15 de febrero 2008 - 00:00

Excelente libro revela facetas desconocidas de Ricardo Güiraldes

Uno de los diseños para el ballet «Caaporá» que imaginó Ricardo Güiraldes, una de las facetas poco conocidas del escritor que revela el libro de la historiadora de arte María Elena Babino.
Uno de los diseños para el ballet «Caaporá» que imaginó Ricardo Güiraldes, una de las facetas poco conocidas del escritor que revela el libro de la historiadora de arte María Elena Babino.
Editado por la Universidad Nacional de General San Martín (UNSAM), acaba de aparecer «Ricardo Güiraldes y su vínculo con el Arte-Buenos Aires, París, Mallorca, un itinerario estético para un proyecto americanista». Su autora, María Elena Babino, historiadora de arte egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, prosiguió su formación académica en la Universidad de Santiago de Compostela, ejerce la docencia y es Curadora de la Pinacoteca del Ministerio de Educación.

Babino ahonda facetas artísticas poco conocidas de Güiraldes (Buenos Aires 1886, París 1927) que, aunadas a las literarias, permiten conocer sus reflexiones sobre el sentido y el destino del arte argentino, teniendo en cuenta su atracción por los viajes, un tema muy caro a otros intelectuales vanguardistas como por ejemplo, Xul Solar., Pettoruti, Borges o Marechal.

En la introducción, Babino subraya que los diversos viajes a París, Mallorca, India, le dieron la oportunidad de «construir, desde la distancia, una nueva poética capaz de expresar la propia territorialidad».

En el Capítulo I, la autora indaga su vinculación con el grupo de artistas argentinos en París -ciudad donde decidió convertirse en escritor- entre ellos, los escultores Alberto Lagos y Leguizamón Pondal, los pintores Jorge Bermúdez, Roberto Ramaugé, Rodolfo Franco, su amigo Alfredo González Garaño y especialmente el gran artista catalán Anglada Camarassa, un referente artístico importante así como exitoso y por cuyo atelier pasaron entre 1909 y 1911 varios de los artistas nombrados.

Güiraldes admiraba a Mallarmé, Jules Laforgue, Isidoro Ducasse y, sobre todo, a Valéry Larbaud y su afición por los simbolistas en el terreno de la pintura se extendía a pintores como Albert Aurier y Maurice Denis. No escapó Güiraldes al influjo de los «Ballets Ruses» y al «superhombre de la danza» como llamó a Nijinsky, un deslumbramiento que dio origen al proyecto de ballet «Caaporá», que llevaría a cabo años más tarde junto a González Garaño, pensando en artistas clave para la escenografía: Gutiérrez Gramajo, Figari, Norah Borges, y en Pascual De Rogatis para la música.

Se trataba de llevar a escena una leyenda guaraní y hacer el primer ballet de una estética americanista renovada a la luz del arte contemporáneo. Nijinsky mismo se interesó por el proyecto que quedó frustrado por su enfermedad mental. Las ilustraciones dan cuenta del estilo simbolista que influyó en la escenografía y el vestuario.

En el Capítulo II «Ricardo Güiraldes y Mallorca», Babino explora el influjo que la «isla de oro» -así llamada por Rubén Darío- ejerció en el novelista y que acrecentara su vocación como artista plástico. Alrededor de 1914 se instaló en Puerto Pollensa junto a otros artistas latinoamericanos, los mexicanos Montenegro y Enciso, los argentinos Cittadini, López Naguil, Lagos, Ramaugé, Cordiviola, que desarrollaron un género paisajístico influenciado por la imponente geografía y que Güiraldes describe apelando a términos pictóricos en textos que abundan en asociaciones simbolistas. Tan importante fue la influencia de la naturaleza de Mallorca y a pesar de las diferencias entre el paisaje mallorquí y el pampeano, que es en Puerto Pollensa donde lee a sus amigos sus apuntes de «Don Segundo Sombra».

En «Ricardo Güiraldes como crítico de arte», la autora destaca su interés por un arte capaz de expresar la conmoción del hombre frente a la naturaleza, su preocupación por los problemas vinculados al lenguaje pictórico y la identidad artística latinoamericana así como su aproximación a los lenguajes modernos.

Entre sus críticas son notables las de Pedro Figari: «¿No tiene el métier de Velásquez?, ¿no pinta como Zuloaga?, ¿no se parece a Zügel?. No, pero tiene el métier de Figari, pinta como Figari y se parece a Figari por la sencilla razón de que puede encontrarlo todo en sí mismo». En cuanto a su admirado Anglada Camarassa , una definición muy breve: «Es pintor por constitución».

El libro concluye con « Extractos de notas para un libro mallorquín», de tono intimista y poético en versos como «En Puerto Pollensa el domingo pasa en sordina, lo mismo que en el Paraíso/ Hoy no es el mar que da el pescado, sino el mar sin objeto/El día de belleza ha pasado sobre mi vida como una exhalación en el cielo que olvida/ El sol se ha ido. Mallorca se duerme en gris mayor».

Un libro clave que, trascendiendo el marco de lo güiraldeano, aporta ideas claras en cuanto a la conformación de la identidad de nuestro arte.

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