Juárez fue un maestro del folklore moderno

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El cordobés Manolo Juárez era un prócer de la música argentina. En buena medida por lo que hizo como artista, en el ámbito de lo clásico y con su estilo renovador en el de lo folklórico. Pero también porque era el gran maestro de músicos por cuyas manos pasaron muchos de los que luego se transformarían en nombres destacados. Juárez murió el sábado a los 83 años en la Fundación Favaloro, donde se encontraba internado desde que el covid-19 complicó el problema coronario que padecía. Estaba acompañado por sus hijos Mora y Pablo, y en sus últimos momentos pidió escuchar en su habitación música de Frédéric Chopin. “Para cualquier persona, y más en edad avanzada, como es el caso de mi padre, estar desconectado de la familia, dejar de ver a sus seres queridos, empeora la situación”, sostuvo Mora.

La obra de Juárez como compositor, repartida entre lo clásico y lo popular, no se mide en cantidades exorbitantes, ni ha sido jamás un artista masivo. Pero su trabajo, también en ambos terrenos, como autor-intérprete o sólo como compositor, así como gestor en diferentes ámbitos y docente altamente reconocido, ha dejado una huella fundamental en nuestra cultura. Algunos de sus grupos más recordados datan de los 70, cuando formó el Trío Juárez, primero con el guitarrista Álex Erlich Oliva y el percusionista Chiche Heger, luego con el Chango Farías Gómez y Oscar Taberniso. Además lideró el Trío Juárez + , con José Luis Castiñeira de Dios en piano, Juan Dalera en quena, Álex Erlich Oliva en guitarra y bombo y Marta Peñaloza en voz.

Su discografía cuenta con unos 15 títulos, entre ellos “Manolo Juárez Cuarteto”, que grabó en 2013.

“No es lo mismo un pianista clásico que popular”, sostuvo una vez Juárez en una entrevista con este diario. “Por eso hay quienes pueden ser geniales en un terreno y no necesariamente en el otro. Pondría el caso de Martha Argerich, ante quien me avergüenzo de haber tocado alguna vez el piano, o Daniel Barenboim, que siendo un pianista enorme reconoció con humildad que para el tango él no tenía nada que hacer frente a Salgán”.

Juárez formó parte de una renovación y relectura del folklore en los años ‘60. “El siglo XX fue muy fructífero y por ahí pasaron músicos que han sido enormes”, agregó. “Lo que ha pasado con el tango, con el folklore, con el jazz o con el rock en el siglo pasado refleja un punto muy alto de la creación artística.”

Solía sostener que el folklore, a diferencia del tango, había sido más capaz de reformularse y modernizarse. “Soy un poco crítico con los tangueros, que van de un piazzollismo -Piazzolla es alguien que fue muy significativo en su propia obra, que no da lugar a nuevas experiencias en el mismo estilo-, un conservadurismo que los hace volver a los tiempos de las orquestas típicas o unas búsquedas algo herméticas hacia la música académica. En cambio, en el folklore, en el jazz o en el rock veo una mayor dinámica y, al mismo tiempo, un contacto mucho más estrecho con el presente. Del mismo modo, se ha ido borrando un poco la pelea entre tango y folklore. El tango, muy ligado a la herencia italiana, se construyó en las ciudades. En el interior, reinó el folklore, más ligado a lo español. Y siempre nosotros mirando para Europa. Me parece que afortunadamente, esas divisiones se han ido diluyendo aunque, en el reconocimiento estético, el lugar del folklore en nuestra cultura aún sigue estando un poco oscurecido por el tango”.

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