3 de enero 2002 - 00:00

Exhiben en Punta del Este buena muestra itinerante

Obra de Viviana Zargón
Obra de Viviana Zargón
(03/01/02) Punta del Este - Después de su itinerario por los Museos de Arte Contemporáneo de Panamá y Puerto Rico así como la Galería Arteconsult también de Panamá, la exhibición «Puerto a Puerto» recala en Trench Gallery, La Barra, Punta del Este. La integran cinco artistas de destacada trayectoria que realizan una tarea silenciosa, que no se prodiga indiscriminadamente y cuyas obras reflejan y contienen un espacio de reflexión.

Silvia Brewda
, a través de jeroglíficos, de restos de construcciones griegas, ornamentos egipcios o pompeyanos, abordó la arqueología con la que rinde homenaje a la historia del arte. Más adelante sus obras se poblaron de animales mitológicos, de hombrecitos en lucha por su supervivencia. Nada en ella es altisonante, ni la imagen ni su cromatismo.

Actualmente Brewda investiga el rol de la mujer en la antigüedad, tarea harto difícil por la escasa información acerca de la vida cotidiana de las mujeres. Su investigación la lleva a los juegos y aparecen muñecas en criptas egipcias. Esta cita de la historia conforma sus obras actuales en una paleta de óxidos pero también es una cita con su propia biografía, el rescate de la muñeca con la que juegan y sueñan las niñas de todos los tiempos.

Viviana Zargón
opera con el divisionismo. Sus obras, generalmente polípticos, son fragmentos en los que hay ventanas, corredores de sitios abandonados, vistos desde un cierto ángulo y que ocupan la parte superior del plano. En la inferior, caligrafías, pequeñas figuras o planos pintados establecen un contraste, una pausa, entre imágenes definidas y aquellas que se supone, debe completar el espectador, una ambigüedad de la imagen que nos introduce en perspectivas extrañas.

Decadencia

En cambio las obras expuestas actualmente en Trench, realizadas en 2001, son imágenes totales del abandono, fábricas o silos desde donde alguna vez se contribuyó al desarrollo de una sociedad opulenta, donde el duro trabajo brindó oportunidades dignificatorias a posteriores generaciones hasta que los sistemas globalizadores y la tecnología las convirtieron en obsoletas. Zargón no utiliza eufemismos para retratar este paisaje desolado del que no hay retorno.

Quizás la lectura de poemas del escritor nacido en Alejandría, Constantinos Cavafis (1863/1933) sea el punto de partida de las obras presentadas por Carlos Kravetz bajo el título de «Cartogramas». En «Itaca» escrito en 1911, uno de sus dos poemas fundamentales, el poeta le dice a Ulises que desea que su viaje sea largo, que no tema a los Cíclopes o a Poseidón porque esos seres nunca estarán frente a él si no los lleva adentro.

Esta metáfora de la vida como viaje lleva a Kravetz a trazar mapas que no representan territorios específicos: la vida, un territorio que jamás se llega a aprehender. Estos poemas aparecen ilegibles bajo las veladuras como en «Rosa de los Vientos» que integra el conjunto expuesto. En su obra, en general, las imágenes se superponen a manera de palimpsestos, el dorado ornamental tiene sus raíces en sus ancestrales orígenes, así como la letra hebrea le proporciona un recurso de rico carácter plástico. Esta cartografía apócrifa lo sitúa en un espacio desde donde busca entender el mundo.

Algunas obras de
Jorge Iberlucea (1941) pueden considerarse paisajes de lo ignoto. En ellos el artista sitúa la planta arquitectónica de una ciudad vista desde las alturas, restos de construcciones, portones texturados en tonalidades terrosas, y con un recurso pictórico -remaches-, una constante en la mayoría de sus obras. Ellos establecen una clausura, o como lo señala el artista, quizás una protección. El azul que aparece insinuado en el abordaje de una arquitectura espacial cuyos puntos estelares están unidos por imperceptibles líneas, se vuelve intenso, protagonista, en «Los días de febrero» o en «Opus Nigrum», que conforman un trío con otro cuadro en el que el autor crea sus propias constelaciones.

Señalamos
«El Fuego», una muy poética y fragmentada visión de lo que fue un bosque y como su título lo indica, encerrado precisamente por un círculo de fuego. Mallarmé dijo que «lo esencial de una obra consiste precisamente en aquello que no se ha expresado». La obra de Iberlucea no lo dice todo, sino que propone interrogantes.

En un meduloso ensayo sobre la pintura de
Héctor Médici escrito en 1992, el crítico Lucas Fragasso señala que su pintura se presenta como una fábula narrativa, como un fresco retórico que quiere contar la imposibilidad de una referencia inmediata entre imagen y significado y que su lectura definitiva es imposible. Este artista, en una pintura que medita sobre el jardín, está lejos de todo lo que el contemplador imagina sobre un tema asociado a un verdor exuberante.

Laberinto

El jardín de Médici es un espacio laberíntico, un arriba y un abajo en los que sitúa sus pequeñas figuras masculinas y femeninas en poses que remiten a ciertas esculturas de la antigüedad, desafío de entonces que aún hoy nos asombra y maravilla. Un cromatismo pastel, delicado, una superficie cuya textura está herida por grafismos que desdibujan la simetría característica de su obra. Aquí abandona el hilo que unía o guiaba a las figuras dispersas sobre el soporte o que enmarcaban el barroquismo de unas telas anunciadoras del tema del jardín.

Obra muy elaborada, física e intelectualmente, derivativa de aquella de comienzos de los 80 en la que la naturaleza asomaba por la rigurosa y también sutil geometría. Hasta el 10 de enero.

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