25 de marzo 2002 - 00:00
La colección que Argentina no verá
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El diseño de Rafael Viñoly, autor de emblemáticas obras como el Forum de Tokio, tampoco se ajustaba al Código de Planeamiento y la coleccionista optó por acatarlas. La modificación de los planos originales demoró un año la construcción y recién hoy el edificio está en condiciones de inaugurarse. Como Loma Negra, la fábrica de cemento que tras una poderosa inversión para ampliarla, se iba a inaugurar con una fiesta el pasado noviembre, justo cuando la crisis determinó que por primera vez en la historia de la fábrica se apagaran los hornos.
El patrimonio artístico de la Argentina, casi sin excepción, se forjó con gestos filantrópicos durante los períodos de prosperidad económica y estabilidad política, mientras por el contrario, marasmos como el actual determinaron dramáticos vaciamientos culturales. Un episodio de similar magnitud conmovió a la sociedad en la década del setenta, cuando aparecieron en Sotheby's de Londres, las grandes obras impresionistas de Antonio Santamarina, principal donante del Museo de Bellas Artes, que cedió las pinturas de Renoir, Corot, Tolouse Lautrec, Manet, Rodin y otros que se exhiben en la actualidad.
«Cámpora era presidente en los tiempos de la guerrilla -cuenta un entendido-, Santamarina no tenía problemas financieros, pero había un listado de los coleccionistas y se hablaba de una ley confiscatoria. Por otro lado estaba la guerrilla y el temor de una segunda Cuba». Ante la pérdida inexorable del patrimonio de Santamarina, la junta militar reaccionó con rigor: una ley que prohibía la salida del arte del país.
De nada sirvió la ley, el huracán inflacionario de fines de los ochenta y principios de los noventa azotó la Argentina, rico yacimiento de arte y antigüedades francesas, inglesas, españolas y orientales, la transformó en letra muerta. La expansión económica europea, y la avidez de los compradores extranjeros cargados de dólares transformó el país en un auténtico show room.
La urgencia de los vendedores que, en ocasiones, con un cuadro podían salvar empresas, negocios, su tren de vida o necesidades elementales, puso al país en la cumbre de los exportadores. Los medios describían las obras, mencionaban los nombres de los compradores, vendedores, intermediarios, y funcionarios responsables del vaciamiento. Mario O'Donnell, durante su gestión, impulsó la Ley de Libre Circulación del Arte, una ley a medias que se cumple a medias.
Ahora, cuando la gente que disfruta de la imagen glamorosa y triunfadora de Fortabat, pregunta qué necesidad tiene de rematar sus obras, su decisión podría tener el peso de un gesto político. Como toda coleccionista suele comprar y a veces también vender, y aunque en esta ocasión fue defraudada su confianza, no precisa subastar un cuadro para pagar su tarjeta.
Pero este gesto, la acerca más de lo que la aleja de la realidad que atraviesa la sociedad argentina, y debería inquietar al elenco de funcionarios responsables, debido a la inercia de sus gestiones, de perder un patrimonio que no tiene retorno.
Lo importante es que todavía están a tiempo de revertir el rumbo de la historia, claro, si se estima que la magnitud de lo que se pierde es más importante que las volutas arquitectónicas de los palacios del XIX que obsesionan hoy a los expertos en patrimonio.
Pero los funcionarios parecen no darse cuenta. Las giras a Nueva York de Antonito De La Rúa y Hernán Lombardi primero, y de Teresa Anchorena y Enrique Olivera después, con el objetivo de traer al país una sucursal del Guggenheim, sumadas a la de Aníbal Ibarra y Jorge Telerman para alquilar los cuadros del Museo de Arte Moderno de Nueva York, ponen en evidencia que no valoran lo que tienen a mano.
Es simple, si al patrimonio de las colecciones Fortabat y Costantini se suma la del Museo de Bellas Artes, el Decorativo, el Fernández Blanco y otras instituciones, el resultado sería la mayor concentración artística de toda Latinoamérica.




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