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22 de febrero 2007 - 00:00

"La reina"

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Helen Mirren (arriba con Michael Sheen en el papel de Tony Blair) saca el porte y los gestos de Isabel II a la perfección, y sostiene buena parte de la credibilidad del film de Stephen Frears.
«La reina» (The Queen, Gran Bretaña-Francia-Italia, habl. en inglés). Dir.: S. Frears. P. Morgan. Int.: H. Mirren, M. Sheen, J. Cromwell, S. Syms, A. Jannings, H. McCroby, R. Allam.

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Buenas actuaciones, un lindo castillo (Balmoral, en Escocia), y la mantenida expectativa de saber quién sale bien parado, hacen atendible esta intriga sobre el dilema que trajo a los Windsor la muerte de la princesa Diana. Casi todas las caracterizaciones son muy elogiables, pero, a poco de escarbar, se ve que el asunto de fondo es poco más que una fruslería bien presentada.

Difícil creer, al menos desde nuestra cabeza republicana, que la reina de Inglaterra se aflija porque uno de cada cuatro súbditos quisiera amablemente que la familia real se vaya a hombrear bolsas al puerto. A fin de cuentas, tres de cada cuatro quieren que sigan cómodos y bien servidos en el Buckingham Palace y todas sus adyacencias. Pero así es el cine, y así se representa la monarquía en estos cuentos.

La puesta estilo Hallmark es llevadera, y el guión tiene algunas partes que dan vergüenza ajena por lo primarias (si las presenta un estudiante de cine lo bochan), pero también tiene sus vueltas interesantes, en especial esas que nos llevan a atender quién es el/la villano/a de la historia. Ciertamente, no es Diana Spencer, que cada tanto aparece como santa mediática insertada en registros de archivo estilo especial de televisión mal hecho.

Tampoco la princesa Margarita, que hablan mal de ella pero sin nombrarla, ni los hermanos de Carlos ni nadie de los York, los Wessex, los Gloucester, los Kent y demás parientes, que no figuran ni por teléfono. Ni el príncipe Felipe, al que James Cromwell (el granjero de «Babe el chanchito») brinda una presencia varonil, resaltando públicamente la jerarquía de su esposa, y diciéndole «correte, repollo», cuando se va a acostar. Ni el impecable asistente lord Robin Janvrin, impecablemente encarnado por Roger Allam. Ni la reina madre, entonces de 97 años (Sylvia Syms tiene apenas 72, la saca bien, pero con voz demasiado firme), muy graciosa cuando habla de «ese tonto de Blair y su sonrisa de gato de Cheshire».

El tal Blair, recién llegado al puesto (papel a cargo de Michael Sheen), es untuoso, falso a la vista, pero bastante ubicado y hasta capaz de un caballeresco exabrupto en defensa dela monarquía frente a sus asesores laboristas. Acaso éstos sean los malos, y también la viborita de Cherie Blair que Helen McCroby pinta como chusma envidiosa e insidiosa (en fin, el cuento de siempre, el líder es bueno, la culpa es del entorno). Y no malo, sino imbécil, egoísta y cobarde, aparece el príncipe Carlos , aunque en este caso Alex Jennings se parece más bien a Emilio Disi. Como sea, la reina se salva. Los Windsor en pleno son acusados de «ociosos, retardados emocionales y locos», pero ella se salva, y por partida doble. Porque tiene unos textos muy buenos, y porque la encarna Helen Mirren, que sigue siendo más linda que Isabel II, pero le saca el porte y los gestos a la perfección, desde el comienzo, cuando posa para la estampilla, en adelante. Muy buena, la escena en que recibe a Blair medio torcida y con la cartera colgando como una vieja tonta, y apenas el otro se cree vivo empieza a bajarle el copete recordando a Winston Churchill, buenísima cuando recuerda las viejas virtudes que el mundo ha admirado de los ingleses, y que ella todavía cultiva y representa, y excelente la escena final, cuando parece toda humilde y termina dándole un buen palo a su primer ministro.

Dios salve a estos actores.

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