19 de julio 2006 - 00:00

Festival Kagel: no faltó ni una sola excentricidad

Festival Kagel. Obras de M. Kagel. Ensamble Süden y Compañía Oblicua. (Teatro Colón). 17/7.

La inauguración del Festival Mauricio Kagel, en homenaje al compositor argentino radicado en Alemania, consistió en un Kagel por cuatro. Con el exótico paso de 111 ciclistas por la puerta del Teatro Colón, demostración que duró algo menos de un minuto y para la que se congregó un grupo de espectadores en las escalinatas humedecidas del lunes a la noche y parte de las adyacencias del teatro, comenzó una serie de actividades que tendrán a Kagel como estrella hasta el 30 de julio.

El paso de los ciclistas ejecutando sonidos guturales en «Eine brise», que dejó a más de un espectador algo confuso por su significación, intenta explicarse al leer el manifiesto literario inserto en el programa y firmado por el mismo compositor quien insinúa... «se apresuran -los ciclistas- a pisar con fuerza los pedales para llegar a una nueva sala de conciertos que se les ha prometido hace tiempo. Las mejores butacas las tienen los políticos de la ciudad, precisamente a aquellos que supieron obstaculizar el proyecto una y otra vez...». Suena conocido.

Ya en la sala mayor, colmada, el concierto no evitó lo convencional del podio y todo lo demás. «5 marchas para malograr la victoria» resultó un puñado de composiciones donde el humor se cruzó con procedimientos compositivos tradicionales, aunque originales, con quiebres abruptos en los finales, casi un recurso obsesivo en la obra de Kagel. La «Kammersymphonie para 13 solistas de viento y percusión» es una obra extensa, en dos partes, en la que el compositor no exagera los recursos exóticos, algo que habrá sorprendido a más de uno, esos mismos que aplaudieron entre tiempos y que se aburrían y cambiaban de lugar en sus butacas, como cuando escuchan Mahler o Bruckner.

Sólo algunos soplidos agregados a una ejecución habitual de los instrumentos y un amplio suspiro final indicaron que Kagel apela a algo más que a una demostración de su sentido estructural y armónico dentro de los cánones de la música del siglo XX. Nada genial. Nada raro. Nada «trash», por cierto.

La última parte con «...24 de diciembre de 1931» (fecha en nació el compositor), exhibió a un artista en búsquedas acústicas y tímbricas no habituales con un tratamiento vocal intenso y dramático, a veces atonal o aleatorio -excelente fue el canto, el grito, las risas y las exclamaciones del barítono Roland Hermann, y algunas excentricidades como un par de botas puestas en los brazos de un percusionista- para la secuencia del nacionalsocialismo, o algunos chisporroteos de una especie de picana eléctrica con destellos, o un paquete de libros arrojados certeramente al suelo en el momento de la catástrofe en la biblioteca del Vaticano. Como era de esperar hubo ovaciones al final. Kagel, con su ceremoniosa actitud y con gran formalidad, casi solemne para el horror de quienes lo consideran un trasgresor total, agregó tres marchas más a las ya ejecutadas, de las 10 de su catálogo, concluyendo el concierto con el clima de una fiesta, siempre abruptamente interrumpida.

Dejá tu comentario

Te puede interesar