El nuevo opus del prolífico Raúl Perrone, “Cinefilia” (vamos a mencionarlo, sólo una vez, con su título original de grafía millennial que a él tanto le gusta: “Cin3fili4”), es un homenaje a la nouvelle vague francesa (palabra ésta, “homenaje”, casi obligatoria en la crítica de cine nuevaolista). Se trata de una película que, si bien transcurre en el presente, su tiempo auténtico es el de de aquellas largas discusiones de hace décadas en los bares de la avenida Corrientes aledaños al Lorraine, por mencionar sólo su epicentro, y que se reducen hoy, en los años Netflix, a las escuelas de cine (con suerte). Y a las películas sobre cinefilia. De modo que, para los cinéfilos y sólo ellos, sus 90 minutos son placer asegurado.
Godard está bien y vive en Ituzaingó
Raúl Perrone hace de su nueva película, “Cinefilia”, un juego de citas, anacronismos y deseo, donde la Nouvelle Vague se reconoce en algunos de sus extraños herederos
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Francina Adeff como Ana en "Cinefilia", de Raúl Perrone
Los protagonistas, como en “La mamá y la puta” (1973), de Jean Eustache (uno de los últimos grandes coletazos de la Nouvelle Vague, que aquí se debate ampliamente), son tres: Ana (Francina Adeff), Braulio (Juan Gerlot) y Leo (Francisco Bereny), quienes, al igual que los de la película citada, hablan extensamente sobre el amor, pero a diferencia de aquélla, donde el sexo tenía presencia física, los actuales no se dan ni un beso.
El director busca, en cambio, la recreación de ese imaginario cinéfilo a través de una historia fragmentada, aunque coherente, que parece real pese a su irrealidad. Por momentos, sus criaturas anacrónicas recuerdan al Woody Allen de “Un día lluvioso en Nueva York” (2019), donde una pareja contemporáena de veinteañeros pasea en mateo por el Central Park, escucha canciones de Cole Porter, y casi ni usa celulares. “Cinefilia” es más extrema: jamás se ve un solo celular y los personajes fuman como chimeneas, tal como hace cincuenta años. Es más: en una escena, muy graciosa por cierto, aparece otro personaje que se gana la vida haciendo de Mickey Mouse, que le confiesa a Braulio que siente añoranza por la época en que se podía fumar en los bares. “Pero si vos ni te podés acordar de eso”, responde con acierto, en ese caso, el libreto.
Y así transcurre el film: en un blanco y negro godardiano cuando relata la historia de los personajes, en color cuando se trata de las imágenes que filma el aspirante a cineasta Braulio, casi siempre con la “Marcha fúnebre de Siegfried” de “El crepúsculo de los dioses” de Wagner como fondo. Hay otras muchas citas musicales, desde Chopin hasta la partitura de Georges Delerue para “El desprecio”, de Godard, cuando Ana abandona el cine donde está viendo “Crónica de un niño solo”.
Y Godard está por todas partes, desde el nombre de Ana (por Anna Karina) hasta el look Belmondo de Braulio, en la primera escena, mientras la espera a ella en un bar de Ituzaingó, paraíso por excelencia de Perrone. También es el director favorito de Ana, que inicia su parte atribuyéndole una frase (“El cine no puede mostrar lo que pasa, solo lo que ha pasado”), en tanto que Braulio prefiere a Luc Moullet y Leo a John Cassavetes.
Ese tiempo sin tiempo cinéfilo también contradice el presente en los objetos que se muestran en la película. Vemos a Ana hojear, en un kiosco de revistas, un número de “El Cine. Enciclopedia Salvat del 7.º Arte”, que salía a fines de los 70 en esos fascículos que después se mandaban a encuadernar (una reliquia difícil de encontrar hoy), y en la escena siguiente, en un bar, lee “La Otra”, revista under argentina que data de 2003. Que no se entienda esto como objeciones sino, por el contrario, como un refuerzo de la idea de esa atemporalidad cinéfila. Braulio también hojea diarios en papel, nunca online.
Lo mismo ocurre en las escenas de debates: cuando Leo analiza algunos títulos de Cassavetes ante sus amigos, dice: “me interpela”, fórmula más propia hoy de un panel de televisión que del viejo bar La Paz. Todo esto hace al encanto de “Cinefilia”, al igual que un cierto toque de autorreferencialidad: cuando Ana le aconseja a Leo la lectura de “La falsa amante” de Balzac, él le responde con “Hotel Tandil”, del chileno Andrés Nazarala, un libro que habla de Borges, de Bergman, de Donald Cammell y de… Raúl Perrone.
Los “homenajes”, sin embargo, no terminan allí, ya que Perrone también parodia, y muy bien, al folletín: cuando Ana lee “Cae la noche tropical”, de Manuel Puig (Ana siempre está leyendo y citando), se le aparece un galán insólito con pinta de antihéroe de Puig, quien le hace una declaración amorosa con mal uso de los tiempos verbales, tal vez deliberado: “Veo el amor”, le dice el sujeto, “como si estaría (sic) flotando en el aire”.
Pero sería injusto reducir todo a una colección de guiños para iniciados. Las citas, los libros y las películas son también la manera en que estos personajes se relacionan. Ana cita; Braulio filma; Leo se encuentra y debate con su ex novia. El deseo verbal circula, y quizá por eso, en este universo, recomendar libros o extasiarse con Lubitsch tenga una carga erótica que en otra película exigiría bastante menos conversación y más tiros.
Perrone tampoco parece preocupado por convencernos de que existan en el Ituzaingó de hoy jóvenes exactamente así, y esa inverosimilitud es una de las reglas del juego. “Cinefilia” inventa una pequeña reserva natural para una especie que Perrone se resiste a declarar extinguida. Hay momentos en que tanta contraseña cinéfila puede cerrar la película y dejar afuera al espectador que no sepa quién era Moullet ni entienda el chiste de que Ana lo pronuncie bien y Braulio diga “Muyé”. Pero el film no intenta ampliar artificialmente su público, y, desde el vamos, avisa qué película quiere hacer y para quiénes algunas de sus bromas tendrán resonancia.
Lo mejor es que tampoco convierte esa cinefilia en una ceremonia fúnebre. Hay nostalgia, sin duda, pero está continuamente atravesada por el humor, el anacronismo deliberado (o no) y por unos personajes demasiado jóvenes para añorar aquello que la película añora a través de ellos. Perrone sabe que pertenecen a otro tiempo, y por eso los pone a caminar por éste. A ninguno de estos estudiantes de cine les preocupa venderle una serie a una plataforma, sino que siguen en el París de los 60 y 70, la Buenos Aires de aquella época, y las desaparecidas salas de arte y ensayo, aquellas a las que Edgardo Cozarinsky llamó “palacios plebeyos”.
“Cinefilia” (Argentina, 2026). Dir.: Raúl Perrone. Int.: Francina Adeff, Juan Gerlot, Francisco Bereny).
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