16 de marzo 2001 - 00:00
"La vida es de una gran inconsistencia"
-
El cine infantil de Gilles de Maistre y su ética animal
-
La adictiva serie de Netflix de solo 3 episodios basada en una exitosa novela de misterio
El autor de "Criminal".
Javier Daulte: Cuando llevamos «Faros de color» a España, dimos funciones en varios lugares de Cataluña. En la Sala Beckett dimos también un seminario donde conocimos a las actrices que ahora integran el proyecto. A Gabriela Izcovich y a mí se nos ocurrió armar algo con ellas, y se lo propusimos. Pensamos que era una locura, porque en cierto sentido, les estábamos proponiendo venirse cuatro meses a Buenos Aires a perder dinero. Pero igual, a pesar de que no le dimos garantías de ninguna especie, se entusiasmaron muchísimo, y aquí están.
P.: ¿La Sala Beckett también pertenece al circuito off?
J.D.: Sí. Se podría decir que es el equivalente del Callejón, pero con las diferencias de una sala europea, que implica tener aire acondicionado, ducha para los actores y un equipamiento técnico muy superior. Pero digamos que el espíritu de ambas salas es muy similar. Tienen un compromiso muy fuerte con el material que se presenta, no se exhibe cualquier cosa. Claro que para poder concretar este proyecto tuvimos que recurrir al ICI (Instituto de Cultura Iberoamericana) que se hizo cargo de los pasajes; pero del alojamiento y manutención de las actrices nos tuvimos que hacer cargo nosotros. Como siempre en la Argentina, todo hay que hacerlo a pulmón.
P.: ¿Fue ese encuentro entre dos culturas el que marcó el tema de la obra?
J.D.: Sabíamos que era ineludible tematizar algo de esta propuesta que surgió entre dos países de idiosincrasias tan diferentes. Que este proyecto naciera en España fue un estímulo muy fuerte, porque cuando uno viaja -y no hablo de turismo, sino de un encuentro intenso con la gente del lugar-, experimenta una cualidad emocional muy extraña. Por más cómodo que te hagan sentir, no podés dejar de sentirte tremendamente extranjero. Incluso a la vuelta, en el avión, uno sigue preguntándose: «¿A qué vuelvo y a qué no vuelvo?». Esa es la idea de la obra, que el título resume muy bien: sentirse extranjero de la propia realidad.
P.: Debe ser aún más perturbador sentirse extranjero en un país que nos legó su lengua, entre otras cosas.
J.D.: Es la misma lengua y, además, venimos derecho de ahí. ¿Quién no tiene alguno de sus orígenes en España? Llevamos en nuestras venas una cultura genética del viaje. Descendemos de aventureros que decidieron cambiar su realidad. Ellos también se fueron de cuadro y hacia algo tan fuerte como un nuevo continente.
P.: ¿Cómo se refleja en la obra ese «fuera de cuadro»?
J.D.: Algunos de los personajes viajan anecdóticamente, pero, además, hay situaciones y cuestiones afectivas que también dejan a los protagonistas «fuera de cuadro». Siempre pienso en las casualidades: si yo no hubiera cruzado la calle, no me habría casado ni hubiera tenido este hijo y cosas así. Porque esta existencia que creemos tan consistente, en realidad, es producto de una gran inconsistencia en la que los encuentros son muy fugaces y obra de la casualidad. Alguien dice en un momento de la obra: «Todos somos personajes secundarios de la vida de los demás». En general, nos pensamos como protagonistas únicos, y eso nos deja muy solos. Y estos personajes también están muy solos. Algunos se proponen hacer un movimiento en sus vidas; otros, en cambio, aparecen corridos de un plumazo del lugar donde estaban y tienen que manotear la nueva realidad como pueden.
P.: La obra tiene situaciones bastante insólitas...
J.D.: La obra tiene un procedimiento narrativo fragmentario, pero ofrece un relato muy claro. Digamos que se entiende todo. Son historias con un personaje central y con otros roles secundarios que luego van ocupando el centro. Son cuatro mujeres y un hombre, con historias que se cruzan en medio de situaciones de lo más diversas. Hay una psicoanalista que deja todo porque no tolera más escuchar a la gente y no poder contar sus propios problemas, y una multimillonaria que está aburrida de ser quien es y decide convertirse en otra persona... Todo está planteado con muchísima lógica, pero los personajes terminan reunidos en una fiesta, como por casualidad.
P.: ¿Cómo conciliaron las diferencias de acento?
J.D.: Antes de empezar a ensayar, nos agarrábamos la cabeza, pero después fuimos viendo que esas diferencias no afectaban a la obra. De todas maneras, sabemos que esto puede lograr una resonancia muy interesante en el espectador.



Dejá tu comentario