14 de agosto 2008 - 00:00

"La soledad": árida como la meseta castellana

Los problemas que ventila «La Soledad» podrían hacer vibrar al públicomás curtido, pero lo hace de modo tan distante que deja afuera toda emoción.
Los problemas que ventila «La Soledad» podrían hacer vibrar al público más curtido, pero lo hace de modo tan distante que deja afuera toda emoción.
«La soledad» (España, 2007, habl. en español). Dir.: J. Rosales. Guión: J. Rosales, E. Rufas. Int.: S. Almarcha, P. Martínez, M. Correa, N. Mencía, M. Bazán, J. Cracio, L. Villanueva, L. Bermejo, J. Margallo, C. Gutiérrez.

Una señora ya mayor soporta amablemente los fastidios de tres hijas ya grandes, que la pelean, y se pelean, por cuestiones de salud, de compañía, pero sobre todo por cuestiones de patrimonio, de garantía para un crédito, en fin, de simple dinero, aunque no pasen necesidades. Al mismo tiempo transcurre otra historia, con una joven separada cuyo mayor y único bien es su pequeño hijo, un bien que nadie puede asegurar, como podrá deducirse a mitad de la película.

Dado el resumen, ésta puede parecer una de esas obras de diálogos y conflictos familiares fuertemente reconocibles y tocantes, capaces de hacer vibrar al público más curtido. Pues sí, los diálogos y conflictos están, cualquiera puede reconocerlos, pero expuestos de tal modo, seco, distante, atonal, que dejan casi toda emoción afuera de la sala. Bueno, el director es Jaime Rosales, el de aquella película del asesino serial que el público se dormía en medio de los asesinatos, «Las horas del día». En la que ahora vemos, por suerte, es difícil dormirse, porque se tratan asuntos más variados y cercanos al común de la gente, aunque lo hagan de la manera más apática y antipática posible (pero hay gente así, es cierto).

También es difícil dormirse porque, justo cuando uno está cabeceando, hay una explosión. De golpe, en plena calma, silencio, y orden, con los colectiveros parados frente al semáforo y todo eso. Son sólo dos planos, algo que pasa ante nuestros ojos, pero allá lejos. Y después, durante varios minutos, uno se queda esperando a ver qué pasó exactamente en esa escena, hasta que logre deducirlo, porque no se lo van a decir, no sea que después los acusen de sentimentales, pero por algo la película tiene, para ambos personajes, el título que tiene.

Otra curiosidad: cada tanto la película divide la pantalla en dos mitades, completando pormenores de la acción, o comparando aspectos de una discusión sin apelar al corte de plano, recurso que a veces se justifica, a veces no, y a veces también causa gracia, porque está aplicado de tal forma que, de pronto, vemos salir a la anciana por el lado izquierdo y entrar por el derecho, como si hubiera dado la vuelta por detrás de la pantalla, y nadie entiende qué sentido tiene, si bien el director ya dio sus ininteligibles declaraciones al respecto, y de paso lo llamó polyvisión. Si resucita Abel Gance, que inventó la polyvisión en 1927 como un antecedente del cinerama, le manda pasar la caballería de «

Napoleón» por encima. Lo que vemos es sencillamente el mismo split screen de «Problemas de alcoba», «Operación Cupido», y tantas otras cintas viejas sin mayor pretensión artística ni lingüística, pero con una clara razón de uso. Dicho sea de paso, la pólvora la inventaron los chinos.

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