2 de octubre 2002 - 00:00
García Márquez estuvo a punto de ser cura
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Gabriel García Márquez
•A punto de ser cura
En el fragmento aparecido en «El Universal», García Márquez revive historias de su infancia, como la de que su severo padre buscó enviar a su hermano Luis Enrique a un reformatorio -»convencido de que era una escuela para hijos desobedientes y no lo que era en realidad: una cárcel para la rehabilitación de delincuentes de alta peligrosidad»- y que con él tenía «el propósito de mandarme al seminario de Ocaña, no para castigarme por nada sino por la honra de tener un cura en casa, y más tardó en concebirlo que olvidarlo». Impedir que le impusieran ser cura le permite ahora redescubrir los distintos escenarios de su bohemia juvenil, un itinerario marcado por la familia y los estudios, pero además por los bailes, los prostíbulos y los hoteles de mala muerte en Barranquillas, Cartagena de Indias y Bogotá.
•Una aventura erótica
Las relaciones sexuales del adolescente Gabo con la elegida veinteañera de un baile fue un suceso que cualquier psicólogo declararía traumático y que él recuerda como «una terrible humillación» final. A la muchacha la eligió de entre «una parvada de aprendices furtivas con toda clase de tentaciones», y hace un sentido homenaje a aquella iniciadora que mientras bautiza casi con pudor «Nigromanta» la declara «de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto».
Recuerda que la primera vez que le insinuó a Nigromanta que se fuera con él, ella le dijo «con una lógica ejemplar que no podía, porque el marido dormía en casa». El asunto posterior tiene mucho de esas historias de jóvenes arriesgados y hombres engañados contadas por Bocaccio o Quevedo, pero que García Márquez padeció con terror en carne propia cuando el marido de Nigromanta, un ex policía que lo había encontrado en medio de una escapada y lo saludó con un amistoso «llevas un olor a puta que no puedes con él». Cuando el policía descubre la infidelidad de su mujer le impone a Gabo definir la cosa con un juego de «ruleta rusa». De esa dramática circunstancia lo salva, inesperadamente, un cierto saber médico de su padre, con el que el ex policía se siente en eterna deuda, sin que por esto el joven Gabo pueda escapar a «una terrible humillación».
•El estudiante aburrido
Todo el primer tomo de «Vivir para contarla», que aparecerá en dos jueves en las librerías, está aderezado de comentarios, testimonios y reflexiones sobre el oficio de escritor, tema que es obvio continuará en los volúmenes siguientes de las memorias de quien lleva más de 50 años de magistral labor literaria y periodística. Una clave, comentada al pasar, de su adhesión al «realismo mágico» la ofrece cuando se remonta al hechizo que le produjo, como a Borges, la reiterada lectura de «Las Mil y Una Noches»: «Hasta me atreví a pensar que los prodigios que contaba Scherezada sucedían de veras en la vida cotidiana de su tiempo, y dejaron de suceder por la incredulidad y la cobardía realista de las generaciones siguientes. Por lo mismo, me parecía imposible que alguien de nuestros tiempos volviera a creer que se podía volar sobre ciudades y montañas a bordo de una estera, o que un esclavo de Cartagena de Indias viviera castigado doscientos años dentro de una botella, a menos que el autor del cuento fuera capaz de hacerlo creer a sus lectores».
García Márquez comenta que en el bachillerato le aburrían las clases, «salvo las de literatura» donde tenía «un protagonismo único», y explica un poco más adelante: «no entendía por qué debía sacrificar ingenio y tiempo en materias que no me conmovían y por lo mismo no iban a servirme de nada en una vida que no era la mía», no sabía aún que «no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor». Los primeros lectores de la obra elogian la voz irónica y autocrítica que el colombiano eligió para interpretarse a sí mismo, en la que afirma es «mi mejor obra de ficción».




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