29 de enero 2004 - 00:00

La hora de Brasil en Hollywood, con un film ejemplar

La hora de Brasil en Hollywood, con un film ejemplar
La excelente colocación de la película brasileña «Ciudad de Dios», con cuatro candidaturas, incluyendo la de mejor director, Fernando Meirelles, entre los favoritos del próximo Oscar, revela en primer termino la diferencia de criterios entre diversos sectores de la Academia de Hollywood.

La rechazaron el año pasado quienes seleccionan los mejores films extranjeros, y la aconsejaron este año los directores, fotógrafos, editores y guionistas, logrando su votación masiva. Probablemente después no gane nada. Pero que los grandes de la industria mundial, por lo general atentos solo a sí mismos, le hayan hecho semejante reconocimiento de paridad, ya es un triunfo histórico. Difícil que Meirelles espere otra cosa, así como el año pasado no se hizo ilusión alguna cuando su país presentó « Ciudad...» como aspirante al rubro de mejor extranjera.

«Los de la distribuidora Miramax ya me habían dicho que la mayoría de los miembros de esa sección son personas de cierta edad, que miran a disgusto las películas de violencia en el Tercer Mundo», ironizó diplomáticamente, cuando este diario lo consultó sobre el particular en el pasado festival marplatense. Alguna razón debe tener, ya que este año el mismo comité rechazó la afgana «Osama», un drama tremendamente fuerte sobre los padeceres del pueblo persa, que viene llamando la atención en todo el mundo.

Pero en comparación «Ciudad de Dios», aunque relata sin tapujos la lucha de narcotraficantes en una favela carioca, no es un drama tan agobiante, sino casi una comedia dramática, que en cierta forma hasta tiene un final feliz (esto último depende, claro, del sentido del humor del espectador).

Para hacerla, en locaciones reales y con auténticos villeros, Meirelles negoció con los jefes mafiosos y los policías de diversas favelas, y durante dos años desarrolló en una de ellas un taller actoral, que aun permanece, y de donde salieron los formidables participantes de su película, varios de los cuales, entre ellos algunos niños, en vez de pandilleros hoy son actores o técnicos semiprofesionales. Lo que logró ha causado incluso la expresa admiración de Francis Ford Coppola, y es una de las razones que lo ubican ahora como uno de los cinco mejores directores del momento, a juicio de la Academia.

Como la película sigue a sus personajes desde los años '60 hasta comienzos de los '80, Meirelles tuvo otra idea: fotografía, montaje, sonido y música también iban a seguir el paso del tiempo. Así, coincidiendo con la creciente violencia del relato, va desde un estilo de colores cálidos, cámara sobre trípode y corte clásico, con fondo de bossa nova, hasta el tipo de narración actual con cámara y montaje desencajados, etc. O, según figura en el instructivo del realizador a sus asistentes: « Primera parte, los primeros cigarrillos; segunda, aire de marihuana; tercera, mal sabor de coca».

Oportunidad de lucimiento, entonces, para dos técnicos que la Academia supo apreciar (y hasta hubiera podido incluir al sonidista). Como aprecia, además, el modo en que la película reelaboró las memorias de un auténtico testigo de aquellos años (pequeño detalle: en esas memorias, el único tipo bueno era blanco, pero en la película es negro, igual que el más malo), razón por la cual
«Ciudad...» también es candidata en el rubro de mejor adaptación.

•Errores de la crítica

En segundo termino, esta cuádruple candidatura también revela los problemas de percepción de diversos sectores de la crítica, incluso la argentina y latinoamericana que a veces hasta hace discursos retóricos sobre los méritos del cine de estas tierras, pero después lo desprecia.

Así, teóricos de izquierda despotricaron porque la película era dinámica y divertida, comentaristas de derecha odiaron sus burlas a la corrupción policial y al fracaso urbanístico, y posmodernos que se refugian en
«el específico fílmico» para no decir nada comprometido, se lanzaron a juzgar desde categorías sociológicas y morales, sobre un supuesto uso de los pobres para hacer cine.

Y algunos exquisitos y sus repetidores de Internet la despacharon superficialmente con frases despectivas tipo
« imitación de la violencia y las estructuras de Tarantino» ( aunque las diferencias saltan a la vista), «mitificación de la criminalidad», y hasta «guía turística de Rio de Janeiro». Como si la película quisiera orientar a los automovilistas que van de Jacarepagua hacia Barra de Tijuca, para que se detengan a comprar algún souvenir en la autentica Cidade de Deus.

El fin era pegarle a
Meirelles, al parecer porque cometía el gran pecado de hacer buen cine para el gran público, tenía buena financiación, y le importaba un cuerno lo que dijeran «Cahiers de Cinema» o similares. Pocos reconocieron la evidente calidad de la producción, en varios aspectos al nivel del mejor cine del mundo, pero más original, con menos recursos, y con un notable valor como entretenimiento de alta factura técnica. Todo esto tiene ahora un respaldo francamente inesperado, pero bien merecido. De hecho, el beneficio se extiende al cine entero de estas lejanías. Donde, sin embargo, aun se percibe una curiosa contradicción: en vez de sentir la simpatía y el orgullo que corresponde, buena parte de la crítica la sigue ninguneando.

Así, de las varias encuestas que se han hecho sobre los mejores films de 2003,
«Ciudad...» no figura ni siquiera entre los favoritos de la habitualmente populista Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina. De todos modos, peor le fue a la mexicana «Japón»: otro grupo de cronistas, que durante meses se deshizo en elogios por ella, al final prefirió otras seis, incluyendo algunas que fueron candidatas al Oscar el año pasado.

Dicho sea de paso, ese grupo (que hoy entrega sus propios premios), consideró como las mejores nacionales sólo cinco títulos:
«Los rubios», «Nadar solo», «Bonanza», «El fondo del mar» y «Yo no sé que me han hecho tus ojos», muy elogiable video de uno de sus miembros. Llama la atención la indiferencia -a esta altura se podría decir el desdén- hacia las películas más divertidas, ya que no recibieron la menor nominación no solo «Valentín» o «Soy tu aventura», sino tampoco «El juego de la silla» y «Tan de repente», y eso que estas dos últimas cumplían con los requisitos de cine joven e independiente que el sector exige como condición sine qua non para premiar películas nacionales (y que por suerte no exige de sus candidatas extranjeras, que son todas de gente grande y financieramente bien respaldada).

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