23 de noviembre 2006 - 00:00

Imponente "Turandot" en el Luna Park (lástima la amplificación)

Roberto Oswald fue el héroe de esta «Turandot»: régisseur, iluminador y escenógrafo. En cambio, la orquesta y las vocesa veces fueron dañadas por la amplificación.
Roberto Oswald fue el héroe de esta «Turandot»: régisseur, iluminador y escenógrafo. En cambio, la orquesta y las voces a veces fueron dañadas por la amplificación.
«Turandot». Opera en tres actos. Mús.: G. Puccini. Dir. mus.: C. Vieu. Régie, escenog. e ilum.: R. Oswald. (Luna Park). Hasta el 29/11.

Al comenzar la representación alguien gritó: «¡Aguante, Teatro Colón!».Y sí, no queda otra. Mientras tanto, es posible gozar con el acontecimiento teatral más espectacular de este año, al menos en lo visual.

A mitad de camino entre el cuento oriental y la leyenda, «Turandot», la ópera de Giacomo Puccini ambientada en la China imperial, fue el último título de la temporada del Colón, esta vez en el Luna Park. Opera de concepción moderna, extrema las posibilidades del músico, quien utilizó un lenguaje rico en el tratamiento inusual de las voces y en una orquestación exuberante.

Así, el problema más grave que planteaba esta producción residía en la adecuación de un ámbito como el del Luna Park, algo desangelado, en un escenario propicio para la ópera. Una amplificación refinada en algunos tramos pero sólo correcta en el resto de la representación volvió a demostrar que la música, sin artificios ni micrófonos, está en la naturaleza del género. Transgredir esto daña a la ópera, y algo de esto ocurrió. La amplificación es un aspecto vulnerable para cualquier representación de ópera, y como costumbre sería catastrófica.

Pero una cosa trae aparejada otra: las dimensiones del escenario del Luna Park permiten un despliegue escénico monumental, y eso es lo que aprovechó el régisseur Roberto Oswald para su puesta. Esta, que significó su retorno a las temporadas del Colón luego de su involuntario alejamiento, fue excepcional.

Su capacidad para el manejo de lo espacial le hizo construir una gran escenografía, que él mismo iluminó, al igual que el desplazamiento de los personajes. Tanto figurantes como protagónicos tuvieron una lúcida planificación espacial, compartida por el Coro Estable, que por razones acústicas, debió mantener cierto estatismo, sobre todo en los actos I y III, no así en el segundo acto, el mejor para el conjunto dirigido por Salvatore Caputo.

Otro buen aspecto de esta «Turandot» fue el vestuario de Anibal Lapiz, espectacular en el caso de los solistas. Carlos Vieu dirigó la Estable con garra y estilo. Cynthia Makris compuso a la princesa de hielo. Su timbre incisivo y acerado junto a una gran potencia en los agudos, la hicieron apta para el papel de Turandot. El tenor Darío Volonté reiteró su interpretación de Calaf. La famosa «Nessun dorma» fue lo más aplaudido.

Eliana Bayón como Liú supo dar calidez y dramatismo a su criatura, la más cercana en esta ópera a la amplia galería de heroínas puccinianas. Ariel Cazes, Enrique Folger, Carlos Ullán y Omar Carrión (Timur y las tres máscaras de la Commedia dell'arte) fueron eficaces animadores de sus papeles.

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