26 de noviembre 2001 - 00:00
Jeanne Moreau detesta la nostalgia, y el feminismo
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En los pasillos del Festival, Moreau deslizó algunas comparaciones entre la vida de la autora de «Hiroshima Mon Amour» y «El amante» y la suya propia. El mayor punto en común es, reconoció, su amor por la soledad, de una intensidad tal como para subordinarle a él los otros, y muchos, amores.
Poco afecta a los reportajes, Moreau es una persona muy temperamental que desprecia preguntas del tipo «¿Cuál es su película favorita?». Mucho menos intentar que hable de su pasado. No hay nada peor que eso. «La vida que tuviste no importa nada y no tiene ningún interés», se enoja. «Lo único que vale es la vida que tienes ahora».
No le rehúye a los festivales; de hecho ha participado de los últimos de Berlín y Venecia, pero si alguien quiere ganar rápidamente su enemistad lo mejor que puede hacer es, por ejemplo, hablarle de «Los amantes», donde en los años '60 escandalizó con una histórica escena erótica, o de «Jules et Jim», el famoso «menage à trois» cinematográfico de Francois Truffaut, o de cualquier otra de sus grandes películas de esos tiempos.
Ni siquiera a los admiradores que, a la salida del cine, la detienen para hablarle de aquella lejana memoria, los satisface con alguna palabra de agradecimiento. Al diario «The Guardian», por caso, le dijo «¿Nostalgia, para qué? La nostalgia sólo le atrae a la gente que quiere que las cosas sigan siendo las mismas siempre. Conozco tanta gente detenida en el tiempo, sin avanzar. Y me digo ¡Dios mío! Míralos. Muertos antes de morir físicamente».
La edad y la pérdida de la belleza: sobre ese punto, Moreau también tiene su tajante punto de vista. «Las opiniones de la gente no me llegan. Se supone que envejecer armoniosamente significa no ocultar el paso de los años y lucir como un cascajo», declaró.
Moreau se casó dos veces, primero a los 21 años con el actor Jean Louis Richard, padre de su hijo Jerome, y nuevamente a los 49 con el director de «El exorcista», el norteamericano William Friedkin. Pero también tuvo fogosos romances con el director que mejor la fotografió, Louis Malle (en «Los amantes» y «Viva María», por ejemplo), Lee Marvin y Pierre Cardin.
Entre sus odios, dijo también en Inglaterra, se anotan las religiones organizadas y, en general, cualquier tipo de movimiento que suponga una organización fuerte. El feminismo, por ejemplo, algo a lo que ella nunca necesitó afiliarse porque sostuvo que tenía la suficiente «libertad interior» para prescindir de él.
Las grandes responsabilidades tampoco le atraen demasiado. Ni el matrimonio, ni la propiedad. Por ejemplo, Moreau jamás tuvo una casa propia. Siempre prefirió alquilar. Fuma, trabaja mucho, viaja. Una de sus debilidades fue, años atrás, el alcohol. Pero lo dejó, dice, de un día para el otro.
El amor, desde luego, nunca dejó de rondarla, aunque reconoció que ahora es muy distinto de cuando tenía 30 o 40 años. La mayor diferencia, como sentía también Marguerite Duras, es que necesita estar sola. «Creo que es una de las tendencias más fuertes de los últimos años. Se puede estar en pareja sin necesidad de estar en el bolsillo del otro. Las mejores parejas son las que lo entienden y lo viven así».
Lo de «gran dama» del cine francés tampoco le hace demasiada gracia: «Cuando una actriz pasa los 40 años, ya empiezan a llamarla una 'gran dama'. Qué espanto. Y poco más tarde algunos hasta empiezan a exclamar: «Oh, todavía está viva».




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