3 de enero 2002 - 00:00
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Obra de Viviana Zargón
Silvia Brewda, a través de jeroglíficos, de restos de construcciones griegas, ornamentos egipcios o pompeyanos, abordó la arqueología con la que rinde homenaje a la historia del arte. Más adelante sus obras se poblaron de animales mitológicos, de hombrecitos en lucha por su supervivencia. Nada en ella es altisonante, ni la imagen ni su cromatismo.
Viviana Zargón opera con el divisionismo. Sus obras, generalmente polípticos, son fragmentos en los que hay ventanas, corredores de sitios abandonados, vistos desde un cierto ángulo y que ocupan la parte superior del plano. En la inferior, caligrafías, pequeñas figuras o planos pintados establecen un contraste, una pausa, entre imágenes definidas y aquellas que se supone, debe completar el espectador, una ambigüedad de la imagen que nos introduce en perspectivas extrañas.
Algunas obras de Jorge Iberlucea (1941) pueden considerarse paisajes de lo ignoto. En ellos el artista sitúa la planta arquitectónica de una ciudad vista desde las alturas, restos de construcciones, portones texturados en tonalidades terrosas, y con un recurso pictórico -remaches-, una constante en la mayoría de sus obras. Ellos establecen una clausura, o como lo señala el artista, quizás una protección. El azul que aparece insinuado en el abordaje de una arquitectura espacial cuyos puntos estelares están unidos por imperceptibles líneas, se vuelve intenso, protagonista, en «Los días de febrero» o en «Opus Nigrum», que conforman un trío con otro cuadro en el que el autor crea sus propias constelaciones.
Señalamos «El Fuego», una muy poética y fragmentada visión de lo que fue un bosque y como su título lo indica, encerrado precisamente por un círculo de fuego. Mallarmé dijo que «lo esencial de una obra consiste precisamente en aquello que no se ha expresado». La obra de Iberlucea no lo dice todo, sino que propone interrogantes.
En un meduloso ensayo sobre la pintura de Héctor Médici escrito en 1992, el crítico Lucas Fragasso señala que su pintura se presenta como una fábula narrativa, como un fresco retórico que quiere contar la imposibilidad de una referencia inmediata entre imagen y significado y que su lectura definitiva es imposible. Este artista, en una pintura que medita sobre el jardín, está lejos de todo lo que el contemplador imagina sobre un tema asociado a un verdor exuberante.
Laberinto
El jardín de Médici es un espacio laberíntico, un arriba y un abajo en los que sitúa sus pequeñas figuras masculinas y femeninas en poses que remiten a ciertas esculturas de la antigüedad, desafío de entonces que aún hoy nos asombra y maravilla. Un cromatismo pastel, delicado, una superficie cuya textura está herida por grafismos que desdibujan la simetría característica de su obra. Aquí abandona el hilo que unía o guiaba a las figuras dispersas sobre el soporte o que enmarcaban el barroquismo de unas telas anunciadoras del tema del jardín.
Obra muy elaborada, física e intelectualmente, derivativa de aquella de comienzos de los 80 en la que la naturaleza asomaba por la rigurosa y también sutil geometría. Hasta el 10 de enero.

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