La directora francesa Lucile Hadzihalilovic aborda con bienvenido pudor y cuidadosa estética
un riesgoso relato protagonizado por niñas, pero su film termina siendo una suma de
vaguedades.
«Innocence» (Idem, Francia-Bélgica, habl. en francés). Dir. y Guión: L.Hadzihalilovic, sobre relato de F. Wedekind. Int.: Z. Auclair, B. Haubruge, L. Bridarolli, L. Lalieux, A. Homme.
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El relato de Frank Wedekind, «Mine-Haha. De la educación física de las niñas» era inquietante, por no decir otra cosa. En un calmo internado inmerso en el bosque, varias huerfanitas son educadas en la danza, la gimnasia, las ciencias naturales, y las buenas maneras. Cuando lleguen a la pubertad, actuarán en público, y vendrán unos señores a llevarlas al mundo exterior a través de largos pasadizos y trenes subterráneos. Mientras, cada pequeña es cuidada por una niña levemente más grande. Rige la obediencia. Quien quiera irse antes de tiempo, quedará castigada allí para siempre, se irá haciendo vieja, y se integrará a la servidumbre de la casa.
Se ignora si el autor pensó esto como una utopía pedagógica o una ironía sobre el destino de la mujer a comienzos del siglo XX. También ignoramos, pero podemos imaginar, cómo hubieran adaptado este relato los erotómanos Valerian Borocwicz, David Hamilton, o Alberto Lattuada, que dejó un guión ahora filmado por John Irvin. Por suerte, en cierto sentido, quien adaptó el relato es Lucile Hadzihalilovic, la misma que años atrás vino a Mar del Plata con su estremecedor «La boca de Jean-Pierre», contra el abuso sexual de las criaturas. Lucile H. toma el tema, pero cuida extremadamente a las niñas de su película. Hay gran delicadeza, pudor, reducción extrema del morbo original. Nada de ninfetas desnudas, como soñaba Wedekind, ni de caballeros escoltándolas a la salida, y enseñándoles luego quién sabe qué cosas, ni mayores sugerencias lésbicas por parte de las profesoras. No se advierte siquiera la llegada de una menarca (eje, dicho sea de paso, de la memorable poesía checa «Valeria y la semana de las maravillas»). Lástima, con tanto pudor tampoco hay nada del éxtasis y la embriaguez del encuentro con la danza y la naturaleza que menciona el libro (donde, también dicho sea de paso, las niñas llegaban en cajas, no en cajones de muerto). En vez de eso, hay bonitas imágenes de las infantas, ambientación finisecular, bella fotografía, mucha sugerencia del agua que lava, alimenta, refresca, y finalmente bulle, o se vuelve tormenta o nieve si alguien desobedece, mucha vaguedad (se le escamotean varios datos al espectador), mucha lentitud. Termina bien, pero no vibra ni significa demasiado. Y, sinceramente, aunque se agradezca el pudor, termina resultando más rara que buena. P.S.
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