«Harry, un amigo que te quiere bien» («Harry, un ami qui vous veut du bien», Francia, 2000, habl. en francés). Dir: Dominik Moll. Int: Laurent Lucas, Sergi Lopez, Mathilde Seigner, Sophie Guillermin. PM/13.
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Por si quedaba alguna duda de su homenaje, en un momento clave de «Harry...», el director Dominik Moll apunta a su cámara hacia los árboles que cubren el camino que transitan los personajes a toda velocidad. Chabrol usó el recurso en películas tan terribles como «El carnicero», y este pavoroso psychothriller logra perfeccionar el estilo Chabrol de un modo exacto que muy pocas veces el mismo director de «Landrú» pudo alcanzar.
Cuando el norteamericano Brian De Palma intentó ser más hitchcockiano que Hitchcock, logró muy buenas caricaturas. Pero Moll no filmó un homenaje caricaturesco, sino una temible historia de suspenso, locura y asesinatos que supera cualquier intento europeo del género de las últimas dos décadas. Esto sólo bastaría para darle a «Harry, un amigo que te quiere bien» la bienvenida que merece toda obra maestra.
Y como sucede con tantos films geniales, «Harry...» no es una película fácil de ver. Su desarrollo es lento e implacable, minucioso hasta lo obsesivo, enervante hasta lo insoportable. Y el tema es especial para aquellos espectadores con fobia a las reuniones de ex compañeros de colegio.
Moll cuenta las extrañas vacaciones de una familia de clase media: hace calor, los chicos lloran y gritan, la casa de campo es un desastre, el matrimonio está agotado, y en una pausa en el camino, aparece Harry, un viejo compañero de estudios que recuerda todo tipo de pormenores de la adolescencia.
Harry es rico y quiere solucionar cualquier problema que pueda aquejar a su viejo amigo, cuyos poemas y escritos juveniles recuerda de memoria ante la sorpresa de su mismo autor. Pero las ayudas de Harry no se limitan a recitar poemas de memoria y alentar el renacimiento de aquella antigua vocación literaria. Desde comprar una 4x4 hasta matar parientes cargosos, nada es un problema para él.
Moll, un alemán que filma en Francia, fue director de segunda unidad en la sobrevaluada « Recursos humanos» y tiene un solo largo antes de que este gran film de suspenso mereciera el Cesar. Su retrato de la locura se vuelve especialmente terrible por estar estrechamente ligado a una cruel descripción de los problemas de un matrimonio de clase media. Es el realismo bien entendido, sin situaciones anodinas y, en cambio, lleno de una tensión que se vuelve doblemente crispante por ser absolutamente verosímil.
Las actuaciones son adecuadas, igual que el arte y la dirección de fotografía, pero la estrella es el guión, y una dirección que combina cada elemento en su punto exacto. Habrá que esperar qué nuevas pesadillas prepara Dominik Moll en el futuro.
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