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26 de agosto 2004 - 00:00

"Hombre en llamas"

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El guardaespaldas Denzel Washington, herido en el piso, mientras Dakota Fanning trata de huir en «Hombre en llamas».


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No se trata, desde luego, de un film «testimonial» (es más, cuando se conoce su desenlace sorpresivo, o mejor dicho su pre-desenlace, la historia ya se ha distanciado de la pintura de la miseria delictiva para ahondar en su propia identidad de relato), pero, por todo lo anterior, es una película que agita doblemente los fantasmas del espectador de hoy.

Si en la primera versión había rivales bien definidos y unívocos (la mafia contra el héroe), la telaraña de responsables y cómplices de la versión actual le infunde al relato una espesura dramática superior, a la par que una visión más desencantadade la sociedad, y, en definitiva, del género humano. No sólo el film se vuelve más rico como policial sino que también expone, al detalle, una arquitectura del crimen en la que hasta el más insospechado puede tener su parte.

El vínculo entre Creasy y Pita, al principio seco y profesional y luego intensamente afectivo (aunque totalmente paternal, ya que en la versión anterior el papel lo hacía una adolescente y se insinuaba una larvada atracción entre ambos), sostiene y justifica la tragedia. Cuando ella es secuestrada, el guardaespaldas consagra su vida a la búsqueda de los culpables; su pesquisa, de esa manera, funciona como la tensa deconstrucción de la telaraña. Creasy vuelve a ser el héroe, pero ya no el samurai americano sino, de alguna forma, el investigador activo del delito. Se acepta su casi inverosímil invulnerabilidad porque ese es el medio del que se vale el film para dar cuenta del complejo complot que lo motoriza.

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