15 de mayo 2006 - 00:00
La belleza alterada y una mirada común
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El misionero Andrés Paredes muestra la bella filigrana de sus troncos vacíos como una metáfora
de la naturaleza en extinción.
Baudelaire observa que esta definición «sobrepasa el objetivo; somete lo bello al ideal infinitamente variable de la felicidad; despoja con demasiada ligereza lo bello de su carácter aristocrático; pero tiene el gran mérito de alejarse decididamente del error de los académicos». Entretanto, en la cuidada traducción española de la editorial Gallimard, se observa: «Baudelaire cita libremente las palabras de Stendhal en su 'Historia de la pintura en Italia', donde el autor dice: 'La belleza es la expresión de una cierta manera habitual de buscar la felicidad; las pasiones son la manera accidental'».
Los misioneros son buenos exponentes del contexto que los rodea, de la exuberante naturaleza. Bollini presenta la gracia de sus joyas, un trabajo sofisticado cuyo soporte son los bichos que encuentra en el monte; Mauro Koliva, como los antiguos viajeros, lleva un meticuloso registro de los seres fantásticos que habitan la selva de su imaginario; Roberto Urbanovich reduce a un objeto el mundo real de insectos que lo rodea y el de sus fantasías, y Andrés Paredes muestra la bella filigrana de sus troncos vacíos, casi como una metáfora de la naturaleza en extinción.
Luego, el porteño Grondona rompe con la condición estática de la pintura en sus vibrantes, exaltados y psicodélicos paisajes; Heredia altera la naturaleza con afán estetizante y ornamental, y Legón, que es un auténtico contador de cuentos, dibuja perturbadoras escenas donde acecha lo siniestro.
A través de los siglos, los siempre cambiantes criterios sobre la belleza, oscilan desde considerarla la aspiración suprema del arte, hasta despreciarla como un pecado. El debate recobra inusitada vigencia en el comienzo de este permisivo nuevo milenio cuando los prejuicios de la autoritaria vanguardia que marginó lo bello se desvanecen. Así, la belleza, esa «emoción singular, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica», destronada, abusada y anhelada, reaparece nuevamente en escena sin ningún pudor.



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