El Segundo Festival Buenos Aires de Danza Contemporánea se inició con un bello trabajo de Mauricio Wainrot, gestado a partir de una selección de 32 números de «El Mesías» de Haendel. Obra de intensa celebración, en su estructura se encadenan pequeños cuadros que, sin caer en estereotipos, apuntan a la espiritualidad y la elevación de lo humano.
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Con un tratamiento coreográfico original, «El Mesías» consigue conmover no sólo con el poderío de sus imágenes y musicalidad sino también con su deslumbrante armonía plástica, de la que son responsables Carlos Gallardo (escenografía y vestuario) y Eli Sirlin (luces). La compañía que dirige el mismo Wainrot brindó un trabajo admirable de todos sus integrantes. «Beethoven op. 133», de Diana Theocharidis, trabaja sobre la «Grosse Fuge» del músico de Bonn en versión para orquesta de cuerdas, que fue interpretada en vivo por la Orquesta de Cámara Mayo.
Músicos y bailarines interaccionan en el mismo espacio y avanzan en sentido inverso. La danza de enérgico desarrollo sigue un camino distinto del que sigue la música, creándose una disfunción que se complementa hacia el final de la obra de 30 minutos. La Compañía Espacio Contemporáneo que dirige Theocharidis tuvo un óptimo desempe-ño y las luces de Traferri, como el vestuario de Luciana Gutman, sumaron méritos a la obra que respira humor y anticonvencionalismo. «Tabula rasa», que coreografió Miguel Robles sobre la partitura de Arvo Pärt, resulta una mirada nueva para el tradicional concepto de ballet, sobre todo el del siglo XIX. Es una suerte de «Lago de los cisnes» o varias «Muertes del cisne» pero expuestas bajo la óptica de tiempo. Las obras de Robless on siempre la suma de un gran talento coreográfico con un claro concepto de lo que debe ser la puesta en escena de un ballet.
En «Tabula rasa» se cumple una vez más este principio sumatorio con un desarrollo dinámico contrastado de velocidad-morosidad. La bella música de Pärt sostiene estructuralmente la obra, desarrollada en medio de una iconografía que incluye referencias al Tutú (típicos trajes de tul del ballet del romanticismo), y las plumas de los cisnes, desparramadas por el escenario, creando una sensación flotante. Los ocho intérpretes de esta propuesta estuvieron al servicio de la escritura de Robles, sutil en el diseño del movimiento en combinación con la música.
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