Obra de Francis Picabia que puede verse en «Un paseo por la vanguardia española. Instantánea de Ramón Gómez de la Serna», la muestra más importante del verano inaugurada en Rosario.
Rosario - La muestra más importante que se exhibe en el país durante el verano es, sin duda, «Un paseo por la vanguardia española Instantánea de Ramón Gómez de la Serna», que expone el Museo Histórico Julio Marc de Rosario. Las obras de Picasso, Juan Gris, Duchamp, Sonia Delaunay, Miró, Bores, Picabia, Maruja Mallo, Pablo Gargallo, Barradas, Andre Lothe, Norah Borges o José Gutiérrez Solana, entre otros célebres allegados al autor de las greguerías, configuran un paisaje que abarca disciplinas diversas, como la literatura, la fotografía, el diseño, la música, el teatro y las bellas artes, al que bien valen la pena dedicarle un viaje.
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La muestra forma parte del esmero que demandó el reciente Congreso de la Lengua, sin embargo, la ciudad entera ha logrado recuperar el esplendor que ostentaba en las primeras décadas del siglo. Lo cierto es que el fenómeno que ha convertido a Rosario en un amplio escenario cultural, se comenzó a gestar hace dos años, cuando nadie hablaba del Congreso. Como observamos en estas páginas a comienzos de 2003, con una inteligente y ambiciosa apuesta, la intendencia decidió fundar a orillas de Paraná, en los antiguos silos Davis, un nuevo Museo de Arte Contemporáneo para albergar la colección de arte actual más completa del país en medio de ese paisaje de ensueño.
Teniendo en cuenta que abundan en la ciudad museos y centros culturales, y que el Museo Histórico, en el estupendo edificio diseñado por Angel Guido en el parque de la Independencia, posee un rico patrimonio de arte textil, pinturas, esculturas y platería coloniales, además de obras de los precursores, y que a escasos pasos de allí, en el Boulevard Oroño, el monumental Museo Castagnino suma colecciones que van desde la Edad Media hasta los grandes maestros del arte argentino, sólo faltaba la sal y pimienta del arte contemporáneo para ofrecer una alternativa a la poderosa Buenos Aires.
A la belleza y el eclecticismo arquitectónico de los edificios y espacios públicos bien restaurados -pues, de hecho, el Museo Histórico adecuó sus salas a los requerimientos internacionales para recibir la muestra española, y el de Arte Contemporáneo recibió 15.000 visitantes en los primeros 30 días de su inauguración-, se suman hoy las calles y veredas relucientes que suscitan la envidia de los porteños. Rosario es un ejemplo de lo que se puede lograr con una ola de prosperidad económica y, más que nada, una política racional o, al menos, bien orientada para recuperar los valores estéticos, artísticos e intelectuales. •Vanguardias
La muestra del escritor madrileño Gómez de la Serna (1888-1963), refleja la influencia que tuvo durante décadas el acontecer cultural argentino en España, cuando las noticias de lo que sucedía en nuestra tierra surcaban el océano. Al punto que en 1924, De la Serna escribe en la «Revista de Occidente» sobre una ciudad que todavía no conoce, pero que adivina casi mágica a través de los versos de «Fervor de Buenos Aires» de Jorge Luis Borges y las pinturas de su hermana Norah. Así, describe: «Esas terrazas en las que suenan los pasos como en habitaciones, como si la noche inmensa adquiriese profunda intimidad sobre ellas y fuese una habitación estrellada».
Cuando en 1931, De la Serna llega por primera vez a Buenos Aires, conoce a la escritora Luisa Sofovich y se la lleva a España, y en 1933, cuando regresa por segunda vez a la Argentina, país donde se radicará hasta su muerte, publica un artículo sobre Norah Borges, donde reitera las imágenes que habían surgido de su imaginación, y que otra vez más repite en la monografía que le dedica a la artista en 1945.
La muestra lleva la marca inconfundible de Juan Manuel Bonet, un español «de dos mundos», que ama la Argentina y designado hasta hace pocos meses para dirigir un museo de arte, el Reina Sofía, supo encontrar el modo de entrelazarlo con su gran pasión que es la literatura de vanguardia. Así, la muestra exhibe el humor de las greguerías, invención De la Serna que él mismo definía como «humorismo más metáfora».
Si bien el crítico Guillermo de Torre casado con Norah Borges y «aporteñado» como De la Serna, destaca el lirismo del madrileño, como prueba de su infalible humor, en la muestra rosarina recrearon el despacho que tenía en Buenos Aires, la gracia de sus fluidos dibujos en tinta y sus expresiones más irreverentes, atrevidas y divertidas. Como «El orador» (1928), un film donde esgrime su elocuencia y un guante de cartón con cinco largos dedos, para parodiar la retórica de los discursos políticos.
Con su excelente montaje, objetos de uso personal, primeras ediciones, cortometrajes de 1920, carteles, gigantografías e imágenes de época, la exposición es un fiel reflejo de esos «años felices, de hombres felices», como los definió un martinfierrista, cuando mimados por la suerte de este país próspero y sin otra preocupación que su propio quehacer, los artistas e intelectuales argentinos sentían el latido de las vanguardias casi a la par de los grandes centros europeos y sus ideas repercutían en España.
A pesar de la resistencia conservadora contra la innovación e instalados en un contexto si se quiere provinciano, cuando una publicación española señala que Madrid es el «meridiano intelectual de Hispano América», los martinfierristas, Borges entre ellos, publican «Un llamado a la realidad», rechazando cualquier tipo de tutelaje o influencia. Gesto que manifiesta una aguda conciencia de su propia valía.
En suma, la muestra que gira alrededor del «ramonismo», invita a un paseo por los movimientos de vanguardia como el cubismo, dadaísmo, futurismo ultraísmo o surrealismo, pero abordados a su manera por figuras de marcado individualismo y con criterios estéticos muy dispares, inclasificables y en cierto modo periféricos, es decir «a la española» y «a la argentina».
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