19 de abril 2007 - 00:00

"La vida de los otros"

Ulrich Mühe, el«buencomunista»trampeado porsus superiores,en el filmalemán «Lavida de losotros».
Ulrich Mühe, el «buen comunista» trampeado por sus superiores, en el film alemán «La vida de los otros».
«La vida de los otros» («Das Leben Des Anderen», Alemania, 2006; habl. en alemán. Dir. : F. Henckel von Donnersmarck. Int.: U. Mühe, S. Koch, M. Gedeck, U. Tukur, T. Thieme y otros.

Dos años atrás, en el Festival de Mar del Plata, el director polaco Krzysztof Zanussi contó una anécdota casi cinematográfica: poco después de la caída del comunismo, llamó a su puerta un hombre en busca de trabajo. Este hombre le dijo que era la persona que, durante el régimen de Jaruzelski, tuvo a su cargo escucharle clandestinamente las conversaciones telefónicas y que, como sabía que era una persona buena y honrada, además de un buen católico, recurría ahora a él para pedirle trabajo. Y no cualquier trabajo sino un trabajo intelectual (ese hombre terminó siendo quien inspiró a otro artista polaco, Krzysztof Kieslowski, la película «Rouge»).

El asunto de «La vida de los otros», el film alemán ganador del Oscar este año, no difiere demasiado de lo referido por Zanussi, aunque se trate de pura ficción. En este caso el protagonista es otro oscuro espía, Gerd Wiesler (interpretado por Ulrich Mühe), y el objeto de su persecución el escritor Georg Dreyman (Sebastian Koch), un dramaturgo cuya obra alcanza los límites de la permisividad.

Wiesler es uno de los oficiales más confiables de la Stasi (policía estatal en la Alemania comunista), experto en tácticas de interrogatorio cuya vida privada, tan seca y sórdida como podría serlo la de cualquier hombre de su oficio, consagrado las veinticuatro horas a las órdenes de la dictadura, apenas encuentra a veces algún remanso por la visita de una prostituta.

Sin embargo, aun dentro de las diferencias abismales que existen entre él y Dreyman, al principio de la historia hay un punto que los une, ese mismo punto que identificó también a Stalin con Sartre, y que no tardará en resquebrajarse: la fe en el llamado socialismo. Uno, desde el punto de vista policial, el otro desde el lado intelectual.

«La vida de los otros», ambientada en la Alemania Oriental de 1984, es un lúcido examen del estallido de la buena fe en un contexto que no la admite. Cuando el superior de Wiesler, el Jefe de la Cultura Grubitz, le encomienda la vigilancia de Dreyman, el hombre asume la tarea con pasión patriótica. Pero no tarda en saber que el auténtico fin del asedio al dramaturgo consiste en que el ministro Hempf pretende a la mujer de Dreyman y protagonista de sus obras, Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck), y que por tal razón quiere sacárselode encima, plantándole evidencias falsas.

Ni Wiesler, como poco a poco llega a sentir durante su obsesiva vigilancia de Dreyman, ni éste, cada vez más desencantado del régimen (sobre todo, cuando se suicida un amigo suyo, director de teatro), parecen capaces de sobrellevar los días que se les avecinan, en un contexto donde se pone de manifiesto algo así como el síndrome de Estocolmo a la inversa, es decir, la identificación del victimario con su víctima, un cuadro que descalificaría a cualquier torturador.

La película del debutante Florian Henckel von Donnersmarck parte de un guión propio, minuciosamente intrincado. Las contradicciones, las paradojas, las lealtades y traiciones están expuestas con rigor alemán, casi a la manera de un teorema, aunque su desarrollo dramático es fluido y verosímil. Hay verdaderos hallazgos que logran transmitir, aun más que las habituales descripciones, el clima de opresión y terror en el que vivían los «buenos comunistas» en la Alemania Oriental, como en el chiste inocente que se hace sobre el ex gobernante Erich Honecker.

La interpretación de Ulrich Mühe, como el espía, es formidable: casi pueden seguirse los recovecos de su mente oscura a medida que se va apasionando con la vida y la riqueza interior de su perseguido, y siente que estallan todas sus seguridades en la suya.

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