"Durante mis viajes y en mi permanencia en Europa, me propuse reunir objetos curiosos y de utilidad para mi país. Desde luego, llamaron mi atención los museos de pintura y las hermosas colecciones de cuadros al óleo que ostentan en sus galerías los particulares. Quise pues imitar a éstos, [...] con el objeto de traer a mi patria muestras de diversas escuelas de Europa, que sirvieran de modelos a la juventud que quisiese dedicarse al cultivo de este ramo de las bellas artes."
Así escribía Manuel José de Guerrico, en 1866, explicando el origen de los «cien cuadros que poseo, que visitan los que tienen gusto por la pintura y copian aficionados que hacen su estudio». Volvió al país con ellos casi veinte años antes, en 1848, después de su largo exilio en París iniciado en 1839, seguramente por disidencias con la política del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, a quien había asistido en la Campaña al Desierto de 1833-34. Es Rosas quien, enterado de que Guerrico está de regreso en Buenos Aires junto a sus cien pinturas, comenta a los oficiales de su secretaría: «Ya vino este zonzo con cosas de gringo», según testimonio del tradicionalista Pastor Servando Obligado.
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Dice Eduardo Schiaffino, fundador y primer director del Museo Nacional de Bellas Artes: «Este juicio breve, impregnado de desdén receloso, si bien importa ya un homenaje a la influencia civilizadora de la obra de arte, alumbra con resplandores de candileja los interiores porteños de la época». Así Manuel José de Guerrico (1800-76), dueño de la primera colección de obras de arte digna de ese nombre en la Argentina, ayudará también a modificar por dentro las casas de la burguesía porteña. El acervo de don Manuel ha de ser acrecentado por su hijo José Prudencio de Guerrico (1837-1902), que vive en París durante un cuarto de siglo, como diplomático (1867-77) y como mero residente (1879-91), antes de instalarse definitivamente en Buenos Aires.
Por fortuna, las «cosas de gringo» obtienen más y más adeptos, en especial tras la caída de Rosas (1852) y la subsiguiente apertura del país al exterior. Apenas treinta años después de la llegada inaugural de Guerrico, en 1877, la provincia de Buenos Aires acepta la donación hecha por Juan Benito Sosa de su acervo, una cincuentena de obras, para constituir la base de un Museo de bellas Artes. Si es Guerrico quien inicia el coleccionismo en la Argentina, será Sosa el primero en ceder su patrimonio artístico a la sociedad. Han de sucederlo, una década y media más tarde, Adriano Rossi, que lega al Estado Nacional, en 1893, su colección de 81 obras, y Guerrico, quien hace lo propio con 21 pinturas de su colección, en 1895.
El coleccionista de arte se desarrolló durante el siglo XIX y se afianzó en el XX. Walter Benjamín, en su lúcido ensayo sobre Eduard Fuchs, sostuvo que el coleccionista debió ser una figura ideal para los poetas y escritores románticos, quienes, sin embargo, no lo tomaron en cuenta, al revés de lo que hicieron con el «flâneur», el jugador o el viajero. Honoré de Balzac, que no participaba de la escuela romántica, admiró en cambio a los coleccionistas, a los cuales denominó «los hombres más apasionados del mundo».
Es la pasión la que guió a los primeros coleccionistas, aquí y en todas partes: Manuel de Guerrico, hombre de fortuna formado en un medio donde el arte era apenas una palabra, una referencia, un deseo, despierta al conocimiento, el goce y la necesidad estéticos en Europa, porque antes se apasiona por ellos; y compra entonces su centenar de pinturas para que otros despierten a aquellos sentidos en Buenos Aires, o puedan afirmarlos.
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