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Siempre se ha interesado por expresar las formas con materia y color, con cierto gusto por las disonancias y con una categorización que podríamos llamar «expresionismo polisémico».
Por un lado la dispersión, que proyecta las imágenes en toda la superficie de la tela, y anula la posibilidad de encontrar un punto central; un universo común, con sistemas diferentes. Por otro lado, una trama irregular y acuosa que suele jugar en dos dimensiones, por encima y por debajo, de las figuras y objetos. Su pintura de los '80 y hasta mediados de los '90 es trabajada, con óleo abundante y espeso, aceitado, sobre el cual arroja colores muy puros licuados con solvente, lo que produce esa trama de chorreados que cruza tanto a la materia densa, ubicada con espátula, como al uso tradicional de los pinceles. Otra característica es la grafía resultante de sus dibujos con jeringa, que dinamizan la superficie y sustituyen el desplazamiento y el ritmo de sus primeras obras en la representación de lo que fluye, de lo que está en transición.
Desfilan en su repertorio metáforas del poder tecnológico e iluminaciones, donde los autos vuelan y los aviones se convierten en pájaros mecánicos; la materia lanzada sin intención de forma, donde el agua, el puente, el barco, emergen por añadidura, casi como fantasmas, son grafismos que se arman como un mapa; las imágenes infantiles, son también dramáticas (barcos o trenes), y los personajes ya no se deslizan, ni flotan sino que aparecen insertados en un empaste denso, como derritiéndose bajo el sol.
De manera creciente su pintura se ha ido textualizando; las metáforas se cubren con una materia que protagoniza todo y las situaciones se multiplican con lecturas entrecruzadas. Matáforas de la fugacidad, de un tiempo que apunta a lo que se transforma hacia esa identidad humana que el siglo ha tornado increíblemente compleja y conflictiva. La perspectiva y las distancias son generadas por los tamaños; el avión se disgrega, y las imágenes se forman y desforman, según un principio que reside en dejar que las figuras (pasajeros o soldados) emerjan por la propia acción de pintar.
Las características que resultan posibles de señalar y comparar en sus obras son en realidad apariencias, surgen de un velo con el cual el artista cubre y descubre lo que las determina. Va construyendo sus figuras unas a partir de otras y su rasgo identificatorio es esta afluencia que todo lo transforma, más que los datos de la realidad, apoyos lógicos y razonables que el pintor cuestiona de manera permanente.
A partir de 1990, la abstracción avanza aun más en las obras de
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