La "Doña" en la Argentina

Espectáculos

En México, muy pocos podían faltarle un poquito el respeto. Jorge Negrete, por ejemplo, que en una comedia ranchera le dice, muy suelto de cuerpo, «¿Qué le pasa, Doña? ¿Ha fumado de la buena?», y eso, allá por los '40. Pero acá, tanto como en Hollywood, era la Mujer Esfinge. Hasta que llegó.

Contratada por el director y productor Luis César Amadori para rodar un melodrama en los estudios Sono Film de Martínez, la Doña (el nombre le quedó de su gran éxito continental, «Doña Bárbara») arribó a Buenos Aires a fines de enero de 1952. Instalada en el Plaza, pronto se hizo popular desde el Tigre hasta la Boca, donde desconcertó a los presentes cantando tangos con acento canyengue, y acompañándose ella misma en la guitarra. Lo mismo pasó en Córdoba y Tandil, donde estuvo filmando exteriores. «Vengo dispuesta a conquistar amigos», dijo, con sonrisa más bondadosa que devoradora. ¿Es entonces una mujer buena?, preguntó un cronista. «Con los buenos, siempre. Con los otros, ...indiferente». Y no tardó en iniciar un efectivo romance con su partenaire, el entonces ascendente Carlos Thompson.

•Definición ficción el romance que se hizo realidad, conmoviendo todos los corazones», diría luego la publicidad del sello Interamericana. La película propiamente dicha, «La pasión desnuda», también posibilitaba ese tipo de promociones. Inspirada en un texto de Anatole France, en la primera parte un joven médico y su novia ( Diana Ingro) se ven turbados por una enigmática desconocida, la aventurera Malva Rey, que le sopla el novio a la chica, etc, etc. El detalle es que al mismo tiempo el papá de la chica, un eminente cirujano, también ha caído en sus redes, y, peor aún, ha cometido desfalcos para mantenerla. Para evitar el escándalo, bastaría que ella le devuelva una costosa joya, pero...

La mujer es cruel. También a ella la engañaron, cuando era jovencita, y se prometió no tener piedad con nadie. Lástima, acá viene la otra parte: el cirujano se suicida justo cuando más se lo precisa, y la diosa se termina haciendo sirvienta del convento donde vive su hija paralítica (la pequeña Diana Myriam Jones), que la cree muerta, etc, etc, y del gancho erótico pasamos al drama del arrepentimiento inverosímil. «Este golpe maestro del ingenio radioteatral le valdrá al film un éxito de público tan grande como el de 'Candilejas', pero eso no le impide ser el mal cine argentino de siempre», cascotearía en su crítica el semanario «Marcha», de Montevideo.

Difícilmente María Félix haya leído esa crítica tan acertada. Pero Montevideo igual le dejó un mal sabor de boca, ya que en agosto de 1952 (solo a seis meses de conocerse, tanta sería la pasión real que había detrás de los sets), ella y Carlos Thompson vieron frustrado su proyecto de casarse en dicha ciudad, algo que resultó imposible, debido a ciertos problemas legales, y a un oportuno accidente del galán. En setiembre, la Doña se volvió a México, algo desencantada. Thompson, en cambio, iniciaría una atendible carrera en Hollywood, junto a Yvonne de Carlo, y en Berlín, con quien sería su mujer definitiva, Lilli Palmer.

«Charlie es un caballero, un camarada de bondad infantil»,
había declarado poco antes la esfinge sonriente. Casi cincuenta años después, el Festival Internacional de Mar del Plata la invitó a venir, como estrella principal del encuentro. Pero ya era tarde.

Dejá tu comentario