27 de febrero 2003 - 00:00
Ianni: "No me sumo al coro exitista por el auge teatral"
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Periodista: Usted declaró hace poco que el público se estaba volcando al teatro con un entusiasmo que no se veía desde Teatro Abierto.
Carlos Ianni: La cita no es del todo textual, así que voy a aclarar cuál es mi punto de vista. Mi sensación es que en los momentos de crisis de nuestro país -al menos durante los años que yo tengo de profesión-es cuando más concurrencia ha habido en los teatros. En la nota a la que usted alude, yo citaba a Teatro Abierto, como otro ejemplo más, ya que aquel momento había tenido la percepción de que el público se volcaba a las salas buscando aquello que no podía encontrar en otros sectores de la sociedad. Es casi lo mismo que sucedió el año pasado. Más que salir a buscar respuestas, la gente intentó tener las preguntas más claras y por otro lado quiso recuperar cierto sentido de comunidad y de sociedad que se había per-dido en estos últimos años. Esto es algo que percibí muy claramente en la sala del Celcit, que yo dirijo.
P.: ¿De qué manera lo percibió?
C.I.: A través de un dato muy contundente. El año pasado, el Celcit duplicó la cantidad de espectadores con respecto a la temporada anterior y sé que en muchas otras salas ocurrió lo mismo. Pero, yo no me sumo al coro de los exitistas que ahora hablan de un auge teatral en Buenos Aires, prefiero tender la mirada un poco más lejos y preguntar: ¿dónde se están formando los espectadores de la próxima generación, con la enorme deserción escolar que hay y con los terribles niveles de educación que tenemos hoy? Quedarse sólo con lo activo que está el movimiento teatral refleja una mirada muy corta. Sobre todo de las autoridades culturales que son las primeras en pavonearse con estas cosas.
P.: Respecto de «Viaje a la penumbra», el autor afirma que es un texto duro y de una gran carga de violencia.
Carlos Ianni: La obra propone una reflexión bastante profunda acerca de la naturaleza del mal. «Viaje a la Penumbra» es una obra muy abierta con dos personajes que, por esas cosas tan monstruosas que suceden hoy, se han vuelto superfluos como seres humanos. Creo que éste es un tema muy actual y en el que vale la pena meterse, sobre todo en medio del escenario catastrófico en el que estamos viviendo hoy, ya sea por las peligrosas aventuras bélicas de estos días como por los avances, a veces terroríficos, de la ciencia.
P.: En ella se describe el encuentro de dos hombres en un tren y su relación va cambiando de signo y de intención cada vez que el vagón en el que viajan queda a oscuras. ¿Cuál sería la clave de esta obra?
C.I.: En primer lugar, yo eliminé el tren porque al contar con espacio semicircular, como el de la sala Orestes Caviglia, condenaba a los actores a una posición sumamente rígida. Ahora ellos se encuentran en una estación de tren perdida en medio de la nada. La obra se podría definir como de suspenso psicológico y la única descripción que podría hacer de ella es que un hombre se encuentra en un paraje solitario con todas aquellas cosas de las que ha venido huyendo y de esa confrontación sale transformado. Es una obra bastante compleja porque ofrece varios niveles de lectura simultánea.
P.: En algunas escenas, los personajes parecen muy simples y en otras bordean la perversión y son capaces de relacionar el crimen con el placer sexual...
C.I.: Todas las escenas de la obra apuntan a lo mismo, a reconocer esa parte oscura que cada uno lleva dentro. Hemos recibido una educación, según la cual el mal era algo demoníaco, inspirado por fuerzas oscuras. Pero, acá lo que se muestra es la verdadera naturaleza humana., que así como somos capaces de hacer el bien, somos capaces de hacer el mal. En otras épocas nos permitíamos discriminar lo bueno de lo malo, pero hoy eso resulta insuficiente. Mientras no seamos capaces de reconocer eso tan oscuro que llevamos dentro y sigamos poniéndolo afuera, tomando al otro como chivo expiatorio de todos nuestros males, creo que se va a complicar mucho nuestra supervivencia como especie.


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