23 de junio 2005 - 00:00

Junge: habla protagonista auténtica de "La caída"

La buena respuesta del público al film «La caída» posibilitó que hoy se estrene, limitadamente, este excelente documental alemán en el que la secretaria de Hitler, cuyas memorias son fuente del largometraje, habla a cámara. A diferencia de tantos testimonios de partícipes del régimen, Junge no niega su complicidad emocional con el dictador ni miente diciendo que «no sabía nada». Habla de un «punto ciego», que le imposibilita relacionar su conciencia de los crímenes contra la humanidad con su propio pasado.

Traudl Junge, como se la ve en el documental «La secretariade Hitler», que aceptó hacer en 2001, un año antes desu muerte.
Traudl Junge, como se la ve en el documental «La secretaria de Hitler», que aceptó hacer en 2001, un año antes de su muerte.
«La secretaria de Hitler» («Im toten Winkel - Hitlers Sekretärin», Alemania, 2002; habl. en alemán). Dir.: André Heller y Othmar Schmiderer. Documental. Proyección en DVD (Cine Cosmos).

Traudl Junge murió en 2002 sin perdonarse: a los 82 años, la secretaria de Hitler continuaba siendo incapaz de que su lúcido conocimiento de la historia barriera con sus emociones culpables. En este excelente documental de los cineastas André Heller y Othmar Schmiderer, estrenado en Berlín pocas semanas antes de la muerte de su protagonista, Junge declara haber admirado a Hitler (y el espectador entiende, inconfundiblemente, «amado»), y nunca se desdice.

A diferencia de la cineasta Leni Riefensthal, que en un film similar sólo se enoja con el entrevistador y farfulla que ella «no sabía nada», Junge intenta conciliar lo inconciliable, conciencia y emociones, lo que da lugar a un testimonio cuyas contradicciones sólo son aparentes. La gran virtud de esta película de 90 minutos (síntesis de más de 10 horas de grabaciones) es reconstruir un discurso que, en dos ocasiones, se acerca a una síntesis perfecta: Junge habla de un «punto ciego (título original del film) donde reina la calma, como un escudo que me separase de la locura megalómana que me rodeaba». Es ese punto ciego el que la lleva a hablar, por un lado, de su absoluta conciencia de los crímenes contra la humanidad, y por el otro de que no logre «conectar eso con mi propio pasado», como si ella hubiese estado lejos de allí.

Ese punto ciego de amor al líder sólo se quiebra por su traición: «siempre tuvo una actitud paternal hacia mí.Yo, que no tuve padre, nunca había sentido algo parecido. Era seguridad. Pero ese sentimiento puede transformarse en odio si tu padre te decepciona». Desde luego, la decepción y el odio no surgieron, para Junge, del conocimiento de los crímenes en masa en los campos de concentración, sino del suicidio del padre.

Sólo mucho más adelante, en el film, la anciana da cuenta del episodio por el cual sólo se asomó a la posibilidad de que un aguijonazo de conciencia erradicara de su alma semejante amor. Es cuando relata el momento en que se topó con la tumba de la estudiante Sophie Scholl, ejecutada el mismo día en que ella empezó a trabajar para Hitler.

«Teníamos la misma edad»,
se conduele en ese momento, identificándose con la víctima, y avanza de inmediato en una especie de autodiagnóstico: «A medida que envejezco, más culpable me siento. No ignoro nada de lo que ocurrió, la muerte de seis millones de judíos, el exterminio de gente de otras confesiones e ideas. He leído mucho, por ejemplo libros como el de Victor Klemperer, y no puedo perdonarle a esa joven que fui haber aceptado ese trabajo. Yo pude haberlo rechazado, pero no lo hice. Hitler fue un absoluto criminal».

Sin embargo, algunas de las descripciones que continúa haciendo de su jefe apenas disimulan su avergonzada admiración: «La primera vez que lo vi, me recibió con mucho afecto. Yo estaba muy nerviosa. Me acercó una pequeña estufa porque él no usaba calefacción: también era insensible al frío. No fumaba ni tomaba alcohol pero tenía desórdenes gástricos, por eso era vegetariano. No le gustaba que lo tocaran y por eso se resistía a recibir los masajes que le aconsejaba su médico personal, Morell, que se había formado en la India. Todo lo corporal le molestaba. Una vez me dijo que nunca usó shorts porque tenía las rodillas muy blancas. Recibía millares de cartas de amor que abría yo misma, y eso le gustaba mucho pero por razones políticas. En realidad, él no se casó sino hasta algunas horas antes de su muerte porque sabía que era conveniente, para el amor incondicional de las alemanas, que su Führer fuera soltero».

En el film, la continuidad del testimonio a cámara sólo está interrumpida por dos buenos recursos: los bloques temáticos, que a veces cesan con algún silencio prolongado, y por planos diferentes en que a veces aparece
Junge observándose a sí misma en un monitor, evaluando lo que acaba de decir, a veces con mirada recriminadora. «Cuando me escucho todo suena tan banal», observa. «Todo tan banal y con resultados tan terribles».

Se escucha a sí misma decir que se entregó completamente a Hitler: «Cuando me contrató, sólo me hizo una observación. Me dijo que yo era muy bonita, y que las mujeres bonitas se casaban muy rápidamente y renunciaban a sus trabajos. Me hizo una broma y me dijo que me convenía afearme «como una negra», que me deformara los labios. Pero yo le dije que no debía preocuparse. Que en mis 22 años de vida jamás había conocido un hombre, y que así continuaría.Y él se rió mucho cuando me escuchó. ¿Cómo fui capaz de decir algo así?»

Su amplio testimonio, como se sabe, fue una de las fuentes del film actualmente en cartel, «La caída», cuyo buena respuesta de público posibilitó que ahora se estrene, limitadamente y con proyección en DVD, este documental, cuyo guión también merecería una versión gráfica por lo abundante en contenidos. Junge también declara, con sombría ironía, una somera explicación del fenómeno: «Estas cosas sólo pueden ocurrir con un sistema tiránico organizado, y nadie ignora que los alemanes somos grandes organizadores. Le entregamos nuestras conciencias. Una vez, después de la guerra, a un suboficial de bajo rango le preguntaron si nunca había sentido piedad por las víctimas. Por supuesto, contestó, pero estamos obligados a sobreponernos a ello por una causa mayor».

Al final de la película, los directores declaran que recibieron un último llamado telefónico de Traudl Junge, en el que les expresaba su agradecimiento por lo que habían hecho, y terminó diciendo: «Creo que empecé a perdonarme».

Queda la duda, por supuesto, de si quiso decir que creía que había empezado a culparse.

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