26 de abril 2004 - 00:00

"Hoy hay autores mucho más profundos que en los '80"

María José Gabin
María José Gabin
La actriz María José Gabin estrenó su unipersonal «Congelada», adaptación teatral de «Cómo me hice monja» de César Aira (Pringles, 1949), uno de los escritores argentinos más originales y productivos de los últimos tiempos, autor de «Ema la cautiva» y «La guerra de los gimnasios», entre otras novelas. La obra, que se está viendo en el teatro Del Pueblo (Diagonal Norte 943), se estrenó en Mar del Plata este verano con dirección de José María Muscari. «Era un espectáculo mucho más perfomático, así que preferí ahondar en el texto y en el nivel de actuación», aclara la actriz, que codirigió la nueva versión junto a Eduardo Bertoglio. Cultora de un humor cruel y «seco» -como ella misma lo define-Gabin irrumpió en la escena porteña a principios de los '80 como una de las ya legendarias «Gambas al ajillo». Este grupo que funcionó solo 8 años pasó a la historia por su extraordinario talento y desparpajo para reírse de todo y de todos. Tras la disolución del grupo, la actriz desarrolló una sólida carrera (fue dirigida entre otros directores por Ricardo Bartis, Norman Briski y Lía Jelín). Hoy, se la ve mucho más aplomada que en aquellos años y dispuesta a transitar textos de mayor profundidad dramática.

Periodista:
¿Qué tomó de la novela de Aira?

María José Gabin: Fui muy fiel a su historia y me detuve en sus partes más jugosas. Soy una apasionada de la literatura y a Aira lo sigo desde hace tiempo. Es un autor que genera fans o detractores y a mí me encanta ese humor seco que tiene, que no se apoya en el chiste sino en lo delirante de una situación. Además con esta novela me sentí pasmosamente representada, casi literalmente, porque lo que él cuenta me podría haber pasado a mí.


P.:
¿Cómo es el argumento?

M.J.G.: Es una nena de seis años que vive en un pueblo y cuando va por primera vez a la ciudad, su padre la lleva a una heladería. Ella nunca comió helado y el padre le había hablado tanto que para ella el helado era un mito. Finalmente, cuando lo prueba le parece asqueroso, pero el padre insiste en que lo coma, porque a todo el mundo le gusta el helado. Después se dan cuenta de que está envenenado, ella va a parar al hospital y a partir de ahí se desencadenan una serie de tragedias.


P.: Aira
logra hacer creíbles las situaciones más absurdas.

M.J.G.: Esta historia es rarísima, pero las situaciones que va viviendo la protagonista en la escuela, en el hospital, con la madre, con el padre dicen mucho acerca de lo cotidiano, de los vínculos familiares y de los mandatos sociales. Además me hizo revivir cosas que viví de chica. A los once años yo sufrí un accidente automovilístico que me dejó inmovilizada en la cama durante dos años. Aira habla del pelo hecho un nudo atrás de la cabeza, de tanto estar acostada, y yo me acuerdo de todo eso. Entonces dije: es como si él conociera mi vida y cuando lo iba leyendo me reía maliciosamente. No sé si a cualquier persona le puede causar la misma gracia porque es muy cruento todo lo que aquí se cuenta.

P.:
Pero es el tipo de humor que usted hizo siempre...

M.J.G.: Porque me parece que, ya que estamos haciendo humor, resulta más atractivo aprovechar ese lenguaje que potencia la comunicación y que puede penetrar con más facilidad en la gente, para proponer una mirada diferente sobre el mundo.


P.:
Hoy el término transgresión está bastante devaluado, pero el teatro de los '80 lo llevó a su máxima expresión.

M.J.G.: A mí nunca me pareció que lo más interesante pasaba por lo transgresor, sino en cómo nos apropiábamos de la escena y de la cultura teatral después de los años de plomo. Y también como arrasábamos con un teatro político o más ideológico. Lo transgresivo para mí tenía que ver con algo más coyuntural. De pronto, se abrió un armario y salieron todos a hacer cosas. Algo así como el destape español cuando murió Franco.


P.:
Pero ustedes hacían cosas en el escenario que eran un escándalopara esos tiempos. ¿Eran conscientes de eso?

M.J.G.: Sí y nos daba mucho placer esa provocación. Nos metíamos con todo, desde los símbolos patrios hasta la Iglesia. Nos reíamos del sexo, de la muerte, de la vejez, de los hombres, de las mujeres maltratadas, de las parejas desavenidas, de las gemelas... Simplemente, tomábamos tipos sociales, no hacíamos un gran profundización intelectual sobre eso.A diferencia del teatro de ahora donde hay un despertar de autores muy potentes con un desarrollo intelectual más profundo. Nosotras buscábamos el impacto y que el público sintiera «esto es lo que pasa, lo que existe». Ahora estamos en otro momento y me alegro de que así sea.


Entrevista de Patricia Espinosa

Dejá tu comentario

Te puede interesar