3 de enero 2002 - 00:00

"Hogar, dulce hogar"

Escena del film
Escena del film
«Hogar, dulce hogar» (Adieu, plancher des vaches!, Francia, 1999, habl. en francés.) Guión y dir.: O. Ioseliani. Int.: L. Lavina, N. Tarielashvili, P. Bas, S. Hainque, M. Kirkland, O. Ioseliani.

A tención, ésta parece ser, realmente, la comedia del verano. Historia coral, muy parisina, de simpáticos malvivientes (ladrones, haraganes, estafadores, e hijos y esposos finalmente sublevados, todos ellos cruzándose y a veces comunicándose entre sí, de un modo insólito, y casi todos queriendo ser, o fingir que son, algo distinto, al menos hasta próximo aviso), esta obra tiene varias de esas cosas que mejor complacen al público. Por ejemplo, gracia, ingenio, elegancia, fino erotismo, personajes queribles, filósofos del buen vivir, inteligentes guiños al público, y un mecanismo bien fluido y ajustado de precisas compensaciones, donde cada uno de los personajes termina teniendo lo que se merece.

No corresponde contar nada más. Uno de sus encantos reside precisamente en la manera con que se van alternando, o encastrando, los diferentes personajes de la historia, tanto los principales como los circunstanciales, pero inolvidables (por ejemplo, un niño obligado a estudiar música) cada uno con sus ambiciones, sus manías, y sus agachadas, desde la dominante matrona que, en vez de centralizar, más bien centrifuga a quienes la rodean, en adelante, y ni hablar del pintoresco y silencioso marabú que la mujer tiene como mascota, hasta que todo termina en un anárquico, feliz, y apacible canto de libertad.

Maestro

Cada escena rebosa inteligencia y originalidad, sin necesidad de actores conocidos, ni de mayores diálogos. Relato de planos amplios, con la cámara como un observador agudo, burlón, pero cariñoso, de unos personajes tan típicos como estrafalarios, su autor, el georgiano afrancesado Otar Ioseliani (que aquí encarna, además, a un padre adicto al canto, al vino, y al dolce far niente), es un maestro de la comedia. Un maestro relojero de la comedia, a descubrir. Mejor dicho, a redescubrir.

Quienes diez años atrás, en una única sala, vieron aquella historia de una tribu digna de un chiste de Quino, llamada «Y se hizo la luz», no han podido olvidarlo.

Y aún menos, los afortunados cineclubistas que en funciones especiales pudieron ver, aunque sea en videos sin traducciones, «Había una vez un mirlo cantor», y «Los favoritos de la luna», otra historia de ladrones. Para ellos, este regreso. Y para todos, el placer.

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