La carrera de Jimmy Scott ha tenido muchos altibajos, con algunos momentos de gloria y reconocimiento y otros de desaparición de la escena jazzística. Hoy, con 75 años, está teniendo una resurrección artística. Su voz aguda y aflautada (una característica absolutamente personal en Scott) ya no responde con la vitalidad de otros tiempos. A sus desafinaciones expresivas se suman otras, producto de las dificultades de su garganta, y sus vibratos abiertos en los finales -de un semitono o aun más- no siempre muestran la precisión necesaria.
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Sin embargo, el cantante sabe sacar provecho incluso de sus limitaciones. Si el aire no le alcanza para frases muy largas, las corta y se muestra como un excelente «disseur». Si un pasaje se le desafina por imposibilidades vocales, juega con ese efecto aun cuando esos problemas desaparecen y lo convierte en un recurso expresivo. Nunca pierde su swing ni su experiencia con un repertorio que conoce a la perfección.
Y su capacidad de seducción con un público al que fue conquistando a lo largo del concierto es otra de sus herramientas poderosas. Así, entregó algunos muy buenos momentos. Lo mejor estuvo siempre con las baladas más lentas: «What I Wouldn't Give», «All the Way», «I Got It Bad», «Sorry Seems to be the Hardest Word» (que hizo acompañado solamente por su pianista). Y el concierto fue de menor a mayor, hasta llegar a un enorme grado de profundidad en los bises. Lamentablemente, y a diferencia de lo que ocurrió con los músicos que participaron de sus dos discos más recientes («Over the Rainbow» y «Mood Indigo»), el cuarteto acompañante estuvo muy lejos de las posibilidades artísticas de Scott.
Salvo el pianista Michael Kanan --arreglador e intérprete de los discos citados-, el resto de los integrantes de The Jazz Expressions mostró dureza, poco talento para improvisar, un sonido descuidado y una nula relación sonora con la dulzura vocal del líder; todo lo cual se hizo aun más evidente en los momentos solistas del grupo.
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