29 de noviembre 2001 - 00:00
Harry Potter y la piedra filosofal
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Es lo que pasó a fines de la década del '70 cuando George Lucas lanzó su primera «Guerra de las Galaxias» y es lo que acaba de lograr ahora Chris Columbus, un director que hasta hace poco nadie podía pensar que fuera a hacer nada interesante, más allá de seguir las reglas necesarias para lograr éxitos comerciales clonados de «Mi Pobre Angelito».
Columbus se hizo famoso por su entrada triunfal al mundo del cine: a los 19 años logró que Joe Dante y Steven Spielberg le compraran su guión de «Gremlins». El éxito de esta terrorífica comedia lo llevo sin escalas a escribir el guión de «Indiana Jones y el templo de la perdición» (uno de los mayores éxitos de taquilla de todos los tiempos). Lamentablemente esta divertidísima película de Spielberg no fue bien recibida por la crítica, y pronto Columbus fue dejado de lado de todo proyecto mínimamente serio para terminar convertido en director de otros dos superéxitos de taquilla mucho menos interesantes, «Mi Pobre Angelito» y su secuela.
Antes de agrandar su cuenta bancaria gracias a la explotación intensiva de Macaulay Culkin, Columbus escribió para Barry Levinson «El secreto de la pirámide», junto a «Gremlins 2» su último intento de explorar el cine fantástico. A pesar de su imaginación y calidad, «El secreto de la pirámide» no tuvo demasiado éxito, al punto de que las dudas sobre su eficacia provocaron cambios de título.
En «Harry Potter y la piedra filosofal», el pequeño Potter -que no es detective, sino un aprendiz de brujo-se hace amigo de otro chico con todas las características del ayudante Watson, es decir un nene un poco torpe, regordete, gracioso, amigo fiel y capaz del mayor sacrificio por sus amigos o ideales.
Potter es un chico huérfano, maltratado por los tíos que lo someten a una existencia humillante e injusta: pronto el protagonista descubre que la curiosa cicatriz que tiene en la frente es sólo uno de los indicios de un destino de gloria en el mundo secreto de los magos. Poco después atraviesa una pared de ladrillos que lo lleva directamente a una alucinante academia de brujos.
Igual que los muros que conducen a Potter hacia un universo desconocido, el relato de Rowling hace más de una referencia a lo mejor de la literatura fantástica inglesa, desde H.
G. Wells y Kipling hasta Bram Stoker (lo que de paso le sirve para agregar una formidable cita al «Drácula» de Terence Fisher, es decir al terror típicamente británico de la productora Hammer).
En términos cinematográficos, lo mejor que le puede pasar a un chico es ver esta película, salir con ganas de leer un libro, olvidando aunque sea por algún tiempo el bombardeo de productos horribles e innombrables que abundan de este lado del muro.




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