29 de enero 2004 - 00:00
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Oportunidad de lucimiento, entonces, para dos técnicos que la Academia supo apreciar (y hasta hubiera podido incluir al sonidista). Como aprecia, además, el modo en que la película reelaboró las memorias de un auténtico testigo de aquellos años (pequeño detalle: en esas memorias, el único tipo bueno era blanco, pero en la película es negro, igual que el más malo), razón por la cual «Ciudad...» también es candidata en el rubro de mejor adaptación.
•Errores de la crítica
En segundo termino, esta cuádruple candidatura también revela los problemas de percepción de diversos sectores de la crítica, incluso la argentina y latinoamericana que a veces hasta hace discursos retóricos sobre los méritos del cine de estas tierras, pero después lo desprecia.
Así, teóricos de izquierda despotricaron porque la película era dinámica y divertida, comentaristas de derecha odiaron sus burlas a la corrupción policial y al fracaso urbanístico, y posmodernos que se refugian en «el específico fílmico» para no decir nada comprometido, se lanzaron a juzgar desde categorías sociológicas y morales, sobre un supuesto uso de los pobres para hacer cine.
Y algunos exquisitos y sus repetidores de Internet la despacharon superficialmente con frases despectivas tipo « imitación de la violencia y las estructuras de Tarantino» ( aunque las diferencias saltan a la vista), «mitificación de la criminalidad», y hasta «guía turística de Rio de Janeiro». Como si la película quisiera orientar a los automovilistas que van de Jacarepagua hacia Barra de Tijuca, para que se detengan a comprar algún souvenir en la autentica Cidade de Deus.
El fin era pegarle a Meirelles, al parecer porque cometía el gran pecado de hacer buen cine para el gran público, tenía buena financiación, y le importaba un cuerno lo que dijeran «Cahiers de Cinema» o similares. Pocos reconocieron la evidente calidad de la producción, en varios aspectos al nivel del mejor cine del mundo, pero más original, con menos recursos, y con un notable valor como entretenimiento de alta factura técnica. Todo esto tiene ahora un respaldo francamente inesperado, pero bien merecido. De hecho, el beneficio se extiende al cine entero de estas lejanías. Donde, sin embargo, aun se percibe una curiosa contradicción: en vez de sentir la simpatía y el orgullo que corresponde, buena parte de la crítica la sigue ninguneando.
Así, de las varias encuestas que se han hecho sobre los mejores films de 2003, «Ciudad...» no figura ni siquiera entre los favoritos de la habitualmente populista Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina. De todos modos, peor le fue a la mexicana «Japón»: otro grupo de cronistas, que durante meses se deshizo en elogios por ella, al final prefirió otras seis, incluyendo algunas que fueron candidatas al Oscar el año pasado.
Dicho sea de paso, ese grupo (que hoy entrega sus propios premios), consideró como las mejores nacionales sólo cinco títulos: «Los rubios», «Nadar solo», «Bonanza», «El fondo del mar» y «Yo no sé que me han hecho tus ojos», muy elogiable video de uno de sus miembros. Llama la atención la indiferencia -a esta altura se podría decir el desdén- hacia las películas más divertidas, ya que no recibieron la menor nominación no solo «Valentín» o «Soy tu aventura», sino tampoco «El juego de la silla» y «Tan de repente», y eso que estas dos últimas cumplían con los requisitos de cine joven e independiente que el sector exige como condición sine qua non para premiar películas nacionales (y que por suerte no exige de sus candidatas extranjeras, que son todas de gente grande y financieramente bien respaldada).


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