No es aventurado asegurar que «Ejercicio Plástico», debido a sus características innovadoras, es la Capilla Sixtina del arte latinoamericano, y con certeza se puede afirmar que no es un mural más entre los tantos que produjo el movimiento mexicano. Tal aseveración se funda en los planteos sobre la utilización del espacio y los métodos revolucionarios para la época que Siqueiros utilizó por vez primera en esta obra, que rompen con los criterios del fresco tradicional renacentista y el uso del arte con fines sociales, religiosos o políticos. Mientras el mural tradicional según la perspectiva descubierta por los renacentistas es una descripción de la realidad, una ventana abierta al mundo para un espectador inmóvil, Siqueiros pinta para un espectador activo, toma en cuenta los múltiples ángulos de visión, los efectos de distorsión que crea el movimiento y desarrolla su método de la poliangularidad.
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Utiliza por primera vez sus conocimientos de cinematografía y pinta para un espectador dinámico, que se desplaza por la obra como si fuera una cámara. Imagina esta trayectoria en una «caja plástica» donde la pintura abarca toda la superficie arquitectónica, el piso, las paredes y el techo abovedado (como el de la Sixtina), considerando las deformaciones e ilusiones provocadas por las diversas perspectivas que varían según la posición que ocupe el observador.
Se sirve de la fotografía para proyectar las imágenes en los muros y pintarlas sin boceto previo, logrando así una síntesis en las figuras que no percibe el ojo humano. Llega a la conclusión de que «la pintura mural, en último extremo, debe ser una pintura fotogénica, es decir, de fácil reproducción fotográfica en negro y en color, para que salga así del lugar fijo en que se encuentra situada hacia un número mayor de público».
Un año antes de llegar a la Argentina, en 1932, Siqueiros había conocido al cineasta ruso Sergei Eisenstein y establecido una amistad basada no sólo en lo personal sino también en lo estético e ideológico. El mexicano percibe las enormes ventajas del cine sobre la pintura, que hasta entonces había sido un ejercicio de repercusión más bien elitista, mientras el cine fue un fenómeno de masas desde sus primeros escarceos. Deduce que la ventaja del cine deriva de su carácter cinético, del movimiento, y plantea en sus escritos que las posibilidades expresivas de la pintura están limitadas por su condición estática.
Así surge la idea de «Ejercicio Plástico», una pintura que podría competir con el cine, al incorporar el dinamismo cinético como instrumento expresivo. Siqueiros cuestiona en sus escritos: «¿Existe alguna perspectiva de unión entre la pintura mural, particularmente aquella que ha sido producida en superficies activas de acuerdo a un plan de unidad espacial, y la cinematografía, produciendo así un fenómeno nuevo que no sería ni la cinematografía como hecho autónomo ni pintura como expresión particular, sino algo completamente inusitado?» La respuesta está desguazada en los contenedores y en poder de quienes vieron el mural antes de esa faena, cuando un efecto visual ambiguo colocaba a quien contemplaba la obra como dentro de una burbuja de aire definida por la propia materialidad del muro.
En ese espacio virtualmente circundado por agua se movían, se acercaban, alejaban y flotaban las figuras desnudas, interactuando curio-sas con el espectador. Una película filmada entonces con criterio siqueiriano, es la mejor prueba de que el mexicano logró plasmar su utópica ambición de crear una pintura activa. «Imagínense ustedes lo que la inventiva humana puede crear en este terreno -expresaba el muralista-. Las formas podrán precipitarse con un vértigo inusitado, se acentuarán la expresiones psicológicas, se fusionarán los diversos sectores mediante métodos de superposición, se crearán colores por combinación de los existentes. Pero esto no será la obra de los caricaturistas de Walt Disney, sino de grandes artistas plásticos de sentido superior y profundo». A.M.Q.
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