El violinista
Schlomo Mintz
y el director
Arturo
Diemecke al
término del
último
concierto del
año de la
Filarmónica.
Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Dir.: A. Diemecke. Sol.: S. Mintz (violín). Obras de Saint-Saens, Bartók y Ravel. (Teatro Opera).
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El ciclo de abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires llegó a su fin. Resultó el único organismo de los que dependen del Teatro Colón que tuvo una actividad constante, cumplió con sus 19 conciertos anuales, en las fechas y los lugares previstos y realizó tareas educativas, un «Ciclo Joven» y acompañó al Ballet Estable en dos de sus producciones. La Filarmónica, así, fue la más destacada en el marco de las actividades del Centenario del Colón.
La dirección artística del mexicano Arturo Diemecke y la ejecutiva de Eduardo Ihidoype fueron responsables de que se cumpliera con el programa previsto. Con algunos momentos brillantes, como la actuación de directores y solistas de trayectoria nacional e internacional, se amplió el repertorio con estrenos, se volvió sobre obras infaltables del repertorio sinfónico y se hicieron homenajes a quienes merecían ser recordados.
Diemecke-Ihidoype y la totalidad de los instrumentistas de la Filarmónica son los únicos depositarios del agradecimiento del público al que ofrecieron lo mejor de sí para una temporada atípica por la desidia generalizada de autoridades del gobierno porteño. El último concierto contó con la dirección de su titular, el maestro Arturo Diemecke, quien condujo con su vehemencia habitual a una orquesta de buen sonido y solidez técnica a pesar de lo paupérrimo de su preparación en lugares inadecuados y con mínimos ensayos.
La «Danza macabra», en Sol menor, para orquesta, Op. 40, de Camille Saint-Saens y las dos suites de «Daphnis et Chloé», de Maurice Ravel contaron con la plenitud sonora que le imprime al organismo su director.
El trabajo junto a un solista de lujo como Shlomo Mintz, uno de los máximos exponentes del violín en la actualidad, no fue menos brillante. Junto a él, tocaron el Concierto para violín y orquesta N° 1, Op. Póstumo de Béla Bartók y la rapsodia «Tzigane» de Ravel.
La perfección del violinista ruso, su extremada musicalidad, la resolución adecuada y hábil de cada dificultad impuesta por Bartók y Ravel y el amplio sentido poético-musical del artista estuvieron al servicio de su interpretación, a todas luces, deslumbrante. Respondió con un fragmento de Bach a los aplausos, otra instancia para admirar profundamente al gran artista visitante.
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