9 de enero 2002 - 00:00
"La literatura hoy está totalmente desorientada"
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Blas Matamoro
Periodista: ¿Qué escritores argentinos habría que recuperar?
Blas Matamoro: Comencemos por los que fueron muy leídos y hoy están archivados porque el gusto cambió mucho. Por ejemplo, uno de los escritores argentinos más leídos en su tiempo fue Hugo Wast (Gustavo Martínez Suviría), leído en la Argentina, en América y en España, yo he visto en librería de viejo españolas una edición de su Obras Completas hecha en Burgos. Logicamente tenía mucha conexión con el franquismo desde su ideología ultranacionalista y ultracatólica. Creo que Hugo Wast no existe para un lector argentino contemporáneo, sus libros han desaparecido de las librerías a partir de mediados de los '50 cuando en la escuela normal nos hacían leer «Alegre» o algunos otros de sus libros como lectura obligatoria en la asignatura de Castellano. Si bien hubo alguna edición posterior, por parte de algún editor que pensó que podía seguir siendo materia escolar como cuando él era joven, tuvo menor difusión. No se tampoco quien lee hoy a Manuel Gálvez. Hablo de escritores que tienen una obra muy grande que se abre en muchas direcciones. En el caso de Gálvez se pueden leer sus libros de historia, sus crónicas, sus cuentos, sus novelas, sus poemas. Y él tambien, en su época, tuvo gran cantidad de lectores.
P.: Son autores que siguen, de algún modo, siendo conocidos...
P.: Para usted esa es una categoría, ¿cuál seria otra?
B.M.: La de autores que sin haber sido nunca muy leídos, han sufrido la proximidad de otros que les han hecho sombra. Por ejemplo, Roberto Arlt le ha hecho sombra a Roberto Mariani, que es un narrador de primera calidad dentro de la literatura argentina de los años '30 con sus «Cuentos de oficina», y le ha hecho sombra a Julio Fingerit que tiene una trilogía de novelas, comparable al ciclo de Arlt de «Los siete locos» y «Los lanzallamas», que se llama «Destinos».
P.: ¿Conoció a Julio Fingerit?
B.M.: Una vez a Jacobo Timerman, allá por los años '70, se le ocurrió hacer un suplemento de «La Opinión» sobre «Escritores argentinos olvidados», y yo incluí a Fingerit, y él, por medio de una compañera del diario, lo encontró e hizo que fuera a verlo. Era un hombre muy curioso. Renegaba de toda su obra, no quería volver sobre ella, había dejado de escribir hacia muchos años. Recibía su correspondencia en la portería de una casa a la vuelta de la suya, para que nadie la encontrara. Daba citas a horas rarísimas. Me dijo: podemos vernos mañana a las once y media de la noche. Era un argentino educadísimo, un semijudío que se había vuelto católico. Esa conversión lo había hecho renegar de su obra porque estaba volcada a un cierto realismo sucio que ya no le gustaba nada. Nunca más supe de él.
P.: ¿Qué otros escritores considera «ensombrecidos»?
B.M.: La cercanía de Julio Cortázar le hace sombra a Bernardo Kordon. No creo que sean escritores comparables pero Kordon es un narrador de primera calidad dentro de lo que es las letras argentinas de su tiempo. El relumbrón de Cortázar lo ha oscurecido, como ha oscurecido la proximidad de Borges a José Bianco. Bianco es más importante que Eduardo Mallea (también olvidado) y otros personajes que circularon por la época. No se quien hoy lee a Bianco. En «Cuadernos Hispanoamericanos» hicimos dos antologías de sus valiosos artículos. Era una pena que estuvieran tan descuidados. Propuse a «Archivos de la Unesco» que le dedique un tomo, no para reunir su obra narrativa, que ya está mas o menos reeditada, sino la dispersa de crítico; era un lector atento, una de esas personas que vale la pena leer porque hacen literatura de alta calidad. La cercanía de Borges y la actitud de Pepe de estar siempre en la penumbra lo dejó fuera de circulación de una manera injusta.
P.: ¿Qué otro grupo establece?
B.M.: El de los escritores que son muy minoritarios, porque cultivan ese género, aunque muy influyentes. Sin duda Edgard Bayley ha influido mucho en la poesía desde los años '50, pero no es un autor que tenga cantidad de lectores como algunos poetas posteriores a él. No se quien lee hoy al poeta Vicente Barbieri o al narrador Rodolfo Wilcock, que están reeditando en castellano luego que mucho tiempo hubiera sido considerado un escritor italiano muy elogiado en Italia.
P.: También ha habido bestsellers...
B.M.: Que han sido devorados por el tiempo. No quisiera hacer una lista, es muy desagradable hablar de escritores que fueron sepultados, inhumados. ¿Silvina Bullrich, Marta Lynch, Poldy Bird se leen? ¿Alguien recuerda la popularidad aplastante que tenían hace 25 años? Supongo que habrán quedado como escritores de otro tiempo. Se han vuelto ilegibles. Está el caso opuesto, Jorge Asís, el escritor más popular de mi generación, ha sabido superar etapas, mantenerse y renovarse; pero, otros...
P.: Algunos son estudiados por academias de EE UU...
B.M.: Ese tema es, como dicen los españoles, para comer aparte. En EE. UU. dedican seminarios, tesis y artículos a algunos autores porque hay que ocuparse de escritores en español, aún de los que casi no tienen lectores en su idioma. Las academias norteamericanas, por su poder económico y cultural, son desproporcionadamente grandes en relación a los objetos que favorecen. Parece instalar un hotel de lujo para pobres. No ocurre lo mismo con las academias de literatura en Europa, más selectivas. La enorme cantidad de institutos que se dedican a las letras en Estados Unidos, de publicaciones, bibliotecas, bases de datos, es tan montañosa que devora los modestos objetos de los que se ocupa. Entonces publican tesis sobre Menganito o Fulanita y uno dice «qué barbaridad, esta persona se ha pasado 5 años estudiando la obra de una escritora que apenas tiene lectores en su medio».
P.: ¿Cómo ve la literatura hispanoamericana actual?
B.M.: Aquí hay una línea sostenida de publicación de escritores hispanoamericanos. Logicamente la industria editorial no da a basto para hacer conocer a todos, tampoco hay un mercado como para aguantar semejante cosa. Esa línea no corresponde con el boom de García Márquez, Vargas Llosa, Cabrera Infante, Borges y Cortázar. Aquí hubo dos décadas de recuperación de literatura española prohibida en la época de Franco, o que parecía que estaba prohibida y de escritores que estuvieron exiliados. Luego una época de gran interés por la literatura de los países del Este cuando comenzó el proceso de descomunización. Eso dejó a la literatura latinoamericana en segundo término, salvo los que habían logrado entrar en el mercado. En los '90 hay un intento de recuperación de nuestras letras, ya no como en el «boom», que se mezclaron escritores de muchas generaciones, sino buscando la literatura joven latinoamericana. Entre los argentinos que se publican, a vuela pájaro, están Aira, Piglia, Andahasi, De Santis, Berti, Birmajer, Saer, Guillermo Martínez. Y los que viven o vivieron en España como Martini, Cohen, Covadlo, Horacio Salas, Silvester, Leopoldo Castilla.
P.: ¿Cómo ve la literatura hispanoamericana actual?
B.M.: Desorientada, como toda la literatura del mundo. No se ven tendencias. En narrativa observo un retorno a los géneros, el libro que desde las dos primeras páginas se sabe de qué trata y no plantea al lector problemas de ubicación genérica. Después de la literatura de los '60 que mezclaba los códigos y experimentaba con el lenguaje, desconcertando al lector y tomando esa actitud de desconcierto como estética, generando los gestos de la vanguardia, ahora la cosa se plantea al revés. Se huye de lo local, se vuelve a ser cosmopolita y fácilmente traducible. Desde el punto de vista lingüístico la literatura está muy simplificada para no plantear al lector problema de búsqueda de palabras infrecuentes. No quiero decir que esto sea lo único que se produce sino que es una tendencia. Tendencia que no tiene bases doctrinarias o teóricas.
P.: A la vez aparecen individualidades fuertes, con escritores como W.G. Sebald, Michel Houellbecq o Claudio Magris...
B.M.: La desorientación es proclive a la aparición de individualidades. Nuestra cultura no tiende a favorecer individualidades sino prototipos, que es otra cosa. Es como si ordenara: «usted se tiene que destacar como individuo de acuerdo a unas pautas que yo le voy a dar». La individualidad, como en el caso del alemán, el francés y el triestino que mencionó, es: yo me pongo mis propias pautas, me las entiendan o no me las entiendan. Individualidades son, entre nosotros, Macedonio Fernández, Filisberto Hernández, Girondo, que no se plantearon entrar en un prototipo (como el de ese novelista nuestro que siempre está angustiado y lamentándose) sino que construyeron su propia individualidad con su obra.


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