Emme dota
de encanto y
credibilidad
a su Rita la
salvaje (una
stripper
rosarina que
hoy tiene
más de 80
años) en un
musical que
abusa de los
lugares
comunes, y
cuyas
canciones
parecen un
chiste de
«Todo por
dos pesos».
«Rita la salvaje». Libro: G. Demaría. Mús.: A. Favero. Canciones: E. Marchi. Dir.: R. Pashkus. Int.: Emme, L. Catalano, M. Wons, M. Slipak y elenco. Coreog.: A.M. Stekelman, R. Pashkus. Esc.: J. Ferrari. Vest.: R. Schussheim. Dis. Ilum.: S. Pujía (Teatro Maipo.)
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La vida de Rita la salvaje (nom de guerre de Juana González, hoy de más de 80 años) abunda en detalles pintorescos como corresponde a una legendaria figura del striptease que sedujo a varias generaciones de rosarinos. Sus orígenes humildes dignos de un folletín y sus estrictos códigos de conducta -difíciles de imaginar en quien cultivó el show de nudismo más desfachatado que se recuerde- dibujan un personaje de enorme potencialidad dramática.
Tan simpática y atrevida como la Sally Bowles de «Cabaret» y con un background no muy diferente al de las protagonistas de «Chicago», Rita hubiera fascinado a un director como Bob Fosse. Si bien, cabe aclarar, su biografía es más afín al melodrama que a la picaresca, e incluye varias internaciones en hospicios y neuropsiquiátricos. Gonzalo Demaría se basó muy libremente en la investigación realizada por la periodista Patricia Narváez (el tema ya fue tratado anteriormente por Gastón Pauls, en «Ser urbano» y por los documentalistas rosarinos Sergio García y Hugo Grosso en «La salvaje: Rita, con el alma al desnudo») pero al libreto de Demaría le falta dinamismo y fuerza dramática. Su línea argumental quedó desdoblada en dos personajes que no parecen formar parte de la misma persona: una Rita muy joven, sujeto de la acción dramática (la cantante Emme), y otra ya entrada en años (Lidia Catalano) que se limita a dialogar con un periodista, acosada por sus fantasmas internos. Las escenas en el hospicio resultan forzadas y de escaso interés artístico, especialmente el cuadro de las tres locas colgadas de unos arneses. El resto del material abusa del estereotipo y de los lugares comunes y su manera de abordar el mito de la pecadora de buen corazón deja sin explotar las ricas contradicciones del personaje.
El circuito nocturno de los años '50 y '60 donde reinaba Rita, las andanzas de la mafia local y todo el submundo que pululaba por el barrio de Pichincha (Rosario) son datos que aparecen en escena, pero sin la magia que se esperaría de un musical.
El gran atractivo de este espectáculo es Emme. La hija de Lito Vitale no sólo resuelve con encanto y picardía los cuadros de striptease (incluido un desnudo integral aún más audaz que el de Nacha Guevara en «El graduado»), sino que también resulta muy creíble. Junto a ella se destacan Martín Slipak, como el joven protegido de Rita, y muy especialmente Mirta Wons en el doble papel de médica y de stripper prostituida.
Pero ni siquiera estos buenos comediantes logran salvar un espectáculo que está muy por debajo de las exigencias del género. La música de Alberto Favero no aporta nada nuevo y las letras de Elio Marchi suenan tan ramplonas y pueriles que parecen una broma de «Todo por dos pesos».
En conclusión, la vida de Rita la salvaje sigue resultando más interesante en cualquiera de los documentales ya citados que a través de este fallido musical.
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