15 de mayo 2006 - 00:00

La belleza alterada y una mirada común

El misionero Andrés Paredes muestra la bella filigrana de sus troncos vacíos como una metáforade la naturaleza en extinción.
El misionero Andrés Paredes muestra la bella filigrana de sus troncos vacíos como una metáfora de la naturaleza en extinción.
A fines de abril, la galería Agalma inauguró «La belleza alterada», exhibición en la que participan los jóvenes artistas misioneros Gisela Bollini, Mauro Koliva y Roberto Urbanovich junto a los porteños Vicente Grandona, Eliana Heredia y Martín Legón.

Hace justo un año, el grupo misionero debutó con éxito en arteBA, y uno de los fines de esta muestra, es contribuir a su inserción en el circuito local. A partir de entonces, el Programa Educativo de Artes Visuales, un proyecto apoyado por la empresa Alto Paraná, arteBA Fundación y la Universidad Nacional de Misiones, becó 20 artistas misioneros para que asistieran a tres clínicas intensivas con Pablo Siquier,Tulio de Sagastizábal y Fabián Lebenglik, que este año se volverán a reiterar.

A pesar de las diferencias que impone el contexto en que se mueven misioneros y porteños, la producción tiene aspectos en común. La belleza, con las connotaciones de incertidumbre y desasosiego que el vértigo de los tiempos impone al arte, está presente en las obras. Sin la intención de agradar, estos artistas se acercan de un modo extraño a lo bello. Pero lo bello entendido al modo de Stendhal y Baudelaire, como una « promesa de felicidad».

El «síndrome de Stendhal», así llamado porque en Florencia, abismado ante la belleza del arte, el escritor cuenta que el éxtasis le provocó un vahído, ha sido desde el siglo XIX paradigma del «síntoma» -más o menos intenso- que puede deparar una determinada experiencia estética. Hoy, las mujeres ya no se desmayan, y los hombres sensibles difícilmente se mareen como Sthendal ante las maravillas del arte. Sin embargo, mientras los ideales de belleza se suceden y consumen con rapidez caleidoscópica, se afianza la conciencia histórica del goce que desde los comienzos de la humanidad depara lo bello.

El ojo del espectador está más atento, su mirada es más incisiva, la percepción más afinada. En suma, el hombre se ha vuelto más apto para adivinar y detectar las señales del espíritu de los tiempos, las alteraciones sutiles o profundas que afectan la belleza.

En «El pintor de la vida moderna», Charles Baudelaire dedica un capítulo a «Lo bello, la moda y la felicidad», donde asegura que a pesar de considerar a Stendhal «un espíritu impertinente, guasón, incluso repulsivo», se acerca a la verdad más que muchos otros al decir que «lo bello no es sino la promesa de la felicidad».

Baudelaire observa que esta definición «sobrepasa el objetivo; somete lo bello al ideal infinitamente variable de la felicidad; despoja con demasiada ligereza lo bello de su carácter aristocrático; pero tiene el gran mérito de alejarse decididamente del error de los académicos». Entretanto, en la cuidada traducción española de la editorial Gallimard, se observa: «Baudelaire cita libremente las palabras de Stendhal en su 'Historia de la pintura en Italia', donde el autor dice: 'La belleza es la expresión de una cierta manera habitual de buscar la felicidad; las pasiones son la manera accidental'».

Los misioneros son buenos exponentes del contexto que los rodea, de la exuberante naturaleza. Bollini presenta la gracia de sus joyas, un trabajo sofisticado cuyo soporte son los bichos que encuentra en el monte; Mauro Koliva, como los antiguos viajeros, lleva un meticuloso registro de los seres fantásticos que habitan la selva de su imaginario; Roberto Urbanovich reduce a un objeto el mundo real de insectos que lo rodea y el de sus fantasías, y Andrés Paredes muestra la bella filigrana de sus troncos vacíos, casi como una metáfora de la naturaleza en extinción.

Luego, el porteño Grondona rompe con la condición estática de la pintura en sus vibrantes, exaltados y psicodélicos paisajes; Heredia altera la naturaleza con afán estetizante y ornamental, y Legón, que es un auténtico contador de cuentos, dibuja perturbadoras escenas donde acecha lo siniestro.

A través de los siglos, los siempre cambiantes criterios sobre la belleza, oscilan desde considerarla la aspiración suprema del arte, hasta despreciarla como un pecado. El debate recobra inusitada vigencia en el comienzo de este permisivo nuevo milenio cuando los prejuicios de la autoritaria vanguardia que marginó lo bello se desvanecen. Así, la belleza, esa «emoción singular, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica», destronada, abusada y anhelada, reaparece nuevamente en escena sin ningún pudor.

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