17 de abril 2002 - 00:00

Ironías contra la superstición

Martín Gardner «¿Tenían ombligo Adán y Eva? La falsedad de la seudociencia al descubierto». (Madrid, Debate, 2002, 395 págs.)

E scarnecer teorías insensatas es una pasión del matemático Martín Gardner. Esta antología de los artículos que publicó en «Skeptical Inquirer» se inicia con «la peor disputa teológica»: ¿Adán y Eva debían tener abdómenes absolutamente lisos?, eso que Borges llamó con ironía «una idea de monstruosa elegancia». A Gardner el tema le permite enfrentar desde el evolucionismo las insólitas propuestas que fabrican los creacionistas en su afán de sostener que Dios creó la tierra y los cielos en 6 días hace 10 mil años, algo que el Vaticano ya ha dejado de lado. Siguiendo ese delirio Gardner llega a plantear una fantasía que habría divertido a Borges y Bioy Casares: «Si el ombligo del Hombre fue creado con el único propósito de engañarles para que creyeramos que habíamos tenido padres,(...) podemos incluso suponer que Dios creo el mundo hace sólo unos minutos, con todas sus ciudades y registros, y con recuerdos en las mentes de las personas, y no existe una manera lógica de refutar esto con una teoría posible».

Gardner no se detiene en los delirios teológicos, arremete contra teorías astronómicas sobre el choque de un asteroide contra la Tierra, conjeturas sobre la Estrella de Belén, técnicas seudomédicas como beberse la propia orina o que masajeándose el pie se curan infinitos males. Si para Borges el psicoanálisis era «la rama obscena de la ciencia ficción» y Nabokov declaró a Freud «el chiflado de Viena», Gardner habla de «un suedocientífico sin la menor idea de cómo confirmar sus conjeturas». También se divierte explicando las «proezas académicas» del chamán peruano Carlos Castañeda. Pero para comenzar desternillándose de risa se debe saltar al capítulo sobre Ovnis yendo de la vida de un «senador extraterrestre» a la trágica historia de los suicidios de la secta Puerta del Cielo. Gardner es estimulante, provocador, en su defensa de la racionalidad, la auténtica ciencia, la lógica y el sentido común. Su libertad es tal que se permite decir, al estilo de Shakespeare, «además, creo que existen verdades tan fuera de nuestro alcance como el cálculo para la mente de un gato».

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