"Google no es democrático: ordena todo según los clics"

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"El mejor buscador del mundo en Internet, más allá de las ayudas que ofrece, plantea interrogantes éticos, culturales, políticos, económicos y religiosos, que me llevaron a reflexionar y se convirtieron en 'Googléame. La segunda misión de Estados Unidos'", explica la filósofa y filóloga francesa Barbara Cassin, directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique de París (CNRS), especializada en los sofistas griegos.

Cassin, que tuvo entre otros maestros a Martín Heidegger, ha escrito, entre otros libros, «El placer de hablar», «Ver a Helena en toda mujer, de Homero a Lacan», y un monumental «Vocabulario europeo de las filosofías. Diccionario de los intraducibles». En su visita a la Feria del Libro dialogamos con ella.

Periodista: ¿Qué puede decir la filosofía sobre Google?

Barbara Cassin: Como filósofa me gusta saber lo que hago, los instrumentos que uso. Yo utilizo Google, y me importó hacer sobre esa herramienta una toma de conciencia reflexiva. Como docente me interesó saber cómo trabajan a partir de Google mis alumnos, y como investigadora del CNRS busqué saber lo que Google produce en la investigación, la transformación que genera. Creo que el efecto principal es que la calidad se vuelve un efecto emergente de la cantidad, y nada más.

P.: ¿De cantidad de información?

B.C.: No de cantidad de clics. Para Google, un clic, un enlace, es un voto para un texto determinado. La cantidad de clics, de vínculos, es lo que hace que algo suba en el rango de la página. Eso parece democrático porque nosotros, con nuestro accionar, hacemos subir algo en la página de Google, pero no lo es.

P.: ¿Por qué?

B.C.:
Esos ingresos, esos enlaces, que aparecen como un voto en Google, no hacen un mundo en común. Para los griegos la democracia requería una instrucción de la demanda para que se pudiera encontrar lo mejor.

P.: ¿No es democrático, igualitario, no comercial, que todos las entradas a páginas de Google tengan sólo tres líneas y por más que alguien pague no puede modificar el orden?

B.C.: Es cierto, Google no mezcla el aspecto publicitario, comercial, con la información que da en el centro de sus páginas. Resulta democrático que uno no compre su rango en la página, y eso lo hace diferente de otros motores de búsqueda. Pero es por eso que Google gana tanta plata con la publicidad. Como es el mejor, vende muy caras las palabras clave con que cubre los márgenes. Es un buen marketing.

P.: ¿Pero no es el mismo marketing que siempre han tenido los medios de comunicación?

B.C.: Ha ido más lejos, consigue un público cautivo, interesado por lo que se ofrece, es el marketing soñado por los profesionales de esa actividad. Uno pone Nietzsche y junto a lo que se busca hay propuestas a visitar las montañas mencionadas por el filósofo, la oferta de una edición de las obras completas. Se tiene enfocado a un cliente en un tema.

P.: Los buscadores anteriores eran prácticamente inservibles.

B.C.:
Absolutamente de acuerdo. Google es varias veces el mejor motor de búsqueda de internet. Da las respuestas más adecuadas, más pertinentes. La idea de Larry Page y Sergey Brin fue cuantificar no los vínculos que salen de un sitio de Internet sino los que llegan allí. Esa cantidad de vínculos son los que importan. Entonces, cuanto más consultado es un sitio más vale, es una doxa (opinión) al cuadrado. Esa idea formidable es vieja como el mundo: es la idea de la cita, la idea por excelencia de la bibliografía, es la idea de todo el saber medieval, es la escolástica.

P.: ¿Una vuelta al «criterio de autoridades»?

B.C.: Sólo que esas autoridades no surgen por ser calificadas sino por estar cuantificadas.

P.: Y a usted, ¿qué parte de la filosofía lo hizo interesarse en Google?

B.C.: Por los sofistas, aquellos pensadores que encontraban la maquinaria para llegar a algo, prestaban un servicio y ganaban dinero. Hasta ahí todo bien con Google, ahora lo que no estoy de acuerdo es con sus pretensiones de que su «misión es organizar toda la información del mundo» y que sea la correcta, la «buena». La misión de luchar contra el mal se vuelve francamente religiosa, convierte a Google en un ente superior, divino.

P.: Pero, ¿esos planteos no son una tradición estadounidense?

B.C.: Y me da miedo esa misión del bien universal. Sobre todo cuando se descubre que todo en Google esta subordinado a fines comerciales legítimos. Y no me convence la relación entre moral y comercio. Por separado están muy bien, pero que la moral sirva de paraguas no es real y es preocupante. Google entró a China luego de aceptar la censura. Si en un país, que no sea China, se busca en Google información sobre Tiananmen, leerá sobre la represión a manifestantes en esa plaza de Beijing, en 1989, y los centenares de muertos, y en China sólo leerá una serie de referencias urbanísticas a una plaza apacible, en un país donde curiosamente no existen los disidentes. Con ese acto Google deja de ser universal y democrático.

P.: Esa es quizá una diferencia con Wikipedia, la enciclopedia de Internet, donde aparece lo controversial y los artículos puede ser transformados, reformulados.

B.C.:
Lo mejor de Wikipedia, más allá de su nivel, es lo no controversial. Aunque, por caso, el artículo sobre Platón es directamente malo. Tiene algunos problemas que le sacan credibilidad, por ejemplo que uno pueda hacer lo que quiera ahí.Tengo unos colegas que se han dedicado a colocar en Wikipedia en inglés, para que tengan mayor difusión, tanto temas reales de discusión como una imaginaria Escuela de Retórica francesa. Y ahora desde diversos lugares andan intentando contactarse con esa escuela.

P.: Usted se ha dedicado a criticar el globish, el inglés como lengua universal para la traducción.

B.C.: El globish es para Google la lengua pivote, y cuando uno pide una traducción suele ser ridícula. Y esto es porque para leer un texto en francés, en español, antes debe pasar por un inglés desprovisto de singularidades. Yo pasé la frase «Dios creó el hombre a su imagen» al alemán, y del alemán al francés, por intermedio de globish, y concluyó blasfematoriamente en: «El hombre a su imagen creó un dios».

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

B.C.: Una investigación sobre retórica, sobre qué cosas hacemos con las palabras. Eso me lleva a reflexionar sobre lo político. El rasgo nazi de Heidegger, que fue uno de mis maestros, es que la política no es nada político, es algo ontológico. Tiene una frase extraordinaria en ese sentido: si los griegos tuvieron que crear la polis es porque fueron un pueblo no político. Frente a esto está Hannah Arendt con la autonomía de lo político. Cuando Günter Grass le dijo que ella era una filósofa política, le contestó: yo hago filosofía y reflexiono sobre la política. La filosofía política, de Platón a Heidegger, ha hecho que ya no sea posible hacer filosofía política.

Entrevista de Máximo Soto

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