«Fuimos soldados» («We were soldiers», EE.UU., 2002, habl. en inglés). Dir.: R. Wallace. Int.: M. Gibson, S. Elliott, M. Stowe, G. Kinnear y otros.
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“uimos soldados” relata la primera batalla del ejército norteamericano contra el enemigo norvietnamita (la de Ia Drang, en noviembre de 1965), cuyas fuerzas más organizadas e incalculablemente superiores en número Washington no llegó a dimensionar, aunque con la aplicación de las letales bombas de napalm terminó revirtiendo el resultado a su favor.
Quizá por seguir casi literalmente el libro de memorias del coronel Hal Moore y el corresponsal en el frente Joe Galloway, «Fuimos soldados» parecería, en cierta forma, enfocar esta guerra de una manera casi virginal, como si fuera la primera vez que una película se ocupara de Vietnam y no hubiesen existido antes ni «Pelotón», ni «Pecados de guerra», ni «Hair» entre los centenares de films que convirtieron al tema en uno de los subgéneros más ideologizados del cine bélico.
Aunque delaten la contemporaneidad de la realización la extremada violencia gráfica de las escenas de combate (modalidad que desde «Rescatando al soldado Ryan» se ha vuelto casi obligatoria para Hollywood), y un incuestionado patriotismo sin fisuras que pocos realizadores se hubieran permitido décadas atrás, «Fuimos soldados» pasa por alto la carga que la palabra Vietnam tiene para el cine y presenta, en su visión de los prolegómenos de la guerra, una especie de «precuela» a la vez que un retrato generacional. Mel Gibson, en el papel de Moore al frente del legendario «Séptimo de Caballería», no hace otra cosa que adaptar su personaje de «Corazón valiente» al siglo XX. Y, sin duda, lo hace bien, aunque su unilinealidad heroica aparezca superada, en muchos momentos, por personajes secundarios mejor definidos, como el del impecable sargento malhumorado y algo cínico que compone Sam Elliott (cada una de sus intervenciones son estupendas, como cuando trata de levantar la moral de Moore en un momento de flaqueza diciéndole que él debe comportarse mejor aun que el general Custer, «porque Custer era un maricón»).
Como el libro, la película se ocupa extensamente (demasiado extensamente) del otro lado de la guerra, relatando el papel que jugaron en casa las mujeres de los soldados, su organización, su apoyo moral y la forma en que muchas de ellas manejaron la información que llegaba desde un lugar tan remoto, en especial cuando eran los taxistas los que traían los temidos telegramas «Lamentamos informar...».
Algunas inevitables sensiblerías están compensadas por un tratamiento político que, pese al apasionamiento patriótico, no deja de ser objetivo, como el prólogo con el ejército francés en los años de Indochina, el reconocimiento del exceso de autoestima y la subvaloración del enemigo, que esta vez no es el demonio liso y llano sino un rival inteligente.
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