24 de marzo 2006 - 00:00

Jamiroquai ofreció impecable show

Jason Kay, líder de Jamiroquai, diopruebas de un gran crecimiento artísticodesde su surgimiento en 1992.
Jason Kay, líder de Jamiroquai, dio pruebas de un gran crecimiento artístico desde su surgimiento en 1992.
Actuación de Jamiroquai en Club Ciudad. J. Kay (voz), O. A. Akingbola (percusión), R. Harris (guitarra), M. Johnson (teclados), P. Turner (bajo), D. McKenzie (batería), S. Smith y L. Mcintosh (coros.)

El cowboy espacial, como se hace llamar Jason Kay, y su impecable banda de diez músicos, convocó anteayer en el Club Ciudad a más de 25 mil personas, en un concierto de dos horas que brilló por su profesionalismo y sincronía. Con la característica danza tribal del líder, los estrafalarios sombreros de cacique que exhibe y sus coloridos atuendos, «Jay» Kay llegó por tercera vez a Buenos Aires, para demostrar cuánto ha crecido desde aquel 1992 en que surgió del submundo del acid jazz.

La galaxia «Jamiroquai» aporta ritmos tan disímiles que sus conciertos se convierten en un festival de sonidos tribales, electrónicos o jazzeros, pero fundidos en el funk y el soul. Ese cosmos que genera Jay Kay se mantiene de principio a fin, siempre acompañado por una banda que orbita a la perfección en torno al líder.

Si bien el grupo inglés vino a presentar su sexto disco de estudio, «Dynamite», abundaron hits como «Canned Heat» (con el que abrió luego de una envolvente introducción electrónica), «Space cowboy», «Cosmic girl», «Canned heat» y «Little L», entre otras. De su último disco pasaron «Don't five hate a chance» y «Dynamite».

No faltaron las frases complacientes a las que el público argentino ya está habituado pues todos los artistas, sin excepción, lo adulan. Repitió Kay que los argentinos son su «público número uno», que los prefiere al resto y volvió a hacer su chiste de siempre: «Acá adelante están todos drogados, siento un humo particular». Celebración masiva. Para cerrar el ritual de «amor» por la Argentina, lució campera de la selección argentina y hasta apareció tomando una cerveza emblemática.

Como todos los artistas del nuevo milenio, Kay es militante acérrimo de algo, en su caso, la ecología y las Ferraris. Su condición de multimillonario le permite lujos tales como haber comprado una Ferrari única en el mundo para rodar un videoclip donde la chocaba, y luego le fabricaron otra idéntica.

El sonido fue excelente, límpido y exacto, más meritorio por tratarse de un espacio que no está preparado acústicamente, sino más bien todo lo contrario. Daba la sensación de estar oyendo esa música envolvente desde un auricular de MP3 más que desde amplificadores, pero con la diferencia de que eran miles los que vibraban en conjunto.

Con varios temas en clave reggae, predominó el instrumento que en este ritmo es el rey: el bajo. Pero la voz de
Key, tan mal asociada a la de Stevie Wonder, acompañó como un instrumento más de la banda. La percusión no cedió jamás, a base de decenas de tambores y cajones mientras la incansable batería del maestro Derrick Ronald tuvo su broche de oro en el tema «Deeper underground», soundtrack de la película «Godzilla».

El público que asistió al recital volvió a caracterizarse por esa obsesión con el «lookeo» extremo, más propio del boliche pero cada más frecuente en recitales donde siempre se acudió en jean y zapatillas. Pero ese estilo cool, que muchas veces es sinónimo de atermia, no arruinó un concierto que tuvo un público activo y en permanente feedback con la banda.

Tampoco faltó la nueva moda de «recital multipropósito», con espacio para el consumo de indumentaria, arte joven, deportes alternativos y DJ's. Hubo desfiles, muestras y cabinas para fotos y celulares, pero lo más llamativo fue la oferta de verduras al wok en pleno recital. Claro que convivían con los más populares panchos y hamburguesas.

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