El filósofo francés Merleau-Ponty sostiene que la convergencia, el tamaño aparente y sobre todo los diferentes proyectos de la centenaria historia de la fotografía se pueden asociar con la fenomenología, porque es una relación existente entre el objeto y el contemplador, el observado y el observador. Usamos este modelo para referirnos a las propuestas de Gabriel Giovanetti en su libro y su muestra «Luz de Oriente», para el Museo Nacional de Bellas Artes. En su red de perspectivas, Giovanetti da una visión personal del mundo musulmán.
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Lo que Giovanetti intenta mostrar en su serie de fotografías sobre el Islam, es la recreación de la sociedad musulmana tal como supuestamente la ve Dios que está en todas partes, naturalmente según la personal versión del fotógrafo, a través de la cámara. Pretende configurar un puente para que podamos comprender sin prejuicios una sociedad que aparentemente está muy distante a nosotros. El término islam se traduce como «sumisión» u «obediencia» (a la voluntad y las leyes de Alá, establecidas en el Corán) y musulmán, significa «la persona o cosa que obedece la ley de Alá». Esta fuerte negación del individualismo y la exigencia de sumisión a la autoridad divina, en todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana, es lo que resulta tan extraño para la mentalidad occidental. La noción islámica del derecho y la justicia difiere mucho de la de los países laicos de Occidente. Para ellos, el Corán es el medio a través del cual Alá reveló las leyes universales: ellas no sólo rigen los temas humanos sino también las leyes naturales.
La fotografía tiene la gran posibilidad de conectar obras históricas con interpretaciones contemporáneas, como cuando los mexicanos jugaban a la pelota cerca de las pirámides aztecas, o los primitivos peruanos hacían sus líneas en las terrazas de Nazca. La fotografía no sólo modificó, a mediados del XIX, el carácter del arte, que se alejó entonces de la representación verista para desembocar en el Impresionismo. Así cambió también el carácter de ese nuevo matrimonio de arte y tecnología, nacido exclusivamente como medio de reproducción. En su repertorio del texto acerca de la fotografía en el período de 1816 a 1871 («La Photographie en France», 1989), André Rouillé exhumó un alegato formulado en 1862, al tratarse en la Justicia, en París, la extensión para la fotografía del derecho de autor legislado para la pintura. «Quienes sostienen que el fotógrafo no crea con el poder de su imaginación ni produce, con la ayuda de sus sentimientos, las imágenes del mundo circundante, deben ir al estudio y observar la paciencia inteligente, los recursos del espíritu y la destreza que emplea (...) para comprobar que es él un creador, que el daguerrotipo y las sustancias químicas no son sino los equivalentes del pincel y la paleta con los cuales realiza el ideal que lleva en su espíritu», dice el alegato.
En 1859, en París, se concedió por primera vez una sala a los fotógrafos aunque por una entrada independiente. Charles Baudela ire, uno de los poetas más importantes del momento y además un inteligente teórico del arte moderno, escribió «El público moderno y la fotografía, afirmando: «En estos días deplorables, una industria nueva se dio a conocer y contribuyó no poco a confirmar la fe en su necedad y a arruinar lo que podía quedar de divino en el espíritu francés. Esta multitud idólatra postula un ideal digno de ella y apropiado a su naturaleza. Como la industria fotográfica era el refugio de todos los pintores fracasados, poco capacitados o demasiado perezosos para acabar sus estudios, ese universal entusiasmo no sólo ponía de manifiesto el carácter de la ceguera y de la imbecilidad, sino que también tenía el color de la venganza. Que tan estúpida conspiración, en la que se encuentran, los embaucadores y los embaucados, pueda triunfar de una manera absoluta, no puedo creerlo, o al menos no quiero creerlo; pero estoy convencido de que los progresos mal aplicados de la fotografía han contribuido mucho (como por otra parte todos los progresos puramente materiales), al empobrecimiento del genio artístico francés, ya tan escaso. Es necesario, por tanto, que la fotografía cumpla con su verdadero deber, que es el de ser la verdadera sirvienta de las ciencias y de las artes, pero la muy humilde sirvienta, lo mismo que la imprenta y la escenografía, que ni han creado ni han suplido a la literatura». Baudelaire fue casi durante cien años el crítico más distinguido y con más seguidores del arte moderno, pero creemos que con el arte de la fotografía se equivocó totalmente. Varias generaciones de artistas que utilizaron la cámara fotográfica así lo han demostrado.
La temática de Giovanetti es rigurosamente figurativa, pero sus obras no son documentos realistas. La idea de presentar esta muestra en el Museo de Bellas Artes puede servir para que encontremos una visión diferente del mundo islámico, tan controvertido hoy; para que cambiemos el concepto tradicional de la fotografía documental y se compruebe cómo una cierta información acerca de la realidad puede ser también una nueva forma de hacer arte. Por ello, ninguno de los grandes museos dejan de tener un departamento de fotografía, que obviamente no es una simple técnica, sino un matrimonio singular del arte y la tecnología, en esta tan rica y comprometida entrada de los creadores al tercer milenio.
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