16 de junio 2009 - 20:31

«Felicitas»

La vida de Felicitas Guerrero da pie a un film al gusto de las telenovelas de época, pero en cine, con mucho despliegue y buen elenco; lástima el galán, que imposiblita la química necesaria con la protagonista.
La vida de Felicitas Guerrero da pie a un film al gusto de las telenovelas de época, pero en cine, con mucho despliegue y buen elenco; lástima el galán, que imposiblita la química necesaria con la protagonista.
«Felicitas» (Argentina, 2009, habl. en español). Dir.: T. Costantini. Guión: G. Maglie, S. Farji, F.A. Quadros, T. Correa Avila. Int.: S. Garciarena, G. Heredia, L. Brandoni, A. Awada, A. Celentano, A. Costa, M. Noher, N. Mateo, A. Canga.

Felicitas: lujoso melodrama de época

Nacida en 1846, asesinada en 1872, Felicia Guerrero y Cueto era «la mujer más hermosa de la República», y la más rica. Quizá también fue la más desgraciada: su padre, introductor de los Aberdeen Angus al país, la casó a los 15 con don Martín Gregorio de Álzaga, de 51 y con cuatro hijos naturales (pero con más de cuatro estancias, una cosa compensa la otra). Su primer hijo murió de fiebre amarilla a los seis años, cuando estaba embarazada del segundo, que solo vivió unas pocas horas. De tristeza enseguida murieron su abuela, una Montes de Oca con quinta en San Isidro, y su envejecido esposo, que ya de chico tuvo que ver a su abuelo, héroe de la Defensa y Reconquista, condenado y colgado por la Revolución.

Pasado el luto, ella se encontró rica, viuda y estanciera. Empezaba otra vida, podría decidir por sí misma, y hasta elegir ella sola otro marido. Por ejemplo, Samuel Sáenz Valiente, estanciero, joven y divertido. Lástima que la rondaba un niño bien, Pedro Ocampo, tío postmortem de Victoria y Silvina Ocampo, un tipo que no aceptaba un no por respuesta. Dicen que la mató por la espalda, y que no se suicidó en el acto, sino que lo mató (también en el acto) un primo de ella, Cristian Demaría, posterior juez del crimen en Dolores, hoy prestigiado por su tesis doctoral de 1875, «La condición civil de la mujer».

Vaya uno a saber. Sobre estos asuntos hay varias notas y novelas con versiones contrapuestas, y un fantasma, el de la finada, en la iglesia que sus padres le erigieron en Pinzón 1480 de Barracas, Santa Felicitas.

En la película que ahora vemos, ella no era tan santa. A los 15 jugaba con ese tal Ocampo junto a la laguna. El mismo día del casamiento, volvió de nuevo a la laguna, como la cabra al monte, y no sería la última vez. Obediencia filial, sumisión marital, conveniencia comercial, simple decencia pública, frente al fervor de la juventud, del amor, o como quiera llamarse. El final está muy bien pensado y resuelto en ese sentido, y sintoniza con los amantes impetuosos de «Duelo al sol», «Abismos de pasión», acaso «El árbol de la vida», con ese fulano que se va a la guerra para no pensar en ella, pero es peor, porque vuelve más loco y egoísta.

Bien pensada también la producción, atenta al gusto por las telenovelas de época pero en cine, con despliegue de vestuarios, carruajes, casonas, caballadas, llantos, pantalla ultrapanorámica, exquisita fotografía que sabe inquietarse en los momentos turbadores (brasileño Lula Carvalho, de «Tropa de elite» y «A festa da menina morta»), una música admirable (norteamericano Nico Muhly, de «El lector»), en fin, tal vez, más allá de su suerte en salas, esta obra sea un clásico del repertorio televisivo cuando todo el mundo tenga plasma de 64 pulgadas o se la reforme para miniserie de tres capítulos.

La afectan leves descuidos de texto (por ejemplo, ella se refiere al marido como «Martín», cuando lo usual entonces sería un respetuoso «don Martín», o «don Álzaga»), la poca solidez de ciertos personajes, y otras minucias. Lo grave, es que la obra depende mucho de la química que pueda haber entre la pareja protagónica y su público. Y el galán, ay, de entrada nomás dan ganas de pegarle una cachetada.

Verdaderas heroínas a destacar, Teresa Costantini, autora y productora, Margarita Gómez, productora ejecutiva, Cristina Nigro, directora de arte, Beatriz Di Benedetto, diseño de vestuario, Laura Búa, montajista.

P.S.

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