2 de octubre 2002 - 00:00

García Márquez estuvo a punto de ser cura

Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez
E n exactos ocho días, el 10 de octubre, aparecerá mundialmente «Vivir para contarla», memorias de Gabriel García Márquez, que más que de autobiografía son calificadas como la novela de una vida. Ha habido hasta ahora un estricto secreto sobre la obra, decretado por la agente Carmen Balcells por temor a que aparezcan ediciones pirata aun antes del lanzamiento de la obra, algo que ocurrió en varios países latinoamericanos con «La fiesta del chivo» de Marío Vargas Llosa.

En este primer tomo de sus memorias, de 8 capítulos y unas 600 páginas, Gabriel García Márquez recupera treinta años de su vida, y aun desde antes, desde el noviazgo del telegrafista de Aracataca Gabriel Eligio García con Luisa Santiaga Márquez, padres del Nobel de Literatura 1982, hasta la redacción, corrección y publicación de su primera novela, «La hojarasca», en 1955.

El elegido como primer lector de «Vivir para contarla», el ensayista y poeta colombiano William Ospina, ha señalado en la revista «Cambio» de Colombia, igual que su versión mexicana propiedad del autor de «El otoño del patriarca», que en la obra «se cuenta la vida de Gabo en su estilo, que en este caso está a mitad de camino de 'Cien años de soledad' y el tono de sus crónicas periodísticas. Hay una alianza entre el tono fantástico con el que se puede mirar desde la infancia el mundo, y el tono de testimonio de alguien que ha sido siempre un periodista muy perspicaz».

•Entre novela y crónica

Así puede relatar, casi como un cuento, cómo su hermana Ligia ganó la lotería gracias a un sueño de su madre según el cual su padre disparaba al aire para espantar a un ladrón con un revólver que parecía un siete y el premio fueron 770 pesos, a describir el estilo político de José Eliécer Gaitán y cómo el futuro escritor llega a la esquina donde el líder acaba de ser asesinado y ya se han llevado el cuerpo, pero la gente está empapando sus pañuelos en el charco de sangre que ha quedado, algo que, además de ser un testimonio de la realidad, recuerda el sueño de Calfurnia en la tragedia «Julio César» de William Shakespeare, y a William Ospina le ha hecho decir que, entre otras muchas cosas, el libro «es un tapiz de 50 años de la historia de Colombia». Hay otros episodios que remiten de inmediato a novelas del escritor como «El amor en los tiempos de cólera», como cuando relata la inicial relación furtiva entre sus padres, a «La mala hora» cuando pasa a comentar de un cura que se decía que levitaba en el momento de la consagración, o a «Cien años de soledad» cuando escribe sobre la tía que termina de coser su propia mortaja el día que la muerte la alcanza.

El diario «El Universal» de México publicó, el viernes 20 de septiembre pasado, un atractivo fragmento inédito de «Vivir para contarla». Ese nombre del libro tiene una explicación, en un comienzo se iba a titular «Vivir para contarlo», utilizando un refrán popular, pero García Márquez pensó que dado que el tema es su vida, un sustantivo femenino, también femenino debía ser el género del complemento directo, y así se decidió a llamar a su obra «Vivir para contarla».

•A punto de ser cura

En el fragmento aparecido en «El Universal», García Márquez revive historias de su infancia, como la de que su severo padre buscó enviar a su hermano Luis Enrique a un reformatorio -»convencido de que era una escuela para hijos desobedientes y no lo que era en realidad: una cárcel para la rehabilitación de delincuentes de alta peligrosidad»- y que con él tenía «el propósito de mandarme al seminario de Ocaña, no para castigarme por nada sino por la honra de tener un cura en casa, y más tardó en concebirlo que olvidarlo». Impedir que le impusieran ser cura le permite ahora redescubrir los distintos escenarios de su bohemia juvenil, un itinerario marcado por la familia y los estudios, pero además por los bailes, los prostíbulos y los hoteles de mala muerte en Barranquillas, Cartagena de Indias y Bogotá.

•Una aventura erótica

Las relaciones sexuales del adolescente Gabo con la elegida veinteañera de un baile fue un suceso que cualquier psicólogo declararía traumático y que él recuerda como «una terrible humillación» final. A la muchacha la eligió de entre «una parvada de aprendices furtivas con toda clase de tentaciones», y hace un sentido homenaje a aquella iniciadora que mientras bautiza casi con pudor «Nigromanta» la declara «de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto».

Recuerda que la primera vez que le insinuó a
Nigromanta que se fuera con él, ella le dijo «con una lógica ejemplar que no podía, porque el marido dormía en casa». El asunto posterior tiene mucho de esas historias de jóvenes arriesgados y hombres engañados contadas por Bocaccio o Quevedo, pero que García Márquez padeció con terror en carne propia cuando el marido de Nigromanta, un ex policía que lo había encontrado en medio de una escapada y lo saludó con un amistoso «llevas un olor a puta que no puedes con él». Cuando el policía descubre la infidelidad de su mujer le impone a Gabo definir la cosa con un juego de «ruleta rusa». De esa dramática circunstancia lo salva, inesperadamente, un cierto saber médico de su padre, con el que el ex policía se siente en eterna deuda, sin que por esto el joven Gabo pueda escapar a «una terrible humillación».

•El estudiante aburrido

Todo el primer tomo de «Vivir para contarla», que aparecerá en dos jueves en las librerías, está aderezado de comentarios, testimonios y reflexiones sobre el oficio de escritor, tema que es obvio continuará en los volúmenes siguientes de las memorias de quien lleva más de 50 años de magistral labor literaria y periodística. Una clave, comentada al pasar, de su adhesión al «realismo mágico» la ofrece cuando se remonta al hechizo que le produjo, como a Borges, la reiterada lectura de «Las Mil y Una Noches»: «Hasta me atreví a pensar que los prodigios que contaba Scherezada sucedían de veras en la vida cotidiana de su tiempo, y dejaron de suceder por la incredulidad y la cobardía realista de las generaciones siguientes. Por lo mismo, me parecía imposible que alguien de nuestros tiempos volviera a creer que se podía volar sobre ciudades y montañas a bordo de una estera, o que un esclavo de Cartagena de Indias viviera castigado doscientos años dentro de una botella, a menos que el autor del cuento fuera capaz de hacerlo creer a sus lectores».

García Márquez
comenta que en el bachillerato le aburrían las clases, «salvo las de literatura» donde tenía «un protagonismo único», y explica un poco más adelante: «no entendía por qué debía sacrificar ingenio y tiempo en materias que no me conmovían y por lo mismo no iban a servirme de nada en una vida que no era la mía», no sabía aún que «no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor». Los primeros lectores de la obra elogian la voz irónica y autocrítica que el colombiano eligió para interpretarse a sí mismo, en la que afirma es «mi mejor obra de ficción».

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