Los 20 minutos que mostró Oliver Stone de su film dedicado
a los ataques del 11/9 impactaron fuertemente a periodistas
y público. En tanto, en «El caimán» de Nani Moretti,
las burlas a Berlusconi son dignas de la troupe de Tinelli.
Cannes - La sala Debussy, segunda en proporciones después de la del Palacio del Festival, desbordaba el domingo por la noche. Había un interés especial por ver lo que vendría inmediatamente, y que no era el plato de fondo. Antes de la proyección homenaje de «Pelotón», a veinte años de su estreno, Oliver Stone presentaría en primicia los primeros 20 minutos de su próxima película, «World Trade Center», su film enteramente dedicado a los ataques a las Torres Gemelas.
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Sobre el escenario, flanqueaban a Stone los actores del oscarizado film sobre Vietnam: Charlie Sheen, para quien no pasa el tiempo; Willem Dafoe, con su eterna pinta de canchero, y Tom Berenger, que con el smoking parecía el más gordo de los pingüinos emperadores. El público los aplaudió pero, desafortunadamente para sus egos, nadie había ido allí por ellos. «No llegamos a tiempo para Cannes», dijo el director «pero había un compromiso y aquí estoy para mostrar una parte de una película que no habla del poder, ni de la política ni del odio, sino de la vida de tantos héroes anónimos que murieron por culpa del poder, de la política y del odio».
Lo que se vio de «World Trade Center» fue impactante. En primer término, por obra de esa misma tecnología digital capaz de recrear brontosaurios o velocirraptores como si estuvieran vivos, se volvió a ver ahora un paisaje tan cotidiano como inexistente: el sur de Manhattan con las Torres intactas y rebosantes de actividad en la mañana del 11 de septiembre de 2001. Nicolas Cage, al frente de la dotación de policías hispanos en su mayoría (Rodríguez, Jimeno, etc.), asigna tareas rutinarias hasta el momento en que debe volver a llamar a todos de urgencia. Es la lección básica de Hitchcock: hay suspenso cuando sólo los espectadores saben que va a estallar algo que los actores ignoran. La clásica imagen de la sombra de un avión sobre la mole ahorra la escena del impacto (o quizá, ésta se añada posteriormente).
Sí se vio en cambio el momento del derrumbe de la primera torre desde dentro, cuando bomberos y policías intentan evacuar el edificio sin saber, hasta entonces, que se desplomaría tan rápidamente con un estruendo en el Dolby angustiosamente realista de la proyección. La última de las imágenes que se anticiparon, luego de que Cage da la orden de arrojarse al hueco de los ascensores para esperar el derrumbe, es la de uno de sus ojos abriéndose en la oscuridad. Demasiado poco, en verdad, para juzgar el resultado del film, aunque la habitual tosquedad y crudeza de Stone para encarar sus proyectos parecería, esta vez, jugarle a favor. Como era previsible, al término de los aplausos con los que se recibió este fragmento, casi todo el mundo empezó a abandonar la sala y sólo muy pocos sabrán cuántos se quedaron a ver «Pelotón», que ni siquiera se exhibía en una copia restaurada.
Un nuevo sermón
En competencia oficial, ayer se vio la película de Nanni Moretti «Il caimano» (El caimán), a cuya función de gala nocturna en el Palacio concurrieron los ministros de Cultura de la Unión Europea y una delegación de colegas suyos «hors Union», entre ellos el subsecretario argentino Pablo Wisznia y el titular brasileño Gilberto Gil. Gran éxito de boletería en Italia, donde se apuraron a estrenarla antes de las elecciones, «El caimán» del título y centro de los sarcasmos de la película es Silvio Berlusconi, cuya reciente derrota en las urnas convirtió inmediatamente al film en un producto anacrónico. Si bien no tanto como «Fahrenheit 9/ 11» de Michael Moore, al que encima la realidad le jugó en contra, cuando se está viendo una película cuya fecha de vencimiento ya expiró, es difícil evitar la sensación de que algo no funciona.
El habitualmente sermoneador Moretti, que había alcanzado expresiones mucho más interesantes e intensas en «Caro diario» y «La habitación del hijo», tal vez porque en su nueva película se sintió en la obligación de combatir al Guasón, se deja llevar por la elementalidad y esa ramplonería habituales en la primera parte de su carrera. De todas formas, hay que reconocer que, en lo que se refiere a Italia, hay alérgicos a Roberto Benigni y alérgicos a Moretti, padecimientos que suelen excluirse mutuamente. En cuanto a sutileza o ironía, las burlas a Berlusconi de «El caimán» no se diferencian demasiado de las que suelen verse en «No hay dos sin tres» o las de los cómicos de la troupe Tinelli referidas a la fauna local. Hay que abandonar rápidamente la ilusión de ver una gran parodia cinematográfica como aquellas que, en el pasado, se cargaron a cuestas con elegancia a muchos políticos notorios.
Además, Moretti tampoco se decidió por una embestida excluyente: el guión sigue el modelo de «película dentro de la película», y el protagonista no es siquiera su gran enemigo sino un patético productor de cine clase B, de naufragante vida familiar y profesional (bien interpretado por Silvio Orlando), a quien le cae entre manos el libro de una película sobre Berlusconi, que va a intentar producir sin siquiera haber leído. Montada así sobre retazos de vidas entrelazadas, con actores que le abandonan el proyecto a mitad de camino (como el veterano Michele Placido, que prefiere en cambio filmar una película sobre Colón que el atribulado productor había tenido que abandonar), la historia va a los saltos, con algunas escenas más felices que otras, para desembocar en el sueño de su director: interpretar él mismo al «zar», acaso un deseo inconfesable.
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