6 de febrero 2003 - 00:00

Gran comedia dramática, y no sólo por Nicholson

Gran comedia dramática, y no sólo por Nicholson
«Las confesiones del señor Schmidt» («About Schmidt», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: A. Payne. Int.: J. Nicholson, K. Bates, H. Davies, D. Mulroney y otros.

No son muchas las personas en el mundo que, como Pablo Neruda, puedan llamar a sus memorias «Confieso que he vivido». El señor Schmidt, llegado al día de su jubilación en la compañía de seguros donde trascurrió su existencia, es uno de los millones que aún no lo hizo. Vive en la «América profunda» (Omaha, Nebraska, una de las formas del infierno), y a las cinco de la tarde de ese día, el del retiro, siente que ya está de más. No le faltan razones, aunque en su horizonte no figure ese pasatiempo tercermundista que representan la miseria y los reclamos por el 13%.

En su infierno, la náusea es confortable. Schmidt tiene una mujer a la que un día descubre como «esa anciana que duerme al lado mío», una hija que se ha ido y que está a punto de emprender un casamiento ruinoso no lejos de allí (Denver, Colorado) y un futuro yerno, vendedor de colchones de agua, que ya lo saluda como «papá» y que lo quiere embarcar en una famosa inversión para incautos, aquella que se conoce como «piramidal» y que hace algunos años tuvo un furor pasajero en la Argentina (el «avioncito»).

El señor Schmidt tiene la apariencia de Jack Nicholson, actor que está más del lado de Neruda que de su jubilado de hoy; sin embargo, si de infiernos se trata, no hay intérprete más auténtico que él: aun sin sus gestos habituales, sin la sonrisa sardónica y con el arqueo de cejas discretamente atemperado, Nicholson es Schmidt y Schmidt no puede ser otro que él. Su actuación es creíble y sincera. Sobre sus hombros pesa toda la angustia de su personaje.

• Director a descubrir

Pero hay mucho más que interpretación en este «About Schmidt», título original más lacónico y exacto que el local, porque el pobre tipo, en realidad, pagaría lo que fuera por tener siquiera algo que confesar; hasta su mujer lo tuvo, como él mismo descubrirá después de la muerte de ella y a poco de iniciarse la historia (y con su mejor amigo, para más datos). Pero, como en la literatura de Bernhard Schlink, ni siquiera una revelación póstuma de infidelidad significa traición, y hasta puede ser la ventana a cierta luz en una vida carente de revelaciones. Más que las actuaciones, entonces, lo admirable de esta película de Alexander Payne es su libro, del mismo director sobre la novela de Louis Begley, intransigente con la rutina sentimental media de Hollywood (lo que no lo priva de momentos auténticamente emotivos, como en el desenlace) y hasta con el cinismo militante de cierta producción independiente.

Payne
, prácticamente un desconocido en el país y de quien sólo se vio algunas veces por cable su formidable comedia universitaria «Election», se ha entusiasmado tanto con el examen de su personaje que no ha tenido la necesidad de apiadarse de él. La mirada es distante y lúcida, nunca conmiserativa. Despojado de lo único que lo sostenía (mujer, trabajo), el viaje que Schmidt emprende hacia la casa de su futura familia política, donde lo espera una consuegra ninfómana (breve pero brillante participación de Kathy Bates) es el de un Ulises sin atributos ni porvenir, la travesía del hombre hueco que trata inútilmente de empezar a resignificar la existencia cuando ésta se le termina.

El trayecto, poblado de sirenas imaginarias (hasta su propio pasado puede tener esa condición), reconoce escenas extraordinarias, como la que se juega en la casa rodante de un matrimonio con el que traba una relación circunstancial, y que le permite a Nicholson -y al personaje-dejar aflorar esa faceta de adolescente casi anciano.

En la película, por fortuna, no sólo se reconocen los ecos de cierta cinematografía setentista a la que dice pagar tributo el director, sino sobre todo la huella de la mejor tradición de la drama-turgia americana clásica. El vínculo con otro personaje fundamental de la historia, el que le permite una redención final a la que nunca soñó a aspirar en su vida (y que expresamente no se menciona en esta reseña), es prueba suficiente de esa deuda.

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