobre los campos, que el poeta miraba la orilla desde la propia orilla, y nunca desde el medio del cauce, o que sus versos eran metafísicos, no abstractos, como esa abstracción lograda mediante el desenfoque en demasiadas tomas, y jugaban musicalmente con las reiteraciones y las preguntas humildes e inseguras,una música que el film muy poco juega.También podría discutirse la elección cromática, de una textura quizá más espesa que los versos. Pero son objeciones menores, acaso subjetivas, y de todos modos pierden importancia desde el momento en que de pronto se oye la voz del mismo Juanele, recitando apenas una parte de su extenso poema «Villaguay», ese que empieza diciendo, cariñosamente, «¿Dónde está mi corazón, al fin?/ Ah, mi corazón está en todo». Y aunque los poetas son los peores recitadores de sus propias obras, oír de nuevo al viejo, después de tantos años, o acaso por primera vez, para muchos, recitando con íntimo temblor, con litoral ternura, con esa voz sencilla, frágil, y sentida, su poema, va provocando algo indecible en el alma. Y cuando el poeta termina sus versos el clima de recogimiento en el cine es tan hermoso que nadie quiere que se prendan las luces de la sala.
Seguramente no es para todos, pero vale la pena. Como también valdría la pena rescatar este año un excelente corto biográfico, «Juan L.», que hizo Tristán Bauer en 1996, casi inmediatamente después de otro trabajo suyo igualmente digno de rescate, «El oficio de amar», sobre el poeta y sacerdote español San Juan de la Cruz.
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