Como en la superior «Bajo la arena», Francois Ozon se vale de la frialdad de Charlotte Rampling para construir un thriller algo pasado de moda que el imprevisto final puede llegar a redimir.
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En la soleada residencia, con enorme piscina y un viejo criado, la escritora parece haber dado con el remedio indicado, pero no por mucho tiempo. A los pocos días de establecerse, la inesperada llegada de la hija del editor, la adolescente
Los episodios sangrientos (y el comienzo de la decepción a la que se aludía antes), tampoco tardarán demasiado. Sin embargo, a diferencia del policial clásico y en consonancia con un tipo de cine que era frecuente treinta años atrás, el giro final de la película reacomoda de golpe todas las piezas.
Desde luego, no es mucho lo que se puede anticipar sin estropear la sorpresa; sólo apuntar que ese desenlace pondrá en dudas la existencia real de alguno de los personajes, y con ello producir un giro no tanto a lo fantástico (ya que esta película no lo es) sino, más convencionalmente quizás, a los siempre insondables «vericuetos de la mente».
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