20 de marzo 2007 - 00:00
La fotografía protagoniza el inicio de la temporada
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«Fontana de Trevi» de Anatole Saderman, uno de los varios artistas que protagonizan el
comienzo de la temporada porteña, ratificando el ascenso de la fotografía, no sólo en
museos y galerías sino también en el mercado.
En suma, se trata de una muestra que ayuda a descubrir la trama que une la fotografía argentina del pasado con la del presente. *Contemporáneos La apertura de Ernesto Catena, una bella galería ubicada en el barrio de Palermo que exhibirá fotografía contemporánea, es una noticia para celebrar. La dirección conjunta está a cargo de Catena y el experimentado galerista Hernán Zavaleta. La muestra se abre con las fotos de Jorge Miño, joven fotógrafo que inició su ascendente trayectoria en el año 2002, y que presenta una serie de imágenes de carreras de autos tomadas de las pantallas de los juegos electrónicos. A través de una técnica lenticular, Miño acentúa el vértigo y la sensación de velocidad y movimiento. El cinetismo se torna evidente en la foto que tomó de su propio auto luego de un choque (real). Según sea el punto de vista del espectador, el auto parece derrapar y hasta se abolla. A esta vibrante y colorida serie, Miño suma la irrealidad de unas puertas monumentales en blanco y negro, lograda a través de la manipulación del negativo.
En otra sala de la galería, la influencia de literatura inglesa está presente en un ensayo fotográfico de Pearson que trata sobre el amor, la pasión y la muerte, y que oscila entre el conceptualismo y la poesía. Por un lado, está el registro riguroso de varias tumbas de personas que se han amado, las fotos documentales que llevan por título sus nombres y las fechas de muerte. Por otro lado, en la fría belleza de esos monumentos, flota un romanticismo desesperado, que como bien señala Fabiana Barreda en el catálogo, se nutre de la pintura prerrafaelista de Burne Jones, Rosetti, Whistler y Millais, autor de «Ofelia flotando en el lago».
La muestra se completa con las imágenes que el italiano Gian Paolo Minelli tomó en la abandonada cárcel de Caseros, con el afán de encontrar huellas humanas en esos restos.
Minelli ha realizado varias series en Buenos Aires, entre ellas, el depósito de escenografías del teatro Colón, que evoca la intrincada teatralidad del veneciano Piranesi.
En el vernissage de la flamante galería, que ya incorporó a su trastienda fotos de Marcelo Grosman, Ignacio Iasparra,Alejandra Urresti, Raúl Flores y Florencia González Alzaga, estaban entre otros, Renato Rita, Julia Converti, Majo Oliva, Maia Güemes, los artistas Manuel Esnoz, Cynthia Cohen, Martín Giménez Larralde, Pablo Lozano,Duilio Pierri, y los coleccionistas Esteban Tedesco e Inés y Edmundo Tonconogui.
El tema de conversación dominante fue la inversión en fotografíay su mercado en alza. Las fotos de Miño son un buen ejemplo a nivel local. En el barrio joven de la feria arteBA 2005, sus aviones se vendían por alrededor de 1.000 pesos; ahora, el precio de las fotos lenticulares de la serie de cinco ejemplares, asciende a 1.900 dólares cada una. Poco dinero si se tiene en cuenta que el nuevo libro de David LaChapelle, «Artists and Prostitutes» (698 páginas, edición de Taschen de 2.500 ejemplares numerados y firmados por el autor) cuesta 1.250 euros. El mercado internacional marcó su récord histórico el mes pasado, cuando una foto tomada en 2001 por el alemán Andreas Gursky se vendió en Sotheby's al precio récord de 3,3 millones de dólares. Lo cierto es que el status de la fotografía cambió aceleradamente en estos últimos años. En primer lugar porque pasó a ser para los artistas un soporte más entre los que proveen las nuevas tecnologías. Luego, la decisión de limitar el número de copias, aumentó la posibilidad de subir el precio, pero tuvo implicancias que superan las del mercado. La gente comenzó a ver en la fotografía ese poder fetichista de las verdaderas «obras de arte», el aura capaz de suscitar esa «sensación irrepetible de una lejanía» (por cercana que se encuentre) que Walter Benjamin le atribuye a las obras de culto (pinturas y esculturas) que pueblan los museos. Si con el criterio de reproducción mecánica, que no diferenciaba «originales» de «copias», Benjamin mantuvo a las imágenes que se multiplican ajenas a la categoría de «objeto de culto», la posibilidad de acotar las series incluso a sola copia, determina un cambio de rumbo. Los resultados recién comienzan a verse.



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